15 enero 2008
...fiesta americana indigesta
El otro día fui a la primera “fiesta” desde que estoy en Delhi. Pau, Manoj y yo nos dirigimos en coche a casa de una chica americana que vivía en un barrio "bien". Nos costó lo suyo encontrar el bloque dentro de la urbanización ya que era de noche y los vigilantes que custodian todos los edificios del complejo nos indicaban mal cada vez que requeríamos sus servicios. Los pobres tienen que pasar toda la noche a la intemperie, pasando frío en invierno y calor en verano, a la espera de un ladrón que no llegará. Una vez dentro del (enorme) piso, nos costó visualizar a otros amigos españoles que habían acudido a la fiesta, ya que decenas de norteamericanitos (entre los que se encontraban el negro, la china, la gorda, la rubia y el guaperas de turno) barraban el paso en el vestíbulo y los pasillos. Después de charlar un rato con un tipo algo ido, Pau y yo salimos a charlar a la magnífica terraza. Allí fue donde, con una copa en la mano y rodeado de jóvenes con un futuro prometedor -a juzgar por sus currículos-, me sentí un poco mal, moralmente hablando. Mientras nosotros disfrutábamos de música, bebida y una casa de lujo, millones de personas dormían a esas mismas horas por las calles de la ciudad (y país) y unas pocas estaban pasando frio a escasos metros y vigilando la atalaya en la que nos encontrábamos.
Cena con Manoj*
El viernes pasado fui a cenar con Manoj y Pau a un restaurante muy bueno y barato. Pau es un amigo que conocí hace un par de años en un viaje a Malta. Desde entonces no nos habíamos vuelto a ver, aunque creo que nos caemos bien y nos tenemos confianza desde que nos conocimos. Resulta que Pau, que terminará Telecos en breve, estará un mes de viaje por la India, junto con su novia y la hermana de esta, antes de dirigirse a Australia por un periodo de 5 meses, donde acabará su carrera. Mientras esté en Delhi, mi casa será su casa.
Pero volvamos al restaurante. Manoj, el indio que escucha Camarón de la Isla, nos llevó a cenar el viernes a un sitio muy bueno en Nizzamudin West, su barrio. Allí degustamos pollo y ternera con diferentes salsas, pan indio (roti) y arroces. Todo riquísimo y muy barato. De hecho, aunque comimos hasta reventar, nos salió la cuenta a menos de dos euros por cabeza. Al terminar la cena (en la que Manoj, como buen indio, comió con la mano derecha) nos trajeron un bol con agua caliente y una rodaja de limón a cada uno para que nos limpiáramos las manos. Y lo necesitábamos, ya que nuestros dedos brillaban a rabiar después de haber comido sin cubiertos. Además, nos sirvieron una bandeja con granos verdes de anís para que los comiéramos y nos refrescara el aliento, que buena falta hacía. Al salir, fuimos a buscar su coche y nos dirigimos a un...
*La imposibilidad de escribir sobre lo que hago cada día ni publicar a diario me obliga a cambiar de tiempo verbal. El pretérito perfecto toma las riendas, a partir de ahora, de este blog.
Pero volvamos al restaurante. Manoj, el indio que escucha Camarón de la Isla, nos llevó a cenar el viernes a un sitio muy bueno en Nizzamudin West, su barrio. Allí degustamos pollo y ternera con diferentes salsas, pan indio (roti) y arroces. Todo riquísimo y muy barato. De hecho, aunque comimos hasta reventar, nos salió la cuenta a menos de dos euros por cabeza. Al terminar la cena (en la que Manoj, como buen indio, comió con la mano derecha) nos trajeron un bol con agua caliente y una rodaja de limón a cada uno para que nos limpiáramos las manos. Y lo necesitábamos, ya que nuestros dedos brillaban a rabiar después de haber comido sin cubiertos. Además, nos sirvieron una bandeja con granos verdes de anís para que los comiéramos y nos refrescara el aliento, que buena falta hacía. Al salir, fuimos a buscar su coche y nos dirigimos a un...
*La imposibilidad de escribir sobre lo que hago cada día ni publicar a diario me obliga a cambiar de tiempo verbal. El pretérito perfecto toma las riendas, a partir de ahora, de este blog.
Esos mocos negros…no los quiero ver sacar
Adaptando la canción de los ojos negros, de Duncan Dhu, bien se podría hacer una versión india con esta letra gracias a la polución que se respira en las calles de Delhi. Salir de casa no sólo significa dejar atrás la tranquilidad de tu hogar sino también el aire puro porque, una vez en la calle, el humo que sueltan los coches, camiones, autobuses y rickshaws, junto con el polvo que flota en el ambiente, provocan que en pocos minutos la nariz se te llene de mocos. De mocos negros.
10 enero 2008
Bin Laden a ritmo de Camarón
Muchas cosas han pasado en mi segundo día en Delhi. Tantas, que ha cambiado mi estado de ánimo, de pésimo a mejorable. La primera cosa que hago por la mañana es comprarme una tarjeta Vodafone en Kahn Market (sí, ahora ya sé donde está). Me sorprende el bullicio que se respira en este centro y sus aledaños en comparación con la solitud que reina por la noche. Mujeres pijas con piercings en la nariz se mezclan con desaliñados vendedores de todo tipo de objetos formando una amalgama de colores, olores y vestimentas del todo variopintas. Ahora, con un número de teléfono indio me siento mucho más integrado, paso necesario para conseguir un bienestar emocional que tanto me falta en estos momentos. Después hago otras gestiones, como fotocopias del pasaporte y del visado así como fotos de carnet para mis futuras acreditaciones. Y es que, en sólo dos días, he comprobado que la India tiene, entre muchas otras enfermedades, el mal de la burocracia.
Antes de volver a New Friends Colony para dar la paga y señal a mi casera, decido llamar a Manoj, un amigo y medio vecino de Agus que habla muy bien el español, pues trabaja en la embajada chilena. Me dice que justo ahora sale del trabajo y que me pasa a buscar en media hora. Me calzo, me lavo los dientes y antes de que me dé cuenta ya suena el timbre.
De buenas a primeras me impresiona su dominio del castellano. Pero a los pocos minutos de conversación eso deja de chocarme y lo que verdaderamente me sorprende es lo guasón que es. Chistes constantes, uso de un vocabulario español barriobajero y una irremediable incontinencia verbal lo definen. Además, cuando habla se parece al Yoyas, ese macarra del tres al cuarto que concursó en el Gran Hermano, aunque en versión maja.
Me acompaña a sacar dinero en un par de cajeros. Impresiona conseguir en unos segundos lo que tres cuartas partes de los indios no ganan en su vida. Ya en el 121 A Block de New Friends Colony le presento a Uma. También se encuentra en la casa Tamil, el hijo cincuentón y soltero que vive allí también. Manoj alucina con lo amanerado que es este hombre que trabaja como abogado en la Corte Suprema de Justicia de la India y no cesa de decirme comentarios burlones con disimulo.
Le doy la paga y señal, tomamos un té con pastas, muy ricas ambas cosas, y me voy de cervezas con Manoj. Charlamos durante un buen rato en un bar confortable, y aprovecho para hacerle mil preguntas: sobre las castas, tradiciones, estudios, dote, trabajo etc. En media hora caen muchos mitos sobre esta miscelánea de culturas y se construyen nuevos enigmas. Al pedir la cuenta Manoj me guiña el ojo y oigo como le dice al camarero alto y claro: “Bin Laden”. Éste, ante mi estupefacción, no dice nada y va a buscar la cuenta detrás de la barra y nos la trae. Rápidamente le pido a Manoj qué coño le ha dicho en hindi, y me explica que en esta lengua Bill Lade (muy parecido fonéticamente a Bin Laden) significa “tráigame la cuenta”. Que tiemblen todos los camareros de este país pues a partir de hoy seré siempre yo el encargado de pedir la cuenta.
Nos desplazamos ya negra noche hacia el distrito de Defence Colony. Nos dirigimos a un bar en el que nos esperan una italiana que lleva un año trabajando en la embajada de su país aquí y otro italiano que trabaja para la ONU. Mucho caché para un simple becario de Efe. Cenamos, charlamos y nos despedimos en la calle bajo una incipiente lluvia. Tras sortear las primeras vacas que veo desde que estoy aquí nos metemos en el coche y nos Manoj me acompaña a casa.
Conduciendo a toda prisa por las calles vacías y sin previo aviso pone Camarón en el reproductor del coche. Alucino que conozca a esta leyenda del flamenco. Para más inri, se conoce las letras de memoria. Al ver mi estupefacción me deleita con otra genialidad: “Camarón no está mal, pero prefiero las letras de Sabina o la música de Mecano”. Y se queda tan ancho. Así, mientras observo callado el pasar de las calles, Manoj, extasiado por la música conduce velozmente por la noche de Delhi. Así, entre Bin Laden y Camarón termina mi segundo día en este gran país.
Antes de volver a New Friends Colony para dar la paga y señal a mi casera, decido llamar a Manoj, un amigo y medio vecino de Agus que habla muy bien el español, pues trabaja en la embajada chilena. Me dice que justo ahora sale del trabajo y que me pasa a buscar en media hora. Me calzo, me lavo los dientes y antes de que me dé cuenta ya suena el timbre.
De buenas a primeras me impresiona su dominio del castellano. Pero a los pocos minutos de conversación eso deja de chocarme y lo que verdaderamente me sorprende es lo guasón que es. Chistes constantes, uso de un vocabulario español barriobajero y una irremediable incontinencia verbal lo definen. Además, cuando habla se parece al Yoyas, ese macarra del tres al cuarto que concursó en el Gran Hermano, aunque en versión maja.
Me acompaña a sacar dinero en un par de cajeros. Impresiona conseguir en unos segundos lo que tres cuartas partes de los indios no ganan en su vida. Ya en el 121 A Block de New Friends Colony le presento a Uma. También se encuentra en la casa Tamil, el hijo cincuentón y soltero que vive allí también. Manoj alucina con lo amanerado que es este hombre que trabaja como abogado en la Corte Suprema de Justicia de la India y no cesa de decirme comentarios burlones con disimulo.
Le doy la paga y señal, tomamos un té con pastas, muy ricas ambas cosas, y me voy de cervezas con Manoj. Charlamos durante un buen rato en un bar confortable, y aprovecho para hacerle mil preguntas: sobre las castas, tradiciones, estudios, dote, trabajo etc. En media hora caen muchos mitos sobre esta miscelánea de culturas y se construyen nuevos enigmas. Al pedir la cuenta Manoj me guiña el ojo y oigo como le dice al camarero alto y claro: “Bin Laden”. Éste, ante mi estupefacción, no dice nada y va a buscar la cuenta detrás de la barra y nos la trae. Rápidamente le pido a Manoj qué coño le ha dicho en hindi, y me explica que en esta lengua Bill Lade (muy parecido fonéticamente a Bin Laden) significa “tráigame la cuenta”. Que tiemblen todos los camareros de este país pues a partir de hoy seré siempre yo el encargado de pedir la cuenta.
Nos desplazamos ya negra noche hacia el distrito de Defence Colony. Nos dirigimos a un bar en el que nos esperan una italiana que lleva un año trabajando en la embajada de su país aquí y otro italiano que trabaja para la ONU. Mucho caché para un simple becario de Efe. Cenamos, charlamos y nos despedimos en la calle bajo una incipiente lluvia. Tras sortear las primeras vacas que veo desde que estoy aquí nos metemos en el coche y nos Manoj me acompaña a casa.
Conduciendo a toda prisa por las calles vacías y sin previo aviso pone Camarón en el reproductor del coche. Alucino que conozca a esta leyenda del flamenco. Para más inri, se conoce las letras de memoria. Al ver mi estupefacción me deleita con otra genialidad: “Camarón no está mal, pero prefiero las letras de Sabina o la música de Mecano”. Y se queda tan ancho. Así, mientras observo callado el pasar de las calles, Manoj, extasiado por la música conduce velozmente por la noche de Delhi. Así, entre Bin Laden y Camarón termina mi segundo día en este gran país.
09 enero 2008
Namasté
Nueve horas deambulando por el gigantesco aeropuerto de Heathrow más un vuelo de siete horas y media clavado en el asiento no me impidien que llegue con ganas a la capital de la India, Nueva Delhi.
Cuando el 747-400 de British Airways se dirige hacia la terminal puedo contemplar las obras de ampliación –o lo que sea- que están llevando a cabo en el Indira Ghandi Airport, y se me antojan enormes, proporcionales al gigantesco país que es India.
Nada más bajar del avión, y antes de pasar un control aeroportuario de risa, me dirijo al lavabo para evacuar todo el líquido ingerido en las últimas ocho horas. La verdad es que resulta reconfortante mear en una recién estrenada taza de Roca. Se les habrá acabado eso de invertir en España, pero en la India todo es empezar.
Una vez pasado el control franqueo la puerta que da al hall, donde decenas de turbantes con barbas que sostienen en pizarras improvisadas nombres que no son el mío. Salgo de la terminal al tiempo que un presunto ladrón (a juzgar de los gritos y empujones que le da un joven policía con un inmaculado bigote negro) y me encuentro inmerso en la jungla. Ruido, suciedad, y olores penetrantes. Bienvenido a la India, pienso a mis adentro.
Aconsejado por mi nueva jefa tomo un Prepaid Taxi, un servicio transparente y barato de transporte, y me dirijo hacia la sede que tiene Efe en Nueva Delhi, concretamente al barrio de Jor Bagh. El camino es tortuoso pero gracias al novedoso paisaje se me pasa volando. Durante la hora de trayecto, por una autovía primero y callejeando después, el conductor sortea con acierto aunque retando siempre a la colisión numerosas bicis, coches, rickshaws, viandantes, cojos y animales variados. Los carriles estampados en un pavimento irregular sirven, honestamente, sólo de decoración. Aparte del caótico pero regulado tráfico y de la polvareda que levantan los vehículos constantemente, hay otra cosa que me llama mucho la atención: la multitud de personas que deambulaban en tierra de nadie, por aceras, campos, carreteras, sentados en los arcenes…gente sin rumbo. Aunque la infernal sinfonía de cláxones que reina en la ciudad a todas horas me abstrae de todo pensamiento.
Me sorprende, sin embargo, que aunque en esta estampa gobierne el caos, el desorden, la suciedad, el polvo y la fetidez, todos aquellos hombres que por motivo de trabajo llevan uniforme –miembros del ejército, reguladores de tráfico, vigilantes etc.- lo hacen de una manera impecable: limpios, planchados y ajustados al milímetro.
Poco antes de llegar a la oficina el taxista me coge desprevenido y me obliga a bajar del vehículo en una gasolinera en la que paramos a repostar. Me tranquiliza ver a más clientes de otros taxistas en la misma situación, esperando de pie a su chóferes. Ya en la delegación, modesta pero apañada, conozco a los que serán mis compañeros durante el próximo año.
Y sin tiempo ni para descansar cinco minutos me hago acompañar por el chófer con el que cuenta la delegación a ver la casa que tenía acordada desde España. Shiw, un joven de 25 años y aparentemente reservado se casará en breve.
Al llegar a New Friends Colony (el nombre de la urbanización en la que viviré), me recibe la señora Tamil, con la que mantengo una conversación cordial. Es una mujer de unos 70 años, afable y misteriosa. Su padre, que aparece retratado junto a Gandhi (Mahatma, que no Indira) en un cuadro que cuelga del amplio comedor fue un luchador por las libertades, o eso defiende ella. Aunque eso no le impide subirme el precio del alquiler de una manera bárbara. Tras enseñarme lo que será mi nuevo apartamento, enorme por cierto, nos despedimos con un Namashkar.
El último viaje entre bicis, rickshaws y peatones suicidas me acerca al ático que mi buen amigo Agus (y eso que aún no lo conozco en persona pues está en Pakistán cubriendo las elecciones) tiene en Nizamuddin East. Otra “urbanización” cerrada, aislada del mundanal ruido y con coches más que decentes aparcados delante de las casas. Esos sí, las calles apenas están asfaltadas.
Dejo la maleta, me estiro por primera vez en una cama tras casi 30 horas de viaje y me relajo. No puedo dormir. Me conecto a internet (le he tomado confianza a este chico que sin apenas conocerlo ya me ha dado de todo) y leo algo. Por la noche quedo con Marta, una chica de Barcelona que hace una semana que llegó a Delhi y que antes estuvo en la delegación de El Cairo. Un par tiene la moza.
Quedamos en Kahn Market, aunque el conductor del primer rickshaw que tomo me tima y me deja en otro lado. Tirado. Es oscuro y por las calles sólo se ven sombras. Algunos cuerpos estirados y otros arremolinados entorno a pequeñas hogueras. Sí, estoy en el centro de Delhi. Ando un poco y la llamo. Me dice que lleva más de 20 minutos esperándome donde habíamos quedado, delante del City Bank. Descubro entonces que no es el mismo City que tengo a mis espaldas. Cojo otro rick y con la práctica del regateo (ejercicio que, a diferencia de mi madre, odio) me sale mucho más barato. En diez minutos me planto en el sitio correcto. Entramos en un bar bastante moderno y tomamos un par de sándwiches bien grandes. Charlamos un poco y nos despedimos en la calle. Gentilmente le dejo que coja el ricky que está libre. Yo espero en la oscuridad de la noche a que aparezcan más. El primero que para me pide 60 rupias. ¡Qué robo! Es mi primer día pero ya sé que me está estafando. Como es tarde y ando algo cansado al segundo que se para le acepto 40 como moneda de cambio.
Surco las calles de la ciudad ahora vacía. Una brisa bastante fría se cuela por los laterales del vehículo y me tengo que proteger el cuello. Llegamos a la urbanización. Hay un vigilante acompañado de tres o cuatro…¿amigos? Mira la parte posterior del vehículo, donde estoy sentado yo, y, antes de que abra la boca para explicarle que vivo aquí temporalmente, ya está levantando la barrera. Al traspasarla –la ponen sólo de noche- subo los tres pisos de rigor y me cuelo en casa.
Me conecto de nuevo a internet. Gracias a Skype, que con toda probabilidad salvará mi vida social de Barcelona durante este año, hablo con mi familia y con ella. Me acuesto e intento dormir. Pese al cansancio y el trote de todo el día no lo consigo. No ayuda que los coches sigan pitando sin motivo mientras circulan por las calles ni que los trenes que pasan cerca se apunten al concierto de bocinas. Luego son unos cuervos los que me la juran. Y sobre todo mi cabeza, que se encuentra más en la calle Borrell que en B-10 de Nizamuddin East.
Finalmente el sueño gana la partida y me adormezco enroscado a la manta.
Cuando el 747-400 de British Airways se dirige hacia la terminal puedo contemplar las obras de ampliación –o lo que sea- que están llevando a cabo en el Indira Ghandi Airport, y se me antojan enormes, proporcionales al gigantesco país que es India.
Nada más bajar del avión, y antes de pasar un control aeroportuario de risa, me dirijo al lavabo para evacuar todo el líquido ingerido en las últimas ocho horas. La verdad es que resulta reconfortante mear en una recién estrenada taza de Roca. Se les habrá acabado eso de invertir en España, pero en la India todo es empezar.
Una vez pasado el control franqueo la puerta que da al hall, donde decenas de turbantes con barbas que sostienen en pizarras improvisadas nombres que no son el mío. Salgo de la terminal al tiempo que un presunto ladrón (a juzgar de los gritos y empujones que le da un joven policía con un inmaculado bigote negro) y me encuentro inmerso en la jungla. Ruido, suciedad, y olores penetrantes. Bienvenido a la India, pienso a mis adentro.
Aconsejado por mi nueva jefa tomo un Prepaid Taxi, un servicio transparente y barato de transporte, y me dirijo hacia la sede que tiene Efe en Nueva Delhi, concretamente al barrio de Jor Bagh. El camino es tortuoso pero gracias al novedoso paisaje se me pasa volando. Durante la hora de trayecto, por una autovía primero y callejeando después, el conductor sortea con acierto aunque retando siempre a la colisión numerosas bicis, coches, rickshaws, viandantes, cojos y animales variados. Los carriles estampados en un pavimento irregular sirven, honestamente, sólo de decoración. Aparte del caótico pero regulado tráfico y de la polvareda que levantan los vehículos constantemente, hay otra cosa que me llama mucho la atención: la multitud de personas que deambulaban en tierra de nadie, por aceras, campos, carreteras, sentados en los arcenes…gente sin rumbo. Aunque la infernal sinfonía de cláxones que reina en la ciudad a todas horas me abstrae de todo pensamiento.
Me sorprende, sin embargo, que aunque en esta estampa gobierne el caos, el desorden, la suciedad, el polvo y la fetidez, todos aquellos hombres que por motivo de trabajo llevan uniforme –miembros del ejército, reguladores de tráfico, vigilantes etc.- lo hacen de una manera impecable: limpios, planchados y ajustados al milímetro.
Poco antes de llegar a la oficina el taxista me coge desprevenido y me obliga a bajar del vehículo en una gasolinera en la que paramos a repostar. Me tranquiliza ver a más clientes de otros taxistas en la misma situación, esperando de pie a su chóferes. Ya en la delegación, modesta pero apañada, conozco a los que serán mis compañeros durante el próximo año.
Y sin tiempo ni para descansar cinco minutos me hago acompañar por el chófer con el que cuenta la delegación a ver la casa que tenía acordada desde España. Shiw, un joven de 25 años y aparentemente reservado se casará en breve.
Al llegar a New Friends Colony (el nombre de la urbanización en la que viviré), me recibe la señora Tamil, con la que mantengo una conversación cordial. Es una mujer de unos 70 años, afable y misteriosa. Su padre, que aparece retratado junto a Gandhi (Mahatma, que no Indira) en un cuadro que cuelga del amplio comedor fue un luchador por las libertades, o eso defiende ella. Aunque eso no le impide subirme el precio del alquiler de una manera bárbara. Tras enseñarme lo que será mi nuevo apartamento, enorme por cierto, nos despedimos con un Namashkar.
El último viaje entre bicis, rickshaws y peatones suicidas me acerca al ático que mi buen amigo Agus (y eso que aún no lo conozco en persona pues está en Pakistán cubriendo las elecciones) tiene en Nizamuddin East. Otra “urbanización” cerrada, aislada del mundanal ruido y con coches más que decentes aparcados delante de las casas. Esos sí, las calles apenas están asfaltadas.
Dejo la maleta, me estiro por primera vez en una cama tras casi 30 horas de viaje y me relajo. No puedo dormir. Me conecto a internet (le he tomado confianza a este chico que sin apenas conocerlo ya me ha dado de todo) y leo algo. Por la noche quedo con Marta, una chica de Barcelona que hace una semana que llegó a Delhi y que antes estuvo en la delegación de El Cairo. Un par tiene la moza.
Quedamos en Kahn Market, aunque el conductor del primer rickshaw que tomo me tima y me deja en otro lado. Tirado. Es oscuro y por las calles sólo se ven sombras. Algunos cuerpos estirados y otros arremolinados entorno a pequeñas hogueras. Sí, estoy en el centro de Delhi. Ando un poco y la llamo. Me dice que lleva más de 20 minutos esperándome donde habíamos quedado, delante del City Bank. Descubro entonces que no es el mismo City que tengo a mis espaldas. Cojo otro rick y con la práctica del regateo (ejercicio que, a diferencia de mi madre, odio) me sale mucho más barato. En diez minutos me planto en el sitio correcto. Entramos en un bar bastante moderno y tomamos un par de sándwiches bien grandes. Charlamos un poco y nos despedimos en la calle. Gentilmente le dejo que coja el ricky que está libre. Yo espero en la oscuridad de la noche a que aparezcan más. El primero que para me pide 60 rupias. ¡Qué robo! Es mi primer día pero ya sé que me está estafando. Como es tarde y ando algo cansado al segundo que se para le acepto 40 como moneda de cambio.
Surco las calles de la ciudad ahora vacía. Una brisa bastante fría se cuela por los laterales del vehículo y me tengo que proteger el cuello. Llegamos a la urbanización. Hay un vigilante acompañado de tres o cuatro…¿amigos? Mira la parte posterior del vehículo, donde estoy sentado yo, y, antes de que abra la boca para explicarle que vivo aquí temporalmente, ya está levantando la barrera. Al traspasarla –la ponen sólo de noche- subo los tres pisos de rigor y me cuelo en casa.
Me conecto de nuevo a internet. Gracias a Skype, que con toda probabilidad salvará mi vida social de Barcelona durante este año, hablo con mi familia y con ella. Me acuesto e intento dormir. Pese al cansancio y el trote de todo el día no lo consigo. No ayuda que los coches sigan pitando sin motivo mientras circulan por las calles ni que los trenes que pasan cerca se apunten al concierto de bocinas. Luego son unos cuervos los que me la juran. Y sobre todo mi cabeza, que se encuentra más en la calle Borrell que en B-10 de Nizamuddin East.
Finalmente el sueño gana la partida y me adormezco enroscado a la manta.
17 noviembre 2007
Els putos amos
Són els cracks que fan Muchachada Nui. Amb l'Enjuto Mojamuto, el Gañán o Celebrities (Kofi Annan dels millors) entre d'altres.Aquí un link sublim.
http://muchachadanui.rtve.es/videos/09-la-cinta-vhs.html
Pd. La foto no té a veure amb ells, però m'ha fet gràcia.
Àudio:, Dans La Merco Benz (Benjamin Biolay)
13 noviembre 2007
El ludòpata

Aquest jugador de pòker de timbes il·legals pateix ludopatia i té vetada l'entrada a tots els casinos d'Espanya. Jove, format, agraciat i sobretot alt, només té la opció de jugar a partides clandestines organitzades al Pallars Jussà.
ING Direct i El cobrador Escocés el busquen per fer-li complir els nombrosos deutes que té.
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