Al leer en la prensa acerca de la muerte del escritor mexicano Carlos Fuentes caí en la cuenta de que todavía no había leído un libro suyo, a pesar de que el último año he devorado sólo autores hispanos. Libros ajados (casi todos de ocasión) de Cortázar; Onetti; García Márquez; Borges y sobre todo Mario Vargas Llosa han sido mis más queridos compañeros de viaje de los últimos meses. Todos ellos sudamericanos. Al hacer esta reflexión, observé entonces que no sólo desconocía el legado de Fuentes, sino que apenas había reparado en la literatura del país azteca, a excepción de un clásico ya mundial como es Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Y cuál fue mi sorpresa –qué fácil es sorprender a los ignorantes- al constatar que México no ha parido sólo a Fuentes o Rulfo; en esas tierras también nacieron en su día el ‘Nobelizado’ Octavio Paz, Laura Esquivel o Elena Garro, y muchos otros genios de la talla de Buñuel o el colombiano Gabriel García Márquez la eligieron como su casa. Pues bien, para intentar enmendar el agravio que había cometido con Carlos Fuentes y la literatura mexicana, me acerqué a una librería de viejo, y antes de deambular por sus pasillos y toquetear los libros, como hago siempre en estos casos, le pedí al chico que la regentaba que me recomendara algo de él. Así fue como cayó en mis manos La muerte de Artemio Cruz, una obra espléndida que empecé a leer esa misma noche. Ahora me encuentro con la pena de haber acabado un libro fantástico, pero con la ilusión de disfrutar de más obras suyas y de sus compatriotas.
FOTO: Claudio Reyes (EFE)
29 mayo 2012
Destino final: Bogotá
Lamentablemente, Colombia aún arrastra la fama mundial de país peligroso, y sin embargo mucho ha cambiado desde la década de los noventa, en la que el Ejército escoltaba a los ciudadanos que se desplazaban en coche a lo ancho del país. Actualmente, tanto la capital como el resto de Colombia me parecen un sitio de lo más seguro, y no más peligroso que ningún otro país sudamericano o con mayores riesgos de ser atracado de los que corres si paseas una noche por las Ramblas de Barcelona. Cierto es que la zona rural donde se pueden encontrar las aún activas FARC son otro cantar. Bogotá, ciudad de la que nunca había leído gran cosa, fue el último destino de este viaje sudamericano que me ha tenido ocupado durante los últimos meses. Desde su aeropuerto, apodado El Dorado (el mitológico nunca fue hallado, todavía), partía muy avión rumbo a Madrid, donde me tocaba hacer escala antes de recalar, finalmente, en Barcelona. Así que nos reservamos unos cuantos días para poder ver con calma la ciudad, descansar y comprar los recuerdos que hasta el momento había dejado de lado. Aunque no quemamos la noche colombiana ni visitamos algunos de los sitios imprescindibles de la ciudad (bien por cansancio; bien por pereza; bien porque estaban cerrados), sí que me pareció una urbe digna de conocer.
Lo más turístico acabó siendo, como suele pasar, lo más bonito. Y en Bogotá se traduce en su casco antiguo, más conocido como la Candelaria. Allí se encuentran las casas más antiguas; la Plazoleta el Chorro de Quevedo (donde los jóvenes se juntan para beber y cantar algunas canciones guitarra en mano), los palacios coloniales y, evidentemente, el Congreso, el Palacio Presidencial y el Ayuntamiento de Bogotá. También tenemos que ir a la Candelaria para disfrutar del Museo del Oro o el más que recomendable Museo de Botero, que tiene una tienda de recuerdos preciósamente caros. Durante los días que estuvimos en esta gran urbe de más de siete millones de habitantes también paseamos por otros barrios, como Chapinero o Usaquén, donde los domingos se celebra un pintoresco mercado de artesanías, pero no llegamos a subir a Monserrate, el mejor cerro para divisar la capital. Gracias a la inestimable generosidad de mi amigo Albert Traver, a estas alturas un bogotano más, no tuvimos que buscar hotel, así que nos ahorramos un dinero.
Tras comprar algunos souvenirs, como libros de García Márquez, algún cuadro de Botero o café Valdéz, pusimos punto final al viaje. Sandra terminó su mes de vacaciones; los niños alemanes cargaditos de lloros y mocos la esperaban en Berlín. Yo, por mi parte, rematé un viaje de casi ocho meses por Sudamérica, y de esta forma me quitaba una gran espina que tenía clavada desde hacía muchos años. Después de haber dormido en tantas (malas) camas, de haber comido todo lo que se me puso por delante y de haber visto más paisajes bonitos de los que mi memoria puede asimilar, me volví a mi Barcelona natal con la ingenua intención de encontrar trabajo. No me despido de todo de este continente, ya que aún me falta mucho por ver y países por pisar (como Venezuela, las Guayanas o Centroamérica), pero sí que digo un 'hasta pronto'. Me lo pasé chévere. Gracias por todo, América. Obrigado.
Lo mejor de Bogotá
Su oferta gastronómica y cultural
La Candelaria
El Museo del Oro
El Museo de Botero
El mercado de domingo de Usaquén
El mirador de Monserrate
Pasear por la Séptima Avenida los domingos, que está cerrada al tráfico
Por lo general, los bogotanos son amables, educados y serviciales
Lo peor de Bogotá
No todas las zonas de la ciudad son seguras, y en cuanto cae la noche muchas calles están desiertas
Todo es un poco más caro que en otras ciudades, excepto la comida, ya que se pueden encontrar menús buenos y baratos
Un tráfico horroroso casi todo el día
Precios de Bogotá (2.300 Cop = 1 euro)
Museo de Botero: gratis
Museo del Oro: 3.000 COP
Billete sencillo en buseta: 1.500 COP
Una bandeja paisa para comer: desde 8.000 COP
Arepa rellena: 3.500 COP
---------------------------------------------------------
Satisfecho me vuelvo de haber conocido en casi todos los países por los que he pasado gente tan simpática, acogedora y divertida. Pero antes de poner punto y final a este episodio, me gustaría agradecer personalmente a aquellos que me han ayudado y alegrado los últimos meses. Gracias a la generosidad de Balark, que me acogió mi primera madrugada en Manaus, cuando pisé por primera vez y algo aturdido un gran país como es Brasil. También gracias a Pau, que me hizo enamorar de Rio de Janeiro y me permitió conocer gente fantástica en la ciudad más bonita del mundo. Me lo pasé genial con Guillem (el mejor comañero de viaje que pude tener, además de un gran amigo) y Joel en Campo Grande, y también con Amaya y Diego, la encantadora pareja de cangrejos con quien descubrí parte de Brasil. En la cara y gigante São Paulo, Óscar nos acogió como hijos a Guillem y a mi, y en Floranopolis, Tiago me abrió las puertas de la casa que compartía con sus compañeros de universidad. Con Mauro tuve en Montevideo conversaciones muy amenas y saboreé una gran parrillada, y Claudia me hospedó bastantes días mientras conocía la capital uruguaya. Y aunque solo fuera una tarde, me encantó conocer Jordi, un catalán muy simpático que iba de camino de Santiago de Chile. En Buenos Aires, Lurdes me prestó su casa, y compartí algunos buenos momentos con Chicho, un hermano más que amigo. En Puerto Madryn congenié con Oliver, un francés muy abierto de mente y apasionado del deporte. Por la Patagonía, algunos camioneros me pararon mientras hacía autoestop y me hicieron el viaje a Ushuaia mucho más corto (y barato). En el fin del mundo conocí a Diego, un gallego afincado en Barcelona, y a Fernando, un brasileño que nos llevó gratis en su pick up hasta el Chaltén. Y en el mismo Chaltén coincidí con Víctor e Irma, una pareja catalana de lo más sana. En Santiago de Chile, Gerard y Adriana me hicieron sentir como en casa y fueron los únicos que me regalaron algo en mi atípico 29 cumpleaños :P Y en Mendoza, Agus me alojó en su casa y me recomendó las mejores bodegas de la zona. En Salta me lo pasé genial con Víctor y Carlos, un par de madrileños muy buena honda, y en Santiago de Atacama conocí a mis grandes compañeros de viaje, Joan y Esther, con quienes recorrí durante más de un mes Bolivia y a quienes volví a encontrar en Perú y Colombia. En Lima conocí como vive una familia corriente gracias a la generosidad de Patricia, y con Salord i Llabina, grandes amigos míos de Barcelona, degusté los pisco sour del Sheraton y caté la noche limeña. Y ya en Bogotá, Sandra y yo le ocupamos el comedor al revolucionario y encantador Albert. También quiero dar las gracias a mamá y Josep, que me visitaron en Buenos Aires y en Perú y con quienes vi lugares que no hubiera podido visitar con mi escaso presupuesto. Y finalmente, muchas gracias Sandra por ser tan paciente conmigo y por venir a Colombia, un país que no estaba en su ránking de destinos turísticos. Espero que sepa que he disfrutado mucho en todos los viajes que hemos hecho juntos. Y los que quedan por venir, aún más. Ich liebe Dich.
También agradecido a los lectores, que pacientemente han esperado (a veces demasiadas semanas) a que posteara en este blog. Aprovecho para pedir perdón por haber perdido fuelle a medida que pasaban los meses. Y finalmente, gracias también a aquellos que por casualidad han caído en este espacio cibernético y han leído algún capítulo de mi modesta aventura. A partir de hoy mismo, ya en Barcelona, dejaré de escribir sobre lo que me pasa en este fascinante continente y volveré a escribir sobre lo que me ronde por la cabeza, ya en el viejo, aburrido y decadente continente en el que se ha convertido Europa.
Nos vemos por aquí.
Daniel
Lo más turístico acabó siendo, como suele pasar, lo más bonito. Y en Bogotá se traduce en su casco antiguo, más conocido como la Candelaria. Allí se encuentran las casas más antiguas; la Plazoleta el Chorro de Quevedo (donde los jóvenes se juntan para beber y cantar algunas canciones guitarra en mano), los palacios coloniales y, evidentemente, el Congreso, el Palacio Presidencial y el Ayuntamiento de Bogotá. También tenemos que ir a la Candelaria para disfrutar del Museo del Oro o el más que recomendable Museo de Botero, que tiene una tienda de recuerdos preciósamente caros. Durante los días que estuvimos en esta gran urbe de más de siete millones de habitantes también paseamos por otros barrios, como Chapinero o Usaquén, donde los domingos se celebra un pintoresco mercado de artesanías, pero no llegamos a subir a Monserrate, el mejor cerro para divisar la capital. Gracias a la inestimable generosidad de mi amigo Albert Traver, a estas alturas un bogotano más, no tuvimos que buscar hotel, así que nos ahorramos un dinero.
Tras comprar algunos souvenirs, como libros de García Márquez, algún cuadro de Botero o café Valdéz, pusimos punto final al viaje. Sandra terminó su mes de vacaciones; los niños alemanes cargaditos de lloros y mocos la esperaban en Berlín. Yo, por mi parte, rematé un viaje de casi ocho meses por Sudamérica, y de esta forma me quitaba una gran espina que tenía clavada desde hacía muchos años. Después de haber dormido en tantas (malas) camas, de haber comido todo lo que se me puso por delante y de haber visto más paisajes bonitos de los que mi memoria puede asimilar, me volví a mi Barcelona natal con la ingenua intención de encontrar trabajo. No me despido de todo de este continente, ya que aún me falta mucho por ver y países por pisar (como Venezuela, las Guayanas o Centroamérica), pero sí que digo un 'hasta pronto'. Me lo pasé chévere. Gracias por todo, América. Obrigado.
Lo mejor de Bogotá
Su oferta gastronómica y cultural
La Candelaria
El Museo del Oro
El Museo de Botero
El mercado de domingo de Usaquén
El mirador de Monserrate
Pasear por la Séptima Avenida los domingos, que está cerrada al tráfico
Por lo general, los bogotanos son amables, educados y serviciales
Lo peor de Bogotá
No todas las zonas de la ciudad son seguras, y en cuanto cae la noche muchas calles están desiertas
Todo es un poco más caro que en otras ciudades, excepto la comida, ya que se pueden encontrar menús buenos y baratos
Un tráfico horroroso casi todo el día
Precios de Bogotá (2.300 Cop = 1 euro)
Museo de Botero: gratis
Museo del Oro: 3.000 COP
Billete sencillo en buseta: 1.500 COP
Una bandeja paisa para comer: desde 8.000 COP
Arepa rellena: 3.500 COP
---------------------------------------------------------
Satisfecho me vuelvo de haber conocido en casi todos los países por los que he pasado gente tan simpática, acogedora y divertida. Pero antes de poner punto y final a este episodio, me gustaría agradecer personalmente a aquellos que me han ayudado y alegrado los últimos meses. Gracias a la generosidad de Balark, que me acogió mi primera madrugada en Manaus, cuando pisé por primera vez y algo aturdido un gran país como es Brasil. También gracias a Pau, que me hizo enamorar de Rio de Janeiro y me permitió conocer gente fantástica en la ciudad más bonita del mundo. Me lo pasé genial con Guillem (el mejor comañero de viaje que pude tener, además de un gran amigo) y Joel en Campo Grande, y también con Amaya y Diego, la encantadora pareja de cangrejos con quien descubrí parte de Brasil. En la cara y gigante São Paulo, Óscar nos acogió como hijos a Guillem y a mi, y en Floranopolis, Tiago me abrió las puertas de la casa que compartía con sus compañeros de universidad. Con Mauro tuve en Montevideo conversaciones muy amenas y saboreé una gran parrillada, y Claudia me hospedó bastantes días mientras conocía la capital uruguaya. Y aunque solo fuera una tarde, me encantó conocer Jordi, un catalán muy simpático que iba de camino de Santiago de Chile. En Buenos Aires, Lurdes me prestó su casa, y compartí algunos buenos momentos con Chicho, un hermano más que amigo. En Puerto Madryn congenié con Oliver, un francés muy abierto de mente y apasionado del deporte. Por la Patagonía, algunos camioneros me pararon mientras hacía autoestop y me hicieron el viaje a Ushuaia mucho más corto (y barato). En el fin del mundo conocí a Diego, un gallego afincado en Barcelona, y a Fernando, un brasileño que nos llevó gratis en su pick up hasta el Chaltén. Y en el mismo Chaltén coincidí con Víctor e Irma, una pareja catalana de lo más sana. En Santiago de Chile, Gerard y Adriana me hicieron sentir como en casa y fueron los únicos que me regalaron algo en mi atípico 29 cumpleaños :P Y en Mendoza, Agus me alojó en su casa y me recomendó las mejores bodegas de la zona. En Salta me lo pasé genial con Víctor y Carlos, un par de madrileños muy buena honda, y en Santiago de Atacama conocí a mis grandes compañeros de viaje, Joan y Esther, con quienes recorrí durante más de un mes Bolivia y a quienes volví a encontrar en Perú y Colombia. En Lima conocí como vive una familia corriente gracias a la generosidad de Patricia, y con Salord i Llabina, grandes amigos míos de Barcelona, degusté los pisco sour del Sheraton y caté la noche limeña. Y ya en Bogotá, Sandra y yo le ocupamos el comedor al revolucionario y encantador Albert. También quiero dar las gracias a mamá y Josep, que me visitaron en Buenos Aires y en Perú y con quienes vi lugares que no hubiera podido visitar con mi escaso presupuesto. Y finalmente, muchas gracias Sandra por ser tan paciente conmigo y por venir a Colombia, un país que no estaba en su ránking de destinos turísticos. Espero que sepa que he disfrutado mucho en todos los viajes que hemos hecho juntos. Y los que quedan por venir, aún más. Ich liebe Dich.
También agradecido a los lectores, que pacientemente han esperado (a veces demasiadas semanas) a que posteara en este blog. Aprovecho para pedir perdón por haber perdido fuelle a medida que pasaban los meses. Y finalmente, gracias también a aquellos que por casualidad han caído en este espacio cibernético y han leído algún capítulo de mi modesta aventura. A partir de hoy mismo, ya en Barcelona, dejaré de escribir sobre lo que me pasa en este fascinante continente y volveré a escribir sobre lo que me ronde por la cabeza, ya en el viejo, aburrido y decadente continente en el que se ha convertido Europa.
Nos vemos por aquí.
Daniel
Tayrona y la Guajira, los últimos coletazos del viaje
Tal y como llegamos a la terminal de bus de Santa Marta, una de las ciudades más pobladas del norte de Colombia, cogimos una buseta para llegar a hasta la vecina Taganga, una población mucho más pequeña y tranquila a escasa media hora. Elegimos Taganga ya que habíamos leído que era uno de los sitios donde cuesta menos sacarse el certificado de submarinismo PADI Openwaters, y porque además está a las puertas del precioso Parque Nacional Natural de Tayrona. Nos alojamos en una casa particular de un hombre muy particular: el Pibe. El Pibe, que recibe este apodo por haber sido vecino del mítico jugador colombiano el Pibe Valderrama y por llevar su mismo peinado hasta hace unos años (según nos contó él mismo), ofrece tres habitaciones en una humilde pero limpia casa en el centro de Taganga. Allí nos quedamos cuatro días y tres noches. Por la mañana acudíamos a la escuela de submarinismo Vida Marina, donde nos enseñaban teoría y desde donde partíamos para hacer dos inmersiones diarias en el mar. Tuvimos como profesores a Fabio y Santiago, dos colombianos muy majos y competentes que nos hicieron aprendrer en pocos días lo imprescindible para poder bucear con equipo de manera autónoma. Bajo del agua vimos peces de mil colores, corales de mil formas y hasta pudimos hacernos una foto con un simpático pez globo. Y en la escuela, donde hacíamos los test y visionábamos los vídeos, reímos con la manera que los gringos te explican la teoría del submarinismo. A parte de sacarnos el PADI, en Taganga no hicimos gran cosa, y tampoco creo que sea un lugar que ofrezca grandes atractivos. Algún día nos acercamos a Santa Marta para comprar comida y cocinarla en casa, pero se nos pasaron volando los días entre inmersiones, lecturas y siestas. Con el certificado de submarinista bajo el brazo, nos desplazamos hasta el Parque Nacional Natural de Tayrona, a una hora en bus.
En este gigante y selvático enclave estuvimos tres días. Paseamos por casi todas sus playas paradisíacas y nos bañamos en las que estaba permitido, pues en muchas hay peligro de ahogarse debido a las fuertes corrientes. Nos alimentamos fatal, ya que en todo el parque no hay un solo supermercado y los menús de los hostales o restaurantes son carísimos (conviene traer de fuera toda la comida), pero los atardeceres o conversaciones en la tienda de campaña antes de ir a dormir, a eso de las ocho de la tarde, compensaron la falta de alimento. Me arrepiento de no haber hecho ninguna excursión por los senderos que traviesan las montañas, ya que me habían dicho que es muy fácil ver arañas y serpientes grandes y cruzarte con muchos animales. Pero el cansancio a estas alturas del viaje unido a la poca valentía de Sandra decantaron la balanza a las blancas arenas de la playa. Tayrona es, sin duda, uno de los mejores destinos colombianos donde pasar unos días y visita obligada si se viene a este país.
La Guajira, el lejano Oeste colombiano
La última parada de este viaje sudamericano fue la península de la Guajira, la parte más septentrional del cono Sur. La Guajira es un extenso territorio muy árido que hace frontera con Venezuela y en el que habita la tribu de los wayuu, una comunidad milenaria un tanto peculiar que aún administra su propia justicia. En este remoto enclave volvimos a sentirnos en otro mundo durante unos días antes de volver a la cosmopolita Bogotá y regresar a casa. Para llegar al Cabo de Vela desde el Parque Tayrona tuvimos que sudar tinta. Primero cogimos un autobús hasta cerca de la frontera con Venezuela, y allí subimos a un coche particular que hacía de taxi. Llegamos a Uribia, el último pueblo 'civilizado' de la península, y después de comprar víveres nos subimos a un jeep que nos llevaría en algo más de dos horas al Cabo de la Vela. El trayecto, aunque pesado por el estado de la carretera (todas sin asfaltar) y por ir apretujados en los asientos, fue precioso. Éramos los únicos turistas del vehículo (¡en el que viajábamos 17 personas!), y pudimos conversar con algunos militares y vecinos que volvían a sus casas después de hacer algunas compras y gestiones en Uribia.
Tal y como llegamos, dejamos las cosas en la habitación y nos metimos en las mansas aguas que ofrece aquí el Atlántico y contemplamos la puesta de sol. Al día siguiente fuimos andando por la árida estepa a dos playas diferentes que están abarrotadas en temporada alta pero que se encontraban vacías para nosotros. El paisaje terroso y un sol implacable me recordaron a las sabanas africanas que tantas veces he visto por televisión, y las única vida que vimos por el camino fueron unas pocas cabras que comían de arbustos secos y algún pastor wayúu ataviado con su vestido tradicional yendo en bici de un recóndito lugar a otro. Disfrutamos de las playas solitarias y de una agua azul intenso; nos tostamos al sol y leímos a ratos. Y tras dos días de relax en este particular paraje emprendimos de nuevo el viaje a la ‘civilización’, con el mismo jeep que nos trajo, abarrotado de personas y esta vez también con seis cabras atadas listas para vender. Nos pasamos un día entero viajando y cambiando de autobuses hasta que llegamos a Santa Marta, donde después de regatear un poco encontramos un billete de bus hasta Bogotá, nuestra última parada.
Lo mejor de Tayrona y la Guajira
Sus playas y naturaleza indómita
En temporada baja es muy fácil sentirse solo ante la inmensidad, sobre todo en la Guajira
El contraste cultural con los wayúus
Tayrona está muy cerca de Santa Marta y por lo tanto es fácil llegar al parque
Le peor de Tayrona y la Guajira
En ambos sitios conviene llevar comida y mucha agua, lo que hace aumentar el peso de la mochila
El precio de todas las cosas (menús, desplazamientos etc) en ambos lugares es más alto que en zonas urbanas
No es fácil entablar una conversación con los wayúu
Precios de Tayrona y la Guajira (2.300 Cop = 1 euro)
Curso de PADI en Agua Marina: 500.000 COP con libro incluido
Bus de Santa Marta a Taganga: 1.200 COP
Comida de menú en Taganga: 8.000 COP
Una noche en pensión del Pibe: 10.000 COP
Bus de Santa Marta a Tayrona: 5.000 COP
Entrada al Parque Nacional Natural de Tayrona: 35.000 COP
Tayrona-Uribia (pasando por Riohacha y Entrevías): 20.000 COP
Jeep de Uribia a Cabo de la Vela: 12.000 COP
Una habitación doble en hostal la Tortuga para dos persona (Cabo de la Vela). 25.000 COP
Una Coca-Cola de 50 cl en la playa: 3.000 COP
Cena en Restaurante Doña Flor: 5.000 COP
Santa Marta-Bogotá: 70.000 COP (18h)
En este gigante y selvático enclave estuvimos tres días. Paseamos por casi todas sus playas paradisíacas y nos bañamos en las que estaba permitido, pues en muchas hay peligro de ahogarse debido a las fuertes corrientes. Nos alimentamos fatal, ya que en todo el parque no hay un solo supermercado y los menús de los hostales o restaurantes son carísimos (conviene traer de fuera toda la comida), pero los atardeceres o conversaciones en la tienda de campaña antes de ir a dormir, a eso de las ocho de la tarde, compensaron la falta de alimento. Me arrepiento de no haber hecho ninguna excursión por los senderos que traviesan las montañas, ya que me habían dicho que es muy fácil ver arañas y serpientes grandes y cruzarte con muchos animales. Pero el cansancio a estas alturas del viaje unido a la poca valentía de Sandra decantaron la balanza a las blancas arenas de la playa. Tayrona es, sin duda, uno de los mejores destinos colombianos donde pasar unos días y visita obligada si se viene a este país.
La Guajira, el lejano Oeste colombiano
La última parada de este viaje sudamericano fue la península de la Guajira, la parte más septentrional del cono Sur. La Guajira es un extenso territorio muy árido que hace frontera con Venezuela y en el que habita la tribu de los wayuu, una comunidad milenaria un tanto peculiar que aún administra su propia justicia. En este remoto enclave volvimos a sentirnos en otro mundo durante unos días antes de volver a la cosmopolita Bogotá y regresar a casa. Para llegar al Cabo de Vela desde el Parque Tayrona tuvimos que sudar tinta. Primero cogimos un autobús hasta cerca de la frontera con Venezuela, y allí subimos a un coche particular que hacía de taxi. Llegamos a Uribia, el último pueblo 'civilizado' de la península, y después de comprar víveres nos subimos a un jeep que nos llevaría en algo más de dos horas al Cabo de la Vela. El trayecto, aunque pesado por el estado de la carretera (todas sin asfaltar) y por ir apretujados en los asientos, fue precioso. Éramos los únicos turistas del vehículo (¡en el que viajábamos 17 personas!), y pudimos conversar con algunos militares y vecinos que volvían a sus casas después de hacer algunas compras y gestiones en Uribia.
Tal y como llegamos, dejamos las cosas en la habitación y nos metimos en las mansas aguas que ofrece aquí el Atlántico y contemplamos la puesta de sol. Al día siguiente fuimos andando por la árida estepa a dos playas diferentes que están abarrotadas en temporada alta pero que se encontraban vacías para nosotros. El paisaje terroso y un sol implacable me recordaron a las sabanas africanas que tantas veces he visto por televisión, y las única vida que vimos por el camino fueron unas pocas cabras que comían de arbustos secos y algún pastor wayúu ataviado con su vestido tradicional yendo en bici de un recóndito lugar a otro. Disfrutamos de las playas solitarias y de una agua azul intenso; nos tostamos al sol y leímos a ratos. Y tras dos días de relax en este particular paraje emprendimos de nuevo el viaje a la ‘civilización’, con el mismo jeep que nos trajo, abarrotado de personas y esta vez también con seis cabras atadas listas para vender. Nos pasamos un día entero viajando y cambiando de autobuses hasta que llegamos a Santa Marta, donde después de regatear un poco encontramos un billete de bus hasta Bogotá, nuestra última parada.
Lo mejor de Tayrona y la Guajira
Sus playas y naturaleza indómita
En temporada baja es muy fácil sentirse solo ante la inmensidad, sobre todo en la Guajira
El contraste cultural con los wayúus
Tayrona está muy cerca de Santa Marta y por lo tanto es fácil llegar al parque
Le peor de Tayrona y la Guajira
En ambos sitios conviene llevar comida y mucha agua, lo que hace aumentar el peso de la mochila
El precio de todas las cosas (menús, desplazamientos etc) en ambos lugares es más alto que en zonas urbanas
No es fácil entablar una conversación con los wayúu
Precios de Tayrona y la Guajira (2.300 Cop = 1 euro)
Curso de PADI en Agua Marina: 500.000 COP con libro incluido
Bus de Santa Marta a Taganga: 1.200 COP
Comida de menú en Taganga: 8.000 COP
Una noche en pensión del Pibe: 10.000 COP
Bus de Santa Marta a Tayrona: 5.000 COP
Entrada al Parque Nacional Natural de Tayrona: 35.000 COP
Tayrona-Uribia (pasando por Riohacha y Entrevías): 20.000 COP
Jeep de Uribia a Cabo de la Vela: 12.000 COP
Una habitación doble en hostal la Tortuga para dos persona (Cabo de la Vela). 25.000 COP
Una Coca-Cola de 50 cl en la playa: 3.000 COP
Cena en Restaurante Doña Flor: 5.000 COP
Santa Marta-Bogotá: 70.000 COP (18h)
Etiquetes de comentaris:
Cabo de la Vela,
Colombia,
Guajira,
Tayrona,
Wayúus
La costa caribeña colombiana, a ritmo Malibú
Igual que a mí, creo que a mucha gente le quedó grabado en la retina un anuncio de la bebida Malibú en el que aparecían unos personajes caribeños que vivían sin lujos pero con toda la felicidad del mundo. Pues bien, aunque esté basado en un tópico, durante los días que estuvimos por los pueblecitos colombianos más caribeños este vídeo me volvió en más de una ocasión a la mente. La ciudad de Turbo es muy ajetreada y nada atractiva. Motos, bicicletas, coches y hasta algún carro de caballos se disputan sus calles, en las que abundan ociosos buscavidas. Lamentablemente, es imprescindible pasar por ella para tomar una lancha si se quiere ir a los lejanos pueblos de Capurganá y Sapzzurro, colombianos pero ya en Centroamérica y a escasos kilómetros de Panamá. Viniendo de Manizales, donde hacía algo de frío y escaseaba la gente de raza negra o mulata, la zona norte de Colombia parece otro país. Después de desayunar en una cafetería, compramos unos caros pasajes de lancha, y mientras esperábamos a que saliera pudimos observar con detenimiento la fauna que nos rodeaba. Madres con tres o más hijos correteando a su alrededor, vendedores ambulantes y otros viajeros cargados hasta las cejas fueron nuestra compañía en la rústica terminal de lanchas de la ciudad.
El viaje hasta Capurganá no fue del todo agradable, a pesar de que hacía un precioso día y el paisaje era de lo más bonito (selva con altísimas palmeras que mueren en orillas de aguas turquesas). El motivo es que este trayecto, que dura más de dos horas, se hace a toda velocidad, y uno anda con miedo a que algún órgano interno se suelte debido a las sacudidas a que sometes el cuerpo. Pero el sufrimiento vale la pena, ya que al desembarcar en la pequeña Capurganá te envuelve la paz y la tranquilidad que no existen en Turbo. Capurganá es un pequeño pueblecito donde no hay coches (la gente se mueve a pie o en bicicleta) y en el que todo el vecindario hace vida en la calle. Hay quienes venden empanadas, mientras otros charlan delante de sus casas al fresco y unos terceros montan una mesa en la calle y se ponen a jugar a cartas. Como es temporada baja, pudimos alojarnos en un precioso hostal regentado por un italiano a precio irrisorio. Una vez instalados dimos un paseo por el pueblo sin mirar en ningún momento el reloj, puesto que va en contra de la filosofía de estos lares. Recorrimos parte de la costa cercana y no nos dio tiempo a mucho más, ya que cuando oscurece no hay luz en ningún lugar (aquí cortan la corriente y el agua a diario). Al día siguiente, bien temprano, emprendimos un paseo de una hora a través de la selva hasta el vecino pueblo de Sapzurro, el último de Colombia, El paseo es corto, pero la humedad del bosque pasa factura. Por suerte, las grandes arañas e insectos que se ven así como el rugido de los monos aulladores lo hacen muy ameno. Sapzurro, algo más pequeño que Capurganá, es más bonito. En su pequeña bahía fondean algunos veleros de viajeros que están dando la vuelta al mundo o recorriendo el Caribe, y en las calles se respira aún más familiaridad que en la vecina Capurganá. Pero pasamos de largo, ya que a tan solo veinte minutos a pie cruzamos a Panamá, nuestro destino aquel día. Una pequeña guarnición con tres soldados panameños aburridos que te controlan el pasaporte es lo único que separa ambos países. Ya en Panamá, nos tostamos todo el día en la isla blanca del pueblo La Miel, y aprovechamos para hacer por primera vez en Colombia un poco de snorkel (bucear con gafas y tubo).
Volvimos a Turbo con la intención de ir hacia Cartagena, es decir, al Este. Sin embargo, antes de llegar nos dio un pronto y paramos en Tolú, a medio camino, para poder acercarnos a las desconocidas Islas San Bernardo, un archipiélago de diminutos islotes poblados por pescadores. Y acertamos. Aunque sólo estuvimos un par de días, alucinamos con el estilo de vida de su gente. Los pocos que trabajan son pescadores que tienen una barquita y pescan con arpón y a apnea. Los demás se pasan el día vagando por la isla sin hacer gran cosa. Las mujeres se encargan de la casa (que en este caso son modestas chabolas), los animales domésticos (cerdos, cabras y gallinas), así como de los niños, que desnudos juegan con los cangrejos en la playa. Dormimos en unas hamacas que nos alquilaron delante de la única tienda de la isla en la que estábamos (Múcura). Pues bien, este colmado resultó ser el punto neurálgico de la isla y se convierte en ‘discoteca’ las noches del sábado. Vallenato a todo volumen y hombres bebiendo ron sin control fue el espectáculo que vimos desde nuestras hamacas hasta medianoche. A pesar de los inconvenientes, fue muy enriquecedor charlar con algunos de ellos, quienes, entre trago y trago nos contaron cómo viven y trabajan. Y más relajante fue poder disfrutar de las playas de arena blanca y agua transparente que bordean la isla, que resultaron ideales para bucear y ver peces.
Abandonamos este paraíso terrenal para poner rumbo, esta vez sí, a la turística Cartagena de Indias. Nos alojamos en Getsemaní, un histórico barrio que queda fuera de las murallas pero donde se encuentran la mayoría de los hostales de mochileros. La primera noche pudimos saborear un delicioso ‘patacón con todo’ en una plazoleta muy pintoresca, en la que los locales bebían cerveza y un grupo de hombres discutía sobre cuáles eran los mejores jugadores del Barça. Los días siguientes días gozamos callejeando por las coloridas y cuidadas calles del casco antiguo, que contrastan con la miseria y fealdad de los barrios periféricos. Abusamos de la helada limonada casera que vendían por la calle y visitamos el museo de la Inquisición, un lugar ideal para sentir escalofríos y volverse más ateo aún, si cabe. En la entrada principal a la ciudad, cerca de la torre del reloj, hay unos tenderetes en los que venden dulces típicos. Aunque todos tengan muy buena pinta, la mitad de ellos están revenidos y es el típico producto que exclusivamente venden al turista. Pasamos por el aro y compramos una pack de dulces variados, y me sentí como el alemán con chanclas y calcetines blancos que acaba pagando una fortuna por comer una infumable paella y bebiendo sangría en las Ramblas de Barcelona. Y tras acabar las calles de la bonita ciudad amurallada y conocer la pija pero nada especial zona de Bocagrande, dijimos adiós a Cartagena de Indias y nos encaminamos hacia Santa Marta.
Lo mejor de Capurganá e Islas Bernardo
Descansar en paradisíacas playas de arena blanca
Ideal para hacer snorkel
Conocer su gente, que tienen un ritmo de vida muy diferente al de las grandes ciudades
Preciosas puestas de sol
Lo peor de Capurganá e Islas Bernardo
Los supermercados son caros, aunque en temporada baja el alojamiento es económico. En las Islas San Bernardo escasea donde dormir.
Sale muy caro llegar a Capurganá en lancha desde Turbo
Son sitios donde no pasa nada. La mayoría de viajeros se pueden aburrir al tercer día.
Precios de Capurganá e Islas Bernardo (2.300 Cop = 1 euro)
Lancha Turbo-Capurganá: 55.000 COP
1 Noche en el hostal Gecko (Capurganá): 10.000 COP/noche
Cena plato combinado: 5.000 COP
Bus de Turbo a Tolú (pasando por Montería): 50.000 COP
Noche en Tolú: 25.000 COP habitación doble
Lancha ida/vuelta desde Tolú a Múcura: 45.000 COP
Comer langosta en Múcura: 40.000 COP para dos personas
Bus de Tolú a Cartagena de Indias: 30.000 COP
----------------------
Lo mejor de Cartagena de Indias
El colorido y restaurado centro histórico
Visitar los palacios más bonitos, como donde se encuentra el Museo de la Inquisición
Saborear lima granizada un caluroso y soleado día
Pasear por la muralla que da al mar
Cenar por la calle en el barrio de Getsemaní
Es una ciudad muy turística, así que hay una buena oferta de alojamientos y buenas conexiones con el resto del país
Lo peor de Cartagena de Indias
En algunos puntos hay demasiados turistas y pocos locales
Fuera de la ciudad amurallada reina la miseria, el ruido y la suciedad
La zona de Bocagrande es un paraíso de seguridad y rascacielos pero con poco interés turístico
Precios de Cartagena de Indias (2.300 Cop = 1 euro)
1 noche en hostal Iguana: 12.000 COP cada persona
Museo de la Inquisición: 14.000 COP
Desayuno completo: 7.000 COP
Bus urbano: 1.500 COP
Bus de Cartagena a Santa Marta: 20.000 COP
El viaje hasta Capurganá no fue del todo agradable, a pesar de que hacía un precioso día y el paisaje era de lo más bonito (selva con altísimas palmeras que mueren en orillas de aguas turquesas). El motivo es que este trayecto, que dura más de dos horas, se hace a toda velocidad, y uno anda con miedo a que algún órgano interno se suelte debido a las sacudidas a que sometes el cuerpo. Pero el sufrimiento vale la pena, ya que al desembarcar en la pequeña Capurganá te envuelve la paz y la tranquilidad que no existen en Turbo. Capurganá es un pequeño pueblecito donde no hay coches (la gente se mueve a pie o en bicicleta) y en el que todo el vecindario hace vida en la calle. Hay quienes venden empanadas, mientras otros charlan delante de sus casas al fresco y unos terceros montan una mesa en la calle y se ponen a jugar a cartas. Como es temporada baja, pudimos alojarnos en un precioso hostal regentado por un italiano a precio irrisorio. Una vez instalados dimos un paseo por el pueblo sin mirar en ningún momento el reloj, puesto que va en contra de la filosofía de estos lares. Recorrimos parte de la costa cercana y no nos dio tiempo a mucho más, ya que cuando oscurece no hay luz en ningún lugar (aquí cortan la corriente y el agua a diario). Al día siguiente, bien temprano, emprendimos un paseo de una hora a través de la selva hasta el vecino pueblo de Sapzurro, el último de Colombia, El paseo es corto, pero la humedad del bosque pasa factura. Por suerte, las grandes arañas e insectos que se ven así como el rugido de los monos aulladores lo hacen muy ameno. Sapzurro, algo más pequeño que Capurganá, es más bonito. En su pequeña bahía fondean algunos veleros de viajeros que están dando la vuelta al mundo o recorriendo el Caribe, y en las calles se respira aún más familiaridad que en la vecina Capurganá. Pero pasamos de largo, ya que a tan solo veinte minutos a pie cruzamos a Panamá, nuestro destino aquel día. Una pequeña guarnición con tres soldados panameños aburridos que te controlan el pasaporte es lo único que separa ambos países. Ya en Panamá, nos tostamos todo el día en la isla blanca del pueblo La Miel, y aprovechamos para hacer por primera vez en Colombia un poco de snorkel (bucear con gafas y tubo).
Volvimos a Turbo con la intención de ir hacia Cartagena, es decir, al Este. Sin embargo, antes de llegar nos dio un pronto y paramos en Tolú, a medio camino, para poder acercarnos a las desconocidas Islas San Bernardo, un archipiélago de diminutos islotes poblados por pescadores. Y acertamos. Aunque sólo estuvimos un par de días, alucinamos con el estilo de vida de su gente. Los pocos que trabajan son pescadores que tienen una barquita y pescan con arpón y a apnea. Los demás se pasan el día vagando por la isla sin hacer gran cosa. Las mujeres se encargan de la casa (que en este caso son modestas chabolas), los animales domésticos (cerdos, cabras y gallinas), así como de los niños, que desnudos juegan con los cangrejos en la playa. Dormimos en unas hamacas que nos alquilaron delante de la única tienda de la isla en la que estábamos (Múcura). Pues bien, este colmado resultó ser el punto neurálgico de la isla y se convierte en ‘discoteca’ las noches del sábado. Vallenato a todo volumen y hombres bebiendo ron sin control fue el espectáculo que vimos desde nuestras hamacas hasta medianoche. A pesar de los inconvenientes, fue muy enriquecedor charlar con algunos de ellos, quienes, entre trago y trago nos contaron cómo viven y trabajan. Y más relajante fue poder disfrutar de las playas de arena blanca y agua transparente que bordean la isla, que resultaron ideales para bucear y ver peces.
Abandonamos este paraíso terrenal para poner rumbo, esta vez sí, a la turística Cartagena de Indias. Nos alojamos en Getsemaní, un histórico barrio que queda fuera de las murallas pero donde se encuentran la mayoría de los hostales de mochileros. La primera noche pudimos saborear un delicioso ‘patacón con todo’ en una plazoleta muy pintoresca, en la que los locales bebían cerveza y un grupo de hombres discutía sobre cuáles eran los mejores jugadores del Barça. Los días siguientes días gozamos callejeando por las coloridas y cuidadas calles del casco antiguo, que contrastan con la miseria y fealdad de los barrios periféricos. Abusamos de la helada limonada casera que vendían por la calle y visitamos el museo de la Inquisición, un lugar ideal para sentir escalofríos y volverse más ateo aún, si cabe. En la entrada principal a la ciudad, cerca de la torre del reloj, hay unos tenderetes en los que venden dulces típicos. Aunque todos tengan muy buena pinta, la mitad de ellos están revenidos y es el típico producto que exclusivamente venden al turista. Pasamos por el aro y compramos una pack de dulces variados, y me sentí como el alemán con chanclas y calcetines blancos que acaba pagando una fortuna por comer una infumable paella y bebiendo sangría en las Ramblas de Barcelona. Y tras acabar las calles de la bonita ciudad amurallada y conocer la pija pero nada especial zona de Bocagrande, dijimos adiós a Cartagena de Indias y nos encaminamos hacia Santa Marta.
Lo mejor de Capurganá e Islas Bernardo
Descansar en paradisíacas playas de arena blanca
Ideal para hacer snorkel
Conocer su gente, que tienen un ritmo de vida muy diferente al de las grandes ciudades
Preciosas puestas de sol
Lo peor de Capurganá e Islas Bernardo
Los supermercados son caros, aunque en temporada baja el alojamiento es económico. En las Islas San Bernardo escasea donde dormir.
Sale muy caro llegar a Capurganá en lancha desde Turbo
Son sitios donde no pasa nada. La mayoría de viajeros se pueden aburrir al tercer día.
Precios de Capurganá e Islas Bernardo (2.300 Cop = 1 euro)
Lancha Turbo-Capurganá: 55.000 COP
1 Noche en el hostal Gecko (Capurganá): 10.000 COP/noche
Cena plato combinado: 5.000 COP
Bus de Turbo a Tolú (pasando por Montería): 50.000 COP
Noche en Tolú: 25.000 COP habitación doble
Lancha ida/vuelta desde Tolú a Múcura: 45.000 COP
Comer langosta en Múcura: 40.000 COP para dos personas
Bus de Tolú a Cartagena de Indias: 30.000 COP
----------------------
Lo mejor de Cartagena de Indias
El colorido y restaurado centro histórico
Visitar los palacios más bonitos, como donde se encuentra el Museo de la Inquisición
Saborear lima granizada un caluroso y soleado día
Pasear por la muralla que da al mar
Cenar por la calle en el barrio de Getsemaní
Es una ciudad muy turística, así que hay una buena oferta de alojamientos y buenas conexiones con el resto del país
Lo peor de Cartagena de Indias
En algunos puntos hay demasiados turistas y pocos locales
Fuera de la ciudad amurallada reina la miseria, el ruido y la suciedad
La zona de Bocagrande es un paraíso de seguridad y rascacielos pero con poco interés turístico
Precios de Cartagena de Indias (2.300 Cop = 1 euro)
1 noche en hostal Iguana: 12.000 COP cada persona
Museo de la Inquisición: 14.000 COP
Desayuno completo: 7.000 COP
Bus urbano: 1.500 COP
Bus de Cartagena a Santa Marta: 20.000 COP
Etiquetes de comentaris:
Capurganá,
Caribe,
Cartagena de Indias,
Colombia,
Islas
08 mayo 2012
Del frío de Quito al calor de Colombia
Aunque Guayaquil es la ciudad más poblada de Ecuador, no es nada atractiva para el turista. Apenas hay sitios que merezcan la pena visitar, y la humedad que se respira durante todo el día no anima a quedarse. Así que una vez que llegó Sandra procedente de Berlín (eso sí que es cambiar de planeta en pocas horas), nos largamos hacia la capital del país, Quito. Como yo ya había visitado parte de la costa ecuatoriana y Cuenca, y los dos nos moríamos de ganas de entrar en Colombia, sólo hicimos esta parada.
El frío nos sorprendió al bajarnos del autobús que nos trajo de la cálida Guayaquil. Llegamos ya de noche, y cogimos un trolebús hasta el centro de la ciudad, en concreto hasta Santo Domingo. Elegimos el primer hostal que nos pareció limpio y económico, el Rincón Familiar, para descubrir al día siguiente que aunque los dueños eran encantadores nos habíamos metido en un hotel por horas. Ya nos entendemos.
La primera noche paseamos por la bonita aunque turística calle La Ronda, y acabamos cenando unos pollos en un lugar común. Y a la mañana siguiente visitamos Quito bajo un cielo encapotado y a ratos bajo una tímida lluvia. Entramos a la basílica y algunas iglesias céntricas, y nos gastamos un buen dinero para subir en teleférico a un cerro cercano desde el que se divisa la ciudad. Por la noche volvimos a pasear por La Ronda y probamos el morocho, un tipo de empanada que lleva maíz triturado en su interior. Como era viernes había mucha gente paseando por la calle, y nos coincidió ver un espectáculo que organizaban en unas carpas con motivo del bicentenario de la Constitución de Quito (la independencia de España). Al ser gratuito, decidimos entrar a probar. La dinámica consistía en hacer en grupo un recorrido (éramos los únicos no ecuatorianos) por varias carpas en las que actores disfrazados de la época explicaban el proceso de independencia. Nos hizo gracia ver como animaban al público a gritar consignas contra los ‘españoles’ y cómo acusaban a espectadores al azar de ser ‘colonizador’. Alguna broma pesada a parte, reímos bastante con la representación y aprendimos un poco sobre la historia reciente del país.
A la mañana siguiente, y en vistas de que el tiempo no mejoraba y que habíamos visitado lo más bonito de Quito, nos subimos a un autobús que nos llevó a la frontera con Colombia. A diferencia de otros países en los que puedes pasar de país a país con el mismo autobús, aquí tuvimos que coger un taxi hasta la aduana, cruzar a pie la línea imaginaria que separa Ecuador y Colombia, y hacer todo el papeleo. En menos de una hora ya teníamos en nuestros pasaportes los sellos correspondientes y el funcionario de aduanas colombiano nos daba la bienvenida. Para llegar a Upiales, el primer pueblo de Colombia, tuvimos que coger un taxi, ya que no había transporte público, pero como no teníamos aún pesos colombianos y sólo nos quedaban dos dólares en el bolsillo (y nos pedían 4 dólares por la carrera), tuve que empeñar mi candado para que un taxista de lo más peculiar nos acercara a la terminal de Upiales. Allí nos montamos en otro bus, esta vez nocturno, que nos llevo hasta Armenia, el corazón del eje cafetero.
Tal y como llegamos a Armenia desayunamos en la estación huevos revueltos, tinto (café solo) y tostadas, y dejamos las mochilas en consigna para poder hacer una excursión por el espectacular valle de Cocora. Primero tuvimos que llegar a Salento, una bonita población colonial que el fin de semana se llena de domingueros colombianos que van a pasear y comprar artesanías. Una vez allí nos subimos como unos refugiados que huyen del país más de siete persones a un jeep (que aquí llaman Willy) que nos dejó en la entrada del valle. Ya en Cocora, paseamos durante todo el día haciendo un recorrido circular. Primero anduvimos por el verde valle, en el que abundan altas palmas, y luego nos adentramos a un bosque selvático en el que tuvimos que cruzar varias veces un río por puentes de dudosa seguridad. Volvimos al pueblo a través de un alto desde el que se vislumbraba la totalidad del valle de Cocora, un paisaje precioso que parecía sacado de la seria Lost.
Algo cansados y más sucios volvimos retrocedimos a Armenia, donde cogimos otro bus hasta Manizales, otra punta del eje cafetero. Llegamos exhaustos a Manizales, por eso, tras una reparadora ducha y picar algo para cenar nos fuimos a dormir. Por la mañana paseamos por la ciudad y disfrutamos de los primeros menús completos colombianos y de la amabilidad de la gente de la zona, la más simpática y educada que me he encontrado en todo el viaje (y en las antípodas de la que conocí en Bolivia o algunas zonas rurales del Perú). Y por la tarde nos relajamos en unos baños termales naturales, con agua a más de 35 grados centígrados. Esas aguas calientes provienen de un volcán cercano que se llama Ruíz y que no pudimos visitar ya que esos días estaba en alerta por riesgo de erupción.
Y el segundo día en Manizales lo pasamos en una hacienda cafetera. Contratamos un tour que a priori nos pareció caro pero que una vez finalizado se convirtió en una de las mejores inversiones del viaje. Visitamos una casa feudal cafetera, nos explicaron toda la historia y tipologías de café que existen y luego paseamos por la finca, que a parte de preciosa estaba perfectamente conservada. Antes de acabar la visita saboreamos sanchocho (un plato típico colombiano a base de sopa con diferentes tipos de carne) y nos tomamos unos deliciosos últimos cafés.
Y ésta fue la primera parada en la anhelada Colombia. Dejamos la zona del café para emprender un largo viaje que nos llevaría después de coger un par de autobuses a Turbo, la ciudad que sirve de base para visitar los pueblos caribeños que Colombia tiene a tocar de Panamá.
Lo mejor de Cocora y el Eje Cafetero
El paisaje verde y las altas palmas de las praderas
Montar en un willy (jeep) para llegar al valle de Cocora
Aprender sobre el café y pasear por fincas cafeteras
Saborear un café excelente
Lo peor de Cocora y el Eje Cafetero
A Cocora hay que ir preparados con botas de agua
El precio del willy (3.000 cop) es caro
Salento el domingo se llena de domingueros
El alojamiento en Manizales es escaso y caro
Precios de Cocora y el Eje Cafetero (2.300 Cop = 1 euro)
Bus Armenia Salento: 6.000 COP
Visita guiada a finca cafetera (con transporte desde Manizales): 30.000 COP
Una noche en hostal de Manizales: 22.000 COP
Menú de mediodía: 8.000 COP
Audio: Juanes
El frío nos sorprendió al bajarnos del autobús que nos trajo de la cálida Guayaquil. Llegamos ya de noche, y cogimos un trolebús hasta el centro de la ciudad, en concreto hasta Santo Domingo. Elegimos el primer hostal que nos pareció limpio y económico, el Rincón Familiar, para descubrir al día siguiente que aunque los dueños eran encantadores nos habíamos metido en un hotel por horas. Ya nos entendemos.
La primera noche paseamos por la bonita aunque turística calle La Ronda, y acabamos cenando unos pollos en un lugar común. Y a la mañana siguiente visitamos Quito bajo un cielo encapotado y a ratos bajo una tímida lluvia. Entramos a la basílica y algunas iglesias céntricas, y nos gastamos un buen dinero para subir en teleférico a un cerro cercano desde el que se divisa la ciudad. Por la noche volvimos a pasear por La Ronda y probamos el morocho, un tipo de empanada que lleva maíz triturado en su interior. Como era viernes había mucha gente paseando por la calle, y nos coincidió ver un espectáculo que organizaban en unas carpas con motivo del bicentenario de la Constitución de Quito (la independencia de España). Al ser gratuito, decidimos entrar a probar. La dinámica consistía en hacer en grupo un recorrido (éramos los únicos no ecuatorianos) por varias carpas en las que actores disfrazados de la época explicaban el proceso de independencia. Nos hizo gracia ver como animaban al público a gritar consignas contra los ‘españoles’ y cómo acusaban a espectadores al azar de ser ‘colonizador’. Alguna broma pesada a parte, reímos bastante con la representación y aprendimos un poco sobre la historia reciente del país.
A la mañana siguiente, y en vistas de que el tiempo no mejoraba y que habíamos visitado lo más bonito de Quito, nos subimos a un autobús que nos llevó a la frontera con Colombia. A diferencia de otros países en los que puedes pasar de país a país con el mismo autobús, aquí tuvimos que coger un taxi hasta la aduana, cruzar a pie la línea imaginaria que separa Ecuador y Colombia, y hacer todo el papeleo. En menos de una hora ya teníamos en nuestros pasaportes los sellos correspondientes y el funcionario de aduanas colombiano nos daba la bienvenida. Para llegar a Upiales, el primer pueblo de Colombia, tuvimos que coger un taxi, ya que no había transporte público, pero como no teníamos aún pesos colombianos y sólo nos quedaban dos dólares en el bolsillo (y nos pedían 4 dólares por la carrera), tuve que empeñar mi candado para que un taxista de lo más peculiar nos acercara a la terminal de Upiales. Allí nos montamos en otro bus, esta vez nocturno, que nos llevo hasta Armenia, el corazón del eje cafetero.
Tal y como llegamos a Armenia desayunamos en la estación huevos revueltos, tinto (café solo) y tostadas, y dejamos las mochilas en consigna para poder hacer una excursión por el espectacular valle de Cocora. Primero tuvimos que llegar a Salento, una bonita población colonial que el fin de semana se llena de domingueros colombianos que van a pasear y comprar artesanías. Una vez allí nos subimos como unos refugiados que huyen del país más de siete persones a un jeep (que aquí llaman Willy) que nos dejó en la entrada del valle. Ya en Cocora, paseamos durante todo el día haciendo un recorrido circular. Primero anduvimos por el verde valle, en el que abundan altas palmas, y luego nos adentramos a un bosque selvático en el que tuvimos que cruzar varias veces un río por puentes de dudosa seguridad. Volvimos al pueblo a través de un alto desde el que se vislumbraba la totalidad del valle de Cocora, un paisaje precioso que parecía sacado de la seria Lost.
Algo cansados y más sucios volvimos retrocedimos a Armenia, donde cogimos otro bus hasta Manizales, otra punta del eje cafetero. Llegamos exhaustos a Manizales, por eso, tras una reparadora ducha y picar algo para cenar nos fuimos a dormir. Por la mañana paseamos por la ciudad y disfrutamos de los primeros menús completos colombianos y de la amabilidad de la gente de la zona, la más simpática y educada que me he encontrado en todo el viaje (y en las antípodas de la que conocí en Bolivia o algunas zonas rurales del Perú). Y por la tarde nos relajamos en unos baños termales naturales, con agua a más de 35 grados centígrados. Esas aguas calientes provienen de un volcán cercano que se llama Ruíz y que no pudimos visitar ya que esos días estaba en alerta por riesgo de erupción.
Y el segundo día en Manizales lo pasamos en una hacienda cafetera. Contratamos un tour que a priori nos pareció caro pero que una vez finalizado se convirtió en una de las mejores inversiones del viaje. Visitamos una casa feudal cafetera, nos explicaron toda la historia y tipologías de café que existen y luego paseamos por la finca, que a parte de preciosa estaba perfectamente conservada. Antes de acabar la visita saboreamos sanchocho (un plato típico colombiano a base de sopa con diferentes tipos de carne) y nos tomamos unos deliciosos últimos cafés.
Y ésta fue la primera parada en la anhelada Colombia. Dejamos la zona del café para emprender un largo viaje que nos llevaría después de coger un par de autobuses a Turbo, la ciudad que sirve de base para visitar los pueblos caribeños que Colombia tiene a tocar de Panamá.
Lo mejor de Cocora y el Eje Cafetero
El paisaje verde y las altas palmas de las praderas
Montar en un willy (jeep) para llegar al valle de Cocora
Aprender sobre el café y pasear por fincas cafeteras
Saborear un café excelente
Lo peor de Cocora y el Eje Cafetero
A Cocora hay que ir preparados con botas de agua
El precio del willy (3.000 cop) es caro
Salento el domingo se llena de domingueros
El alojamiento en Manizales es escaso y caro
Precios de Cocora y el Eje Cafetero (2.300 Cop = 1 euro)
Bus Armenia Salento: 6.000 COP
Visita guiada a finca cafetera (con transporte desde Manizales): 30.000 COP
Una noche en hostal de Manizales: 22.000 COP
Menú de mediodía: 8.000 COP
Audio: Juanes
29 abril 2012
Degustando Lima, paseando por la ciudad blanca de Arequipa y observando cóndores en el Colca
Llegué a Lima un par de días antes de que lo hicieran mi madre y Josep, tiempo suficiente para encontrar un hotel adecuado para ellos (me despedí de las habitaciones compartidas por una semana, tal y como ya hice en Buenos Aires) y conocer esta gran urbe de más de 8 millones de habitantes. Tuve suerte y una chica muy simpática que conocí en Couchsurfing me acogió en su casa, así que a parte de ahorrarme unos soles me permitió conocer a su familia y un plato peruano que me encantó: los anticucho (corazón de la vaca a la brasa). El día que llegaba mi visita me mudé al Hotel España, una particular y céntrica posada que parece un museo, lleno de cuadros gigantes que bien podían estar en el Prado (si fueran de Goya y originales), grandes espejos y un mini zoo en la azotea. Una vez llegaron Josep y mi madre recorrimos primero el casco antiguo de Lima y visitamos la catedral (que tiene la particularidad de tener el techo de madera por si hay otro terremoto en el futuro, algo más que probable), y el lujoso palacio del arzobispado (contiguo a la catedral y un derroche de lujo con el que siempre se ha caracterizado la cúspide eclesiástica).
También nos acercamos a Miraflores, un encantador barrio formado de callejuelas limpias y pintorescas y lugar que muchos europeos que residen en Lima eligen para vivir. Allí se encuentra también uno de los mejores restaurantes de la capital y por ende del continente, Ástrid y Gastón, en el que reservamos mesa para probar su menú degustación y celebrar por todo lo alto los 53 años de mamá. Empezamos saboreando un delicioso pisco sour, la bebida nacional del país, y luego disfrutamos durante más de tres horas de platos típicos peruanos, como el ceviche o el rocoto relleno. Todos estaban perfectamente presentados y elaborados, pero el lujo (y sobre todo los vinos) inflaron la cuenta demasiado. Suerte que no me tocaba pagar a mí.
Después de recorrer Lima nos desplazamos a Ica, una polvorienta y ruidosa ciudad en la que hicimos noche para poder visitar al día siguiente la reserva natural de Islas Ballestas. A estos islotes, poblados exclusivamente por focas, pingüinos y millones de pájaros de diferentes especies, se llega en un tour de barca de apenas un par de horas. Es realmente impactante no solo que las lanchas se acerquen tanto a las playas en las que dormitan y se pelean focas y leones marinos, sino especialmente el ruido y fetidez que profieren los pájaros que sobrevuelan constantemente el cielo y reposan en las rocas. Tras esta breve parada en las Ballestas, tomamos otro autobús, esta vez un nocturno de lujo, camino de Arequipa, la ciudad blanca que vio nacer a Mario Vargas Llosa. De Arequipa me gustó en primer lugar su ubicación1, ya que desde la mismísima Plaza de Armas se puede divisar el nevado volcán Misti como telón de fondo (una montaña de más de seis mil metros a apenas veinte kilómetros). Disfrutamos callejeando por el centro y recorriendo el enorme y pintoresco Monasterio de Santa Catalina, una mini ciudad en la que vivieron las hijas de las familias pudientes que no encontraban casadero y en el que actualmente aún residen unas pocas monjas de clausura. Una vez más, tal y como percibí en el palacio arzobispal de Lima, la Iglesia Católica se reveló contradictoria e injusta, pues las jóvenes monjas que habitaban este lugar podían tener varias muchachas de servicio y cuberterías de oro y plata, por ejemplo.
En esta ciudad sureña no sólo disfrutamos de la arquitectura o las vistas de la sierra, también comprobamos por qué es tan famosa su gastronomía, en la que destaca el rocoto relleno (pimientos picantes rellenos de carne picada y queso). Finalmente, antes de volver hacia Lima, realizamos una cansada excursión de un día hasta el cañón del Colca, una imponente quebrada (la segunda más profunda del mundo y el doble que el cañón del Colorado). Salimos a las 3 am de Arequipa, y después de dormitar un poco en la furgoneta nos despertamos justo cuando pasábamos un alto a casi cinco mil metros de altura. El frío era polar, pero mereció la pena bajarse para tomar unas fotos del amanecer. Antes de llegar al propio cañón se pasa por el valle del Colca (colca significa depósito, y recibe este nombre ya que los pobladores de la zona hacían pequeños agujeros donde guardaban víveres para consumir en caso de necesidad). Este valle está formado de infinitas laderas de intenso verde en la que pastan animales. Y el cénit de la excursión es cuando se llega al cañón y se divisan hacia arriba las altas montañas nevadas y hacia abajo un serpenteante río que desde esas alturas parece un riachuelo. Por si el paisaje no bastara, una familia de cóndores hizo acto de presencia, y varios de ellos sobrevolaron nuestras cabezas de bien cerca.
Después de este buen sabor de boca (en todos los sentidos) que nos dejó Arequipa, volvimos a Lima, donde apenas hicimos escala para ir hacia el norte, en concreto a Trujillo, una ciudad que yo ha había visitado pero que ellos querían conocer. Tras pasar un par de días en esta ciudad colonial volvimos como una peonza a Lima, y allí me despedí de ellos. Pasamos casi diez días juntos, y creo que disfrutaron del país. Aunque no vimos la parte rural, se pudieron llevaron una idea de cómo es el Perú, como mínimo algunas de sus principales ciudades y algún paisaje natural. Yo me volví a quedar solo y recuperé mi dieta de menús baratos y habitaciones compartidas. Antes de salir del país me dio tiempo de visitar el bonito barrio de Barranco (más selecto que Miraflores y donde Vargas Llosa tiene una casa, por cierto), comer ceviche y entrevistar para mi otro blog a una encantadora periodista española. La próxima parada fue Guayaquil, al sur de Ecuador, adonde llegué después viajar durante treinta horas en autocar. Allí me esperaba una segunda visita, la de Sandra, con quien acabaré este viaje sudamericano. Pero lo que vimos en Quito y nuestra entrada a Colombia lo contaré en otro post.
Lo mejor de Lima
Su centro histórico
La catedral y el Palacio del Arzobispado
El palacio presidencial (visitable los sábados)
El tranquilo barrio de Barranco, a orillas del Pacífico
Miraflores
El barrio chino, donde se puede comer muy bien y encontrar de todo
Infinidad de restaurantes de calidad y para todos los bolsillos
Gran red de autobuses y taxis baratos (regateando, evidentemente)
Muy bien conectada con el resto del país y el continente
Lo peor de Lima
La suciedad que hay en casi toda la ciudad
La cantidad de indigentes y sin techo que deambulan por las calles y no reciben ayuda
Algunos barrios son inseguros, sobre todo de noche
Hay mucha contaminación (aérea y acústica) y un tráfico infernal casi permanentemente
Precios de Lima
Una habitación triple en Hotel España: 72 Soles
Una comida para dos a base de ceviche: 60 Soles
Taxi del centro de Lima a Miraflores: 12 Soles
Bus Lima-Ica: 43 Soles
Excursión a las Islas Ballestas: 50 Soles
Bus VIP Lima Trujillo: 80 Soles
Bus Lima Tumbes: 80 Soles
Bus Tumbes Guayaquil (Ecuador): 24 Soles
Lo mejor de Arequipa
Es una bonita ciudad con casas coloniales y una espectacular plaza de Armas
El monasterio de Santa Catalina
La catedral
La cocina de los restaurantes arequipeños
Tiene cerca grande montañas en las que hacer excursiones / ascensiones
La proximidad del cañón del Colca
Lo peor de Arequipa
Las excursiones tienden a ser caras
Fuera del centro histórico la ciudad pierde mucho interés
Precios de Arequipa
Tour Cañón del Colca: 50 Soles
Entrada al Parque Nacional del Colca: 70 Soles
Arequipa-Lima en avión: 74 USD
Comida en restaurante típico: 30 Soles/ persona
Menú en restaurante barato: 6 Soles
También nos acercamos a Miraflores, un encantador barrio formado de callejuelas limpias y pintorescas y lugar que muchos europeos que residen en Lima eligen para vivir. Allí se encuentra también uno de los mejores restaurantes de la capital y por ende del continente, Ástrid y Gastón, en el que reservamos mesa para probar su menú degustación y celebrar por todo lo alto los 53 años de mamá. Empezamos saboreando un delicioso pisco sour, la bebida nacional del país, y luego disfrutamos durante más de tres horas de platos típicos peruanos, como el ceviche o el rocoto relleno. Todos estaban perfectamente presentados y elaborados, pero el lujo (y sobre todo los vinos) inflaron la cuenta demasiado. Suerte que no me tocaba pagar a mí.
Después de recorrer Lima nos desplazamos a Ica, una polvorienta y ruidosa ciudad en la que hicimos noche para poder visitar al día siguiente la reserva natural de Islas Ballestas. A estos islotes, poblados exclusivamente por focas, pingüinos y millones de pájaros de diferentes especies, se llega en un tour de barca de apenas un par de horas. Es realmente impactante no solo que las lanchas se acerquen tanto a las playas en las que dormitan y se pelean focas y leones marinos, sino especialmente el ruido y fetidez que profieren los pájaros que sobrevuelan constantemente el cielo y reposan en las rocas. Tras esta breve parada en las Ballestas, tomamos otro autobús, esta vez un nocturno de lujo, camino de Arequipa, la ciudad blanca que vio nacer a Mario Vargas Llosa. De Arequipa me gustó en primer lugar su ubicación1, ya que desde la mismísima Plaza de Armas se puede divisar el nevado volcán Misti como telón de fondo (una montaña de más de seis mil metros a apenas veinte kilómetros). Disfrutamos callejeando por el centro y recorriendo el enorme y pintoresco Monasterio de Santa Catalina, una mini ciudad en la que vivieron las hijas de las familias pudientes que no encontraban casadero y en el que actualmente aún residen unas pocas monjas de clausura. Una vez más, tal y como percibí en el palacio arzobispal de Lima, la Iglesia Católica se reveló contradictoria e injusta, pues las jóvenes monjas que habitaban este lugar podían tener varias muchachas de servicio y cuberterías de oro y plata, por ejemplo.
En esta ciudad sureña no sólo disfrutamos de la arquitectura o las vistas de la sierra, también comprobamos por qué es tan famosa su gastronomía, en la que destaca el rocoto relleno (pimientos picantes rellenos de carne picada y queso). Finalmente, antes de volver hacia Lima, realizamos una cansada excursión de un día hasta el cañón del Colca, una imponente quebrada (la segunda más profunda del mundo y el doble que el cañón del Colorado). Salimos a las 3 am de Arequipa, y después de dormitar un poco en la furgoneta nos despertamos justo cuando pasábamos un alto a casi cinco mil metros de altura. El frío era polar, pero mereció la pena bajarse para tomar unas fotos del amanecer. Antes de llegar al propio cañón se pasa por el valle del Colca (colca significa depósito, y recibe este nombre ya que los pobladores de la zona hacían pequeños agujeros donde guardaban víveres para consumir en caso de necesidad). Este valle está formado de infinitas laderas de intenso verde en la que pastan animales. Y el cénit de la excursión es cuando se llega al cañón y se divisan hacia arriba las altas montañas nevadas y hacia abajo un serpenteante río que desde esas alturas parece un riachuelo. Por si el paisaje no bastara, una familia de cóndores hizo acto de presencia, y varios de ellos sobrevolaron nuestras cabezas de bien cerca.
Después de este buen sabor de boca (en todos los sentidos) que nos dejó Arequipa, volvimos a Lima, donde apenas hicimos escala para ir hacia el norte, en concreto a Trujillo, una ciudad que yo ha había visitado pero que ellos querían conocer. Tras pasar un par de días en esta ciudad colonial volvimos como una peonza a Lima, y allí me despedí de ellos. Pasamos casi diez días juntos, y creo que disfrutaron del país. Aunque no vimos la parte rural, se pudieron llevaron una idea de cómo es el Perú, como mínimo algunas de sus principales ciudades y algún paisaje natural. Yo me volví a quedar solo y recuperé mi dieta de menús baratos y habitaciones compartidas. Antes de salir del país me dio tiempo de visitar el bonito barrio de Barranco (más selecto que Miraflores y donde Vargas Llosa tiene una casa, por cierto), comer ceviche y entrevistar para mi otro blog a una encantadora periodista española. La próxima parada fue Guayaquil, al sur de Ecuador, adonde llegué después viajar durante treinta horas en autocar. Allí me esperaba una segunda visita, la de Sandra, con quien acabaré este viaje sudamericano. Pero lo que vimos en Quito y nuestra entrada a Colombia lo contaré en otro post.
Lo mejor de Lima
Su centro histórico
La catedral y el Palacio del Arzobispado
El palacio presidencial (visitable los sábados)
El tranquilo barrio de Barranco, a orillas del Pacífico
Miraflores
El barrio chino, donde se puede comer muy bien y encontrar de todo
Infinidad de restaurantes de calidad y para todos los bolsillos
Gran red de autobuses y taxis baratos (regateando, evidentemente)
Muy bien conectada con el resto del país y el continente
Lo peor de Lima
La suciedad que hay en casi toda la ciudad
La cantidad de indigentes y sin techo que deambulan por las calles y no reciben ayuda
Algunos barrios son inseguros, sobre todo de noche
Hay mucha contaminación (aérea y acústica) y un tráfico infernal casi permanentemente
Precios de Lima
Una habitación triple en Hotel España: 72 Soles
Una comida para dos a base de ceviche: 60 Soles
Taxi del centro de Lima a Miraflores: 12 Soles
Bus Lima-Ica: 43 Soles
Excursión a las Islas Ballestas: 50 Soles
Bus VIP Lima Trujillo: 80 Soles
Bus Lima Tumbes: 80 Soles
Bus Tumbes Guayaquil (Ecuador): 24 Soles
Lo mejor de Arequipa
Es una bonita ciudad con casas coloniales y una espectacular plaza de Armas
El monasterio de Santa Catalina
La catedral
La cocina de los restaurantes arequipeños
Tiene cerca grande montañas en las que hacer excursiones / ascensiones
La proximidad del cañón del Colca
Lo peor de Arequipa
Las excursiones tienden a ser caras
Fuera del centro histórico la ciudad pierde mucho interés
Precios de Arequipa
Tour Cañón del Colca: 50 Soles
Entrada al Parque Nacional del Colca: 70 Soles
Arequipa-Lima en avión: 74 USD
Comida en restaurante típico: 30 Soles/ persona
Menú en restaurante barato: 6 Soles
24 abril 2012
El Señor de Sipán, Trujillo y la Huaca de la Luna
Después de una primera inmersión en Ecuador tocaba volver al Perú. En la moderna terminal de buses de Guayaquil me despedí de voltala365, ya que ellos empezaban a subir al norte, y yo rehíce el camino que pocos días antes me había traído al sur de este tropical país. Primero un bus me llevó a la frontera con Perú. Por el trayecto, a parte de ver a más de veinte vendedores ambulantes que iban subiendo y bajando del vehículo en marcha (ofrecían desde helados a hamburguesas pasando por zumo de coco o galletas) me impresionó observar las infinitas plantaciones de bananas, de capital extranjero, imagino, que adornan la carretera (más tarde descubrí que Ecuador es el principal exportador de bananas en el mundo). En Tumbes, ya en tierras peruanas, agarré otro bus nocturno hasta Chiclayo, una ciudad bastante fea pero donde se encuentra el fabuloso museo del Señor de Sipán, y donde, evidentemente, descansan los huesos de dicho señor.
El Señor de Sipán
Al hostal llegué justo cuando amanecía, y conseguí una calurosa habitación individual por pocos soles. Salí de nuevo a la calle para observar el trajín matinal de la gente, que bien iba a su trabajo o los más pequeños a la escuela, y después de desayunar algo me dirigí a la cercana población de Lambayaque, donde está el museo del Señor del Sipán. Aunque la entrada era cara, me sorprendió un exposición de tanta calidad. Hay tantos objetos recuperados que se encontraron en la tumba de este gobernante del siglo III que se tarda un par de horas en hacer el recorrido. El plato fuerte es la vitrina en la que se pueden ver los restos momificados del Señor de Sipán, un personaje que en sus días de gloria era el mandamás de la zona (lamento dar una explicación tan plana, pero ni sé mucho de él ni me apetece demasiado explayarme. Para más info, la wikipedia). Y después de tanto esfuerzo intelectual (en este viaje mi cerebro trabaja a medio gas) me corté el pelo y comí de mil maravillas en un restaurante cercano. La tarde la dediqué a pasear por Chiclayo, donde pude ver unos colores de atardecer preciosos. Después de cenar me recluí de nuevo en el hostal, ya que a la mañana siguiente, bien temprano, cogía el bus hacia Trujillo, una de las ciudades coloniales más bonitas del Perú.
El colonialismo de Trujillo, Chan Chan y las Huacas de la Luna y el Sol
Tal y como llegué a Trujillo me instalé en el hospedaje El conde de Arce, a sólo dos calles de la Plaza de Armas. Durante todo el día deambulé sin rumbo fijo por la ciudad, observando las coloridas casas y los enormes ventanales que aún conservan numerosas mansiones coloniales del centro. También me paseé por el mercado central, donde degusté un menú delicioso por apenas 4 soles (algo más de un euro), y luego me retiré a descansar a la habitación. Volví a salir a la calle cuando ya era negra noche, y anduve de nuevo casi por las mismas calles, ya que iluminadas adquieren otro matiz. Acabé cenando en un chifa (restaurante chino) que resultó ser tan grotesco como bueno.
A la mañana siguiente tenía muchas cosas que hacer. Bueno, se reducían básicamente a dos: visitar las ruinas de Chan Chan y la Huaca de la Luna y la del Sol. Como casi siempre me muevo en transporte público y rara vez compro un pack de agencia (que te llevan de un lado a otro como un marqués a precio de conde), me las tuve que apañar para encontrar las combis que me llevaban a Chan Chan, donde llegué cuando aún no eran las 9 am y el sol ya abrasaba. Hice la visita guiada con una canadiense y dos italianos, y a pesar del calor que hacía disfruté recorriendo los laberínticos pasillos y salas delimitadas con paredes de barro de diferentes formas. Aunque sólo se puede ver una minúscula parte de lo que fue un palacio de la época de los Chimú, uno se hace a la idea de cómo sería la ciudad en pleno apogeo y también del trabajo inmenso que les queda a los arqueólogos. Pregunté si estaban avanzando en las excavaciones y me dijeron que sí, aunque durante toda la mañana no vi a ningún Indiana Jones trabajando en los muros.
Volví a Trujillo, donde comí de menú, y por la tarde me acerqué a la Huaca de la Luna y el Sol, que se encontraban en el extremo opuesto de la ciudad. Primero te hacen visitar un museo de nueva construcción que te ayuda a entender cómo vivían y qué valores tenían los Moche, una cultura posterior a los Chimú. Y más tarde puedes visitar los niveles superiores de la huaca de la Luna, una especie de pirámide de cinco niveles cubierta de tierra y polvo. Es impresionante observar las pinturas que se conservan perfectamente gracias a que la estructura fue cubierta de barro y polvo con el paso de los años. Pero tras la visita, desespera constatar que tal y como sucede en Chan Chan aún queda por hacer todo el trabajo de excavación y no ver a nadie manos a la obra. Cualquier arqueólogo firmaría para que le dejaran limpiar poco a poco las dos huacas (la del Sol no se ha excavado ni un nivel) y poder ser el primero en ver las pinturas intactas. Pero bueno, así es el Perú, un país que con excepción del Machu Picchu tiene restos arqueológicos de gran importancia aún por destapar, limpiar, museizar y mostrar. Una lástima.
Lo mejor de Chiclayo (1€=3,3 Soles)
El Museo del Señor del Sipán
Lo peor de Chiclayo
La ciudad es ruidosa, caótica y fea
No hay nada que hacer en ella una vez se ha visitado el museo del Señor de Sipán
Precios de Chiclayo
Una noche de hostal:20 Soles
Menú:4,5 Soles
Bus a Lambayaque:1,5 Soles
Entrada al museo del Señor del Sipán:10 Soles
Corte de pelo con máquina: 3 Soles
Lo mejor de Trujillo
Pasear por el centro, tanto de día como de noche, y apreciar las magníficas fachadas de las casas coloniales
La ciudad de Chan Chan y la Huaca de la Luna (y la del Sol, cuando la empiecen a excavar)
Sus zapatos (tienen fama) y el dulce King Kong
Lo peor de Trujillo
Más allá del centro la ciudad no tiene interés alguno
Los mosquitos
Precios de Trujillo (1€=3,3 soles)
Una noche en el hostal ‘El conde de arce’: 20 soles
Un dulce King Kong pequeño: 1 sol
Un menú completo en el mercado: 6 soles
Bus a Chan Chan: 1,2 soles
Entrada al Museo de Sitio de Chan Chan y al Palacio de barro: 10 soles
Bus a Huaca de la Luna: 1,2 soles
Entrada al Museo y a la Huaca de la Luna: 10 soles
Cenar en un chifa con bebida: 7,5 soles
Bus de Trujillo a Huaraz: 30 soles (empresa Línea, 9 horas)
En busca de las lagunas de Huaraz
Y después de playa, arquitectura colonial y restos arqueológicos tocaba hacer montaña de nuevo. ¡Y qué montaña! Para tal fin me dirigí a Huaraz, la capital del departamento de Áncash. Huaraz, a tres mil metros de altura, es la meca de los montañeros. Hay más de treinta cumbres superiores a los cinco mil y seis mil metros en un radio bastante abarcable. Como llegué muy temprano y bastante cansado, el primer día lo dormité en una calentita cama en el más que limpio Aldo's Guesthouse. Por la tarde salí a pasear por la ciudad, y diez minutos fueron suficientes para comprobar que ni la plaza de armas es bonita. Me sorprendió la cantidad de locales 'Tragamonedas' que hay, que funcionan casi todo el día. Aproveché también para consultar en varias agencias de turísticas presupuestos de trekkings. Esto último fue contraproducente, ya que todo lo que me ofrecían era muy seductor a la par que caro. Que si tres días de trekking por aquí, que si escalar una montaña de más de seis mil metros...nada apto para mi pobre presupuesto. Así que después de conversar con unas francesas de mi hostal decidí hacer un par de excursiones por mi cuenta; más barato, imposible.
El primer día a las seis de la mañana ya me encontraba apretujado en una pequeña combi camino de Yungay, un pueblecito donde debía tomar otro bus que me llevaría donde nace el sendero a la laguna 69. Sí, no me he equivocado, la laguna se llama y aún no sé por qué. Bueno, pues perdí el enlace de bus y tuve que esperar al siguiente. Y no hay mal que por bien no venga, ya que gracias a esta espera conocí un chaval muy majo que me ayudó a regatear el precio del siguiente tramo. Nos sentamos juntos y conversamos un buen rato. Era un chico la mar de simpático, pero el hedor que proferían sus axilas era digno de récord. De hecho, creo que yo (modestia a parte) era el único de ese bus no olía mal; o como mínimo, tan mal.
Volvamos al bus. Tras hablar un rato con este chico me dijo sorprendido que yo hablaba bien el español. Se quedó de cuadros al saber que venía de Barcelona. Más tarde me ayudó a agazaparme cuando la vigilante del parque de Huascarán subió al bus en búsqueda de turistas (que deben pagar 5 soles para entrar), y después me indicó donde debía apearme. Una vez en el camino, empecé a sudar tinta en pocos minutos. A más de cuatro mil metros cada paso cuenta por dos, ¡y más en subida! Por suerte, el paisaje que se ve por el camino es de postal, y no encontrarse a NADIE ayuda a sentirse a solas con la naturaleza. No soy nada amante de teorías zen o filonaturistas, pero cierto es que me encontré francamente bien en aquel inmenso valle. En 1hora 45' llegué a la ansiada Laguna 69, donde comprobé que tanto esfuerzo mereció la pena. El color turquesa del agua contrasta con las montañas marrones y la nieve perpetua que cubren los picos que la rodean, que se encuentran a más de 6.000 metros. Allí mismo comí gran parte de la cena del chifa que me había sobrado la noche anterior y alguna fruta, y como el frío apretaba emprendí bajo una tímida lluvia el regreso. Al volver al camino principal anduve unos kilómetros extra para observar dos lagunas más, las Llanganuco, que salen en todas las postales del Perú. Lamentablemente, como el día ya era totalmente gris, el color verdoso y azul transparente del agua brillaba por su ausencia. Cansado y muy sucio me senté al margen del camino a esperar a la primera combi que fuera hacia Yungay, y una vez allí volví a Huaraz.
El segundo día no me pude levantar tan temprano porque la excursión del día anterior me dejó KO. En esta ocasión, me dirigí a la laguna Churup. Busqué las combis que llevaban al pueblo más cercano, Llupa, y antes de dar con ellas metí una pierna entera en una cloaca. La parte positiva es que estaba vacía y no me manché. La negativa es que me salieron un par de moratones en el muslo y rompí un poco los pantalones. Ya en Llupa agarré el sendero no señalizado dirección a la laguna. El primer tramo discurre entre casas modestas de agricultores de la zona, que me recordaron a los pueblos de Galicia o el Bierzo de hace muchos años. La estampa parecía sacada de una película estilo La escopeta nacional, ya que me cruzaba a cada rato con ancianas ataviadas con sus ropas tradicionales y cargadas hasta las cejas de leña o hierbas, así como rebaños de ovejas o cerditos que campaban a sus anchas. En un prado vi a unos diez cerditos acabados de nacer y les tiré unas fotos. ¡En eso que llegó la dueña y me pidió unos cuantos soles por haber fotografiado a sus cerdos! Ante mi negativa, argumentó que si no le daba dinero, morirían. Le dije un par de improperios, y un poco más malhumorado que antes emprendí el camino hacia la laguna. El último tramo fue francamente duro. El sendero desaparece, hay que subir por escarpadas rocas y evitar charcos y riachuelos. Tuve que parar cada veinte metros, pues me faltaba el oxigeno en los pulmones. Y cuando ya casi estaba llegando: el plato fuerte del día. Una cascada preciosa se había comido el camino. Al final descubrí que se podía ascender por las rocas y que en algunos tramos habían colocado cables de acero para poder salvar las distancias. El problema principal es que las rocas están húmedas y en los peores casos mojadas, y cada resbalón puede suponer caer de una altura considerable. Finalmente hice este tramo rápido y sin mirar abajo, y a los pocos minutos pude contemplar la preciosidad de la laguna Churup. Arriba hacía frío, ya que había bancos de niebla y el viento era gélido, así que comí rápido y me puse de nuevo en marcha. La bajada por la cascada fue aún peor que la subida, y varios resbalones me propiciaron algún que otro costalazo contra las rocas. Por fortuna llegué entero al sendero y pude volver a caminar como el homo erectus hasta el pueblo. Pero faltaba una sorpresa final. Debido a la cantidad de comida variopinta que como por estas tierras (no puedo dejar de comprar todo lo que me ofrecen por la calle), mi barriga me dio un ultimátum y tuve que ofrecer parte de mi ser a la Pachamama, aunque no sé si le gustó el regalo. Un poquito más ligero llegué a Llupa, donde encontré rápidamente otra combi y volví dando trompicones hasta Huaraz. Y hasta aquí mis pobres aventuras en Huaraz. La próxima vez que vuelva por estos lares espero tener la cartera repleta de soles y hacer algún trekking o cima en condiciones.
Lo mejor de Huaraz
El enclave donde se encuentra situada
La multitud de excursiones para todos los bolsillos que se pueden hacer en un día (o varios)
Hay gran variedad de restaurantes peruanos y chifas a buen precio
Lo peor de Huaraz
No es una ciudad bonita
Hay demasiado buscavidas que se aprovechan de los gringos que vienen aquí
Hace mucho frío, sobre todo por la noche
Precios de Huaraz (1€=3,3 soles)
Una noche en Aldo’s Guesthouse: 15 soles
Combi a Yungay: 5 soles
Combi de Yungay al inicio del sendero de la Laguna 69: 10 soles (suelen cobrar más)
Entrada de un día al parque Huascarán: 5 soles
Menú completo de mediodía o noche: 6 soles
Cena en un chifa sin bebida: 7 soles
Combi hasta Llupa para visitar la laguna Churup: 3 soles
Bus de Huaraz a Lima: 35 soles (empresa Cial, 8 horas)
El Señor de Sipán
Al hostal llegué justo cuando amanecía, y conseguí una calurosa habitación individual por pocos soles. Salí de nuevo a la calle para observar el trajín matinal de la gente, que bien iba a su trabajo o los más pequeños a la escuela, y después de desayunar algo me dirigí a la cercana población de Lambayaque, donde está el museo del Señor del Sipán. Aunque la entrada era cara, me sorprendió un exposición de tanta calidad. Hay tantos objetos recuperados que se encontraron en la tumba de este gobernante del siglo III que se tarda un par de horas en hacer el recorrido. El plato fuerte es la vitrina en la que se pueden ver los restos momificados del Señor de Sipán, un personaje que en sus días de gloria era el mandamás de la zona (lamento dar una explicación tan plana, pero ni sé mucho de él ni me apetece demasiado explayarme. Para más info, la wikipedia). Y después de tanto esfuerzo intelectual (en este viaje mi cerebro trabaja a medio gas) me corté el pelo y comí de mil maravillas en un restaurante cercano. La tarde la dediqué a pasear por Chiclayo, donde pude ver unos colores de atardecer preciosos. Después de cenar me recluí de nuevo en el hostal, ya que a la mañana siguiente, bien temprano, cogía el bus hacia Trujillo, una de las ciudades coloniales más bonitas del Perú.
El colonialismo de Trujillo, Chan Chan y las Huacas de la Luna y el Sol
Tal y como llegué a Trujillo me instalé en el hospedaje El conde de Arce, a sólo dos calles de la Plaza de Armas. Durante todo el día deambulé sin rumbo fijo por la ciudad, observando las coloridas casas y los enormes ventanales que aún conservan numerosas mansiones coloniales del centro. También me paseé por el mercado central, donde degusté un menú delicioso por apenas 4 soles (algo más de un euro), y luego me retiré a descansar a la habitación. Volví a salir a la calle cuando ya era negra noche, y anduve de nuevo casi por las mismas calles, ya que iluminadas adquieren otro matiz. Acabé cenando en un chifa (restaurante chino) que resultó ser tan grotesco como bueno.
A la mañana siguiente tenía muchas cosas que hacer. Bueno, se reducían básicamente a dos: visitar las ruinas de Chan Chan y la Huaca de la Luna y la del Sol. Como casi siempre me muevo en transporte público y rara vez compro un pack de agencia (que te llevan de un lado a otro como un marqués a precio de conde), me las tuve que apañar para encontrar las combis que me llevaban a Chan Chan, donde llegué cuando aún no eran las 9 am y el sol ya abrasaba. Hice la visita guiada con una canadiense y dos italianos, y a pesar del calor que hacía disfruté recorriendo los laberínticos pasillos y salas delimitadas con paredes de barro de diferentes formas. Aunque sólo se puede ver una minúscula parte de lo que fue un palacio de la época de los Chimú, uno se hace a la idea de cómo sería la ciudad en pleno apogeo y también del trabajo inmenso que les queda a los arqueólogos. Pregunté si estaban avanzando en las excavaciones y me dijeron que sí, aunque durante toda la mañana no vi a ningún Indiana Jones trabajando en los muros.
Volví a Trujillo, donde comí de menú, y por la tarde me acerqué a la Huaca de la Luna y el Sol, que se encontraban en el extremo opuesto de la ciudad. Primero te hacen visitar un museo de nueva construcción que te ayuda a entender cómo vivían y qué valores tenían los Moche, una cultura posterior a los Chimú. Y más tarde puedes visitar los niveles superiores de la huaca de la Luna, una especie de pirámide de cinco niveles cubierta de tierra y polvo. Es impresionante observar las pinturas que se conservan perfectamente gracias a que la estructura fue cubierta de barro y polvo con el paso de los años. Pero tras la visita, desespera constatar que tal y como sucede en Chan Chan aún queda por hacer todo el trabajo de excavación y no ver a nadie manos a la obra. Cualquier arqueólogo firmaría para que le dejaran limpiar poco a poco las dos huacas (la del Sol no se ha excavado ni un nivel) y poder ser el primero en ver las pinturas intactas. Pero bueno, así es el Perú, un país que con excepción del Machu Picchu tiene restos arqueológicos de gran importancia aún por destapar, limpiar, museizar y mostrar. Una lástima.
Lo mejor de Chiclayo (1€=3,3 Soles)
El Museo del Señor del Sipán
Lo peor de Chiclayo
La ciudad es ruidosa, caótica y fea
No hay nada que hacer en ella una vez se ha visitado el museo del Señor de Sipán
Precios de Chiclayo
Una noche de hostal:20 Soles
Menú:4,5 Soles
Bus a Lambayaque:1,5 Soles
Entrada al museo del Señor del Sipán:10 Soles
Corte de pelo con máquina: 3 Soles
Lo mejor de Trujillo
Pasear por el centro, tanto de día como de noche, y apreciar las magníficas fachadas de las casas coloniales
La ciudad de Chan Chan y la Huaca de la Luna (y la del Sol, cuando la empiecen a excavar)
Sus zapatos (tienen fama) y el dulce King Kong
Lo peor de Trujillo
Más allá del centro la ciudad no tiene interés alguno
Los mosquitos
Precios de Trujillo (1€=3,3 soles)
Una noche en el hostal ‘El conde de arce’: 20 soles
Un dulce King Kong pequeño: 1 sol
Un menú completo en el mercado: 6 soles
Bus a Chan Chan: 1,2 soles
Entrada al Museo de Sitio de Chan Chan y al Palacio de barro: 10 soles
Bus a Huaca de la Luna: 1,2 soles
Entrada al Museo y a la Huaca de la Luna: 10 soles
Cenar en un chifa con bebida: 7,5 soles
Bus de Trujillo a Huaraz: 30 soles (empresa Línea, 9 horas)
En busca de las lagunas de Huaraz
Y después de playa, arquitectura colonial y restos arqueológicos tocaba hacer montaña de nuevo. ¡Y qué montaña! Para tal fin me dirigí a Huaraz, la capital del departamento de Áncash. Huaraz, a tres mil metros de altura, es la meca de los montañeros. Hay más de treinta cumbres superiores a los cinco mil y seis mil metros en un radio bastante abarcable. Como llegué muy temprano y bastante cansado, el primer día lo dormité en una calentita cama en el más que limpio Aldo's Guesthouse. Por la tarde salí a pasear por la ciudad, y diez minutos fueron suficientes para comprobar que ni la plaza de armas es bonita. Me sorprendió la cantidad de locales 'Tragamonedas' que hay, que funcionan casi todo el día. Aproveché también para consultar en varias agencias de turísticas presupuestos de trekkings. Esto último fue contraproducente, ya que todo lo que me ofrecían era muy seductor a la par que caro. Que si tres días de trekking por aquí, que si escalar una montaña de más de seis mil metros...nada apto para mi pobre presupuesto. Así que después de conversar con unas francesas de mi hostal decidí hacer un par de excursiones por mi cuenta; más barato, imposible.
El primer día a las seis de la mañana ya me encontraba apretujado en una pequeña combi camino de Yungay, un pueblecito donde debía tomar otro bus que me llevaría donde nace el sendero a la laguna 69. Sí, no me he equivocado, la laguna se llama y aún no sé por qué. Bueno, pues perdí el enlace de bus y tuve que esperar al siguiente. Y no hay mal que por bien no venga, ya que gracias a esta espera conocí un chaval muy majo que me ayudó a regatear el precio del siguiente tramo. Nos sentamos juntos y conversamos un buen rato. Era un chico la mar de simpático, pero el hedor que proferían sus axilas era digno de récord. De hecho, creo que yo (modestia a parte) era el único de ese bus no olía mal; o como mínimo, tan mal.
Volvamos al bus. Tras hablar un rato con este chico me dijo sorprendido que yo hablaba bien el español. Se quedó de cuadros al saber que venía de Barcelona. Más tarde me ayudó a agazaparme cuando la vigilante del parque de Huascarán subió al bus en búsqueda de turistas (que deben pagar 5 soles para entrar), y después me indicó donde debía apearme. Una vez en el camino, empecé a sudar tinta en pocos minutos. A más de cuatro mil metros cada paso cuenta por dos, ¡y más en subida! Por suerte, el paisaje que se ve por el camino es de postal, y no encontrarse a NADIE ayuda a sentirse a solas con la naturaleza. No soy nada amante de teorías zen o filonaturistas, pero cierto es que me encontré francamente bien en aquel inmenso valle. En 1hora 45' llegué a la ansiada Laguna 69, donde comprobé que tanto esfuerzo mereció la pena. El color turquesa del agua contrasta con las montañas marrones y la nieve perpetua que cubren los picos que la rodean, que se encuentran a más de 6.000 metros. Allí mismo comí gran parte de la cena del chifa que me había sobrado la noche anterior y alguna fruta, y como el frío apretaba emprendí bajo una tímida lluvia el regreso. Al volver al camino principal anduve unos kilómetros extra para observar dos lagunas más, las Llanganuco, que salen en todas las postales del Perú. Lamentablemente, como el día ya era totalmente gris, el color verdoso y azul transparente del agua brillaba por su ausencia. Cansado y muy sucio me senté al margen del camino a esperar a la primera combi que fuera hacia Yungay, y una vez allí volví a Huaraz.
El segundo día no me pude levantar tan temprano porque la excursión del día anterior me dejó KO. En esta ocasión, me dirigí a la laguna Churup. Busqué las combis que llevaban al pueblo más cercano, Llupa, y antes de dar con ellas metí una pierna entera en una cloaca. La parte positiva es que estaba vacía y no me manché. La negativa es que me salieron un par de moratones en el muslo y rompí un poco los pantalones. Ya en Llupa agarré el sendero no señalizado dirección a la laguna. El primer tramo discurre entre casas modestas de agricultores de la zona, que me recordaron a los pueblos de Galicia o el Bierzo de hace muchos años. La estampa parecía sacada de una película estilo La escopeta nacional, ya que me cruzaba a cada rato con ancianas ataviadas con sus ropas tradicionales y cargadas hasta las cejas de leña o hierbas, así como rebaños de ovejas o cerditos que campaban a sus anchas. En un prado vi a unos diez cerditos acabados de nacer y les tiré unas fotos. ¡En eso que llegó la dueña y me pidió unos cuantos soles por haber fotografiado a sus cerdos! Ante mi negativa, argumentó que si no le daba dinero, morirían. Le dije un par de improperios, y un poco más malhumorado que antes emprendí el camino hacia la laguna. El último tramo fue francamente duro. El sendero desaparece, hay que subir por escarpadas rocas y evitar charcos y riachuelos. Tuve que parar cada veinte metros, pues me faltaba el oxigeno en los pulmones. Y cuando ya casi estaba llegando: el plato fuerte del día. Una cascada preciosa se había comido el camino. Al final descubrí que se podía ascender por las rocas y que en algunos tramos habían colocado cables de acero para poder salvar las distancias. El problema principal es que las rocas están húmedas y en los peores casos mojadas, y cada resbalón puede suponer caer de una altura considerable. Finalmente hice este tramo rápido y sin mirar abajo, y a los pocos minutos pude contemplar la preciosidad de la laguna Churup. Arriba hacía frío, ya que había bancos de niebla y el viento era gélido, así que comí rápido y me puse de nuevo en marcha. La bajada por la cascada fue aún peor que la subida, y varios resbalones me propiciaron algún que otro costalazo contra las rocas. Por fortuna llegué entero al sendero y pude volver a caminar como el homo erectus hasta el pueblo. Pero faltaba una sorpresa final. Debido a la cantidad de comida variopinta que como por estas tierras (no puedo dejar de comprar todo lo que me ofrecen por la calle), mi barriga me dio un ultimátum y tuve que ofrecer parte de mi ser a la Pachamama, aunque no sé si le gustó el regalo. Un poquito más ligero llegué a Llupa, donde encontré rápidamente otra combi y volví dando trompicones hasta Huaraz. Y hasta aquí mis pobres aventuras en Huaraz. La próxima vez que vuelva por estos lares espero tener la cartera repleta de soles y hacer algún trekking o cima en condiciones.
Lo mejor de Huaraz
El enclave donde se encuentra situada
La multitud de excursiones para todos los bolsillos que se pueden hacer en un día (o varios)
Hay gran variedad de restaurantes peruanos y chifas a buen precio
Lo peor de Huaraz
No es una ciudad bonita
Hay demasiado buscavidas que se aprovechan de los gringos que vienen aquí
Hace mucho frío, sobre todo por la noche
Precios de Huaraz (1€=3,3 soles)
Una noche en Aldo’s Guesthouse: 15 soles
Combi a Yungay: 5 soles
Combi de Yungay al inicio del sendero de la Laguna 69: 10 soles (suelen cobrar más)
Entrada de un día al parque Huascarán: 5 soles
Menú completo de mediodía o noche: 6 soles
Cena en un chifa sin bebida: 7 soles
Combi hasta Llupa para visitar la laguna Churup: 3 soles
Bus de Huaraz a Lima: 35 soles (empresa Cial, 8 horas)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)







