Es la sensación permanente que se tiene en Brasil, como mínimo en las regiones del Amazonas y para lo que el transporte se refiere. Salir de Alter do Chão fue, en cambio, fácil y certero: un bus pasó puntual a las 8:30 horas por la calle principal del pueblo. No me importó el olor a pescado que reinaba en su interior – traían decenas de peces en bolsas de plástico desde Santarém-; me confortó el hecho de saberme en el buen camino –el puerto- y a buena hora. Dejaba atrás un lugar especial y relajante donde se para el tiempo; un pueblo que te permite observar jugar a los niños en la plaza mientras tomas una cerveza fría minutos después de pegarte un chapuzón en el río. Evidentemente, empecé a arrepentirme de mi marcha apresurada cuando aún no había salido del pueblo. Pero Bélem y la Isla de Marajó me esperan, y tengo que estar en São Luis el sábado, que es cuando llega Guillem.
En el bus pescadería conocí a dos hermanos fuertes, altos y rubios: Tobías y Andreas. Son buena gente, como casi todos los suecos que he conocido. Su viaje sí que es una hazaña: su físico desentona en estas latitudes como unos calcetines blancos en unos zapatos negros (amén de Michael Jackson) y además apenas chapurrean español ni portugués. Y también conocí a Diego y Amaya, una simpática pareja de Logroño que llevan viajando 9 meses por todo el mundo (autores del blog losviajesdelcangrejo.wordpress.com). Volviendo a la incertidumbre, quería llegar tan pronto al puerto porque me habían dicho diferentes vecinos de Alter que el sábado había dos barcos para Bélem. Me dijeron que al mediodía salía uno y otro por la tarde; otro vecino que los dos por la tarde; la dueña del hostal, que sólo salía uno; y una cuarta fuente apuntaba que el sábado no había barcos. Haciendo una media, tenía muchas probabilidades de que encontrara barco. Y así fue. El pequeño problema que deriva de esta incertidumbre es que sólo partía un barco a las nueve de la noche, doce horas más tarde de que llegáramos a puerto. Todos los vendedores nos pedían 100 RS (algo menos de 50€) por el trayecto, la cual cosa me pareció bien, teniendo en cuenta que entre Santarém Bélem hay cerca de 1.500 kilómetros que se cubren en 48 horas, pero Amaia y Diego los sacaron por 90 RS.
A mediodía nos dejaron subir al barco para colocar las hamacas y bolsas, que atamos a unas columnas y cerramos con candados, y nos fuimos los cinco al mercado de fruta de Santarém. Allí comimos un plato del día buenísimo -por fin probé el pescado- por 5 RS (2,5€) y compramos fruta para el viaje (dos piñas, 0,5 €). Era el primer gran mercado que visitaba, y disfruté paseando entre pilas enormes de plátanos; melones; piñas y otras frutas tropicales. Deambulamos por el pueblo bajo un sol de justicia y antes de volver al puerto tomamos un refresco en un bar cutre, como todos por estos lares, donde unos hombres panzudos y a torso desnudo jugaban a billar. A las seis de la tarde ya estábamos en la hamaca, cruzando los dedos para que saliera a esa hora el barco, tal y como indicaba el billete, o a más tardar a las 20 horas, que fue lo que nos dijo un tripulante. No obstante, son más de las 23 horas y me encuentro aún en el puerto. El motivo: la ya familiar incertidumbre. En estos precisos instantes estoy escribiendo este post que publicaré cuando llegue a Bélem desde el tercer piso del barco, mientras un ejército de chicos fornidos y sudorosos carga a destajo camión tras camión. El ruido que hago al teclear queda enmudecido al compás que cajas, objetos y ahora papel de váter entran en los camiones y lo llenan hasta los topes. Entre carga y carga los chicos beben agua, hacen bromas y escuchan música estridente de sus móviles. Espero que estén bien pagados, puesto que el ritmo de trabajo que llevan no lo podrán alargar muchos años. Me temo, sin embargo, que son esclavos del siglo XXI en un país que presume de progreso.
Pd. El trayecto finalmente duró 54 horas, durante el cual me dio tiempo de leer un libro en inglés que me dejó Amaya (Echo Park); pasear por cubierta; charlar y sobre todo dormitar en la hamaca. También aproveché una parada en la que suben al barco multitud de vendedores para probar el picolé, una especie de sorbete de helado de diferentes gustos. Elegí morango (fresa), y estaba muy bueno.
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27 septiembre 2011
Incertidumbre
Ubicació:
Belém - Pará, Brasil
23 septiembre 2011
¿A Santarém en un santiamén?
No precisamente. El viaje en barco desde Manaos a Santarem me apetecía mucho. Se trataba de convivir con locales en un ferry que baja despacio el Amazonas durante más de...30 horas! El lunes compré el billete en la garita del puerto de Manaos, aunque sé que en la calle los revenden más baratos -sin garantías-. Y después despedirme de Balark y Tulio, los chicos que me hospedaron gentilmente en su casa durante más de cinco días, el martes temprano me planté en taxi en el puerto. El taxista, timador nato, ya me dejó en el mercado del puerto y no delante de la terminal de salida, donde yo le indiqué. ¿La causa? Pues que desde allí salían unas lanchas pequeñas que te cobran unos 10 euros para llevarte al puerto, que estaba 20 metros, e imagino que dicho sujeto cobra comisión. Evidentemente los mandé a paseo y me fui andando al muelle donde decenas de barcos coloridos (que parecen más las Golondrinas que no ferrys de transporte) aguardaban a salir. No eran ni las 7 de la mañana que ya había colgado mi hamaca en la segunda planta del barco. No recomiendan que la pongas en el piso de arriba porque la música del bar es ensordecedora ni tampoco en la planta baja, donde está el motor. A las 8, puntuales, salimos de puerto, pero cual fue mi sorpresa al ver como el barco se desplazaba sólo 20 metros y atracaba en el muelle donde estaban los lancheros timadores. Empezó a subir gente: hombres y mujeres solos; familias enteras; madres solas con hijos y gente mayor. Las hamacas proliferaron y pasé de estar cómodo a sentirme una sardina. Tuvimos que esperar hasta las 13 horas para salir oficialmente de Manaos.
Cerca de Manaos hay el encuentro de las aguas -Solimões y río Negro-, aunque tengo que reconocer que no lo pude apreciar bien. Y pasada está desilusión...monotonía. Horas y horas de un mismo paisaje, un Amazonas inmenso por el que nos cruzábamos barquitas insignificantes de pescadores y también barcos de carga gigantes. Durante el trayecto poca cosa se puede hacer excepto leer; descansar en la hamaca; hablar con pasajeros y mirar la foto fija que es el paisaje.
Hicimos sólo tres cortas paradas, y en una de ellas subieron unos diez policías federales (con armas, guantes y perro reglamentario) para inspeccionar el buque. Todo el mundo se tuvo que apartar de sus maletas y tras media hora de revisión nos dejaron proseguir. Llegamos a Santarem ya de noche, cuando el reloj marcaba las 22:30 hora local (una hora más que Manaos y cinco menos que España), y cuando hacía casi 40 horas que servidor deambulaba por el barco. Por suerte conocí un grupo de alemanes que querían ir esa misma noche a un pequeño pueblo de pescadores que se encuentra en la costa del Amazonas: Alter do Chão. Después de mucho regateo cogimos dos taxis e hicimos a toda velocidad los 36 kilómetros que nos separaban de Santarem. 35 grados y 90% de humedad a esas horas no está mal, ¿verdad? Llegamos a un hostal en el que no había ningún responsable, sólo tres colombianos y una alemana que estaban bebiendo caipiriñas. Me senté con ellos y me invitaron a cerveza. Estuvimos hablando largo y tendido. Disfruté mucho de su compañía, su sentido del humor y su generosidad. Se trata de un grupo de tres amigos que están dando la vuelta por Sudamérica en cien días. La alemana, por su parte, se les unió en Tabatinga.
Pasada la meda noche, exhausto, planté mi hamaca y me fui a dormir. Al día siguiente fuimos los cuatro a la playa que hay en la Isla del Amor, un islote que sólo tiene arena unos meses al año y que está a unos 15 metros de la costa. Las barquitas te cruzan el estrecho por 1,5 euros, pero nosotros preferimos ponernos la mochila en la cabeza y cruzar a nado. Tuvimos que arrastrar los pies en vez de andar ya que según cuentan hay rayas en el lecho del río. Pasamos el día tumbados al sol y refrescándonos con la tibia agua del Amazonas. El paraje es simplemente espectacular. Tengo la impresión, no obstante, que aunque ahora haya aún pocos turistas en diez años esto será Lloret.
Comimos un menú generoso por 4 euros en una cantina y dormimos la siesta en la playa. Por la tarde subimos a un cerro que hay en medio de la isla, desde donde se divisa la inmensidad del Amazonas, y más tarde contemplamos desde el agua uno de los mejores atardeceres que recuerdo.
La mañana de hoy viernes los cuatro amigos se han ido hacia Belem, destino al que iré yo mañana. Prefería quedarme un día más de relax en este bonito rincón antes de partir hacia el Atlántico. Tal vez los encuentre el domingo en el nuevo hostal. El día se plantea caribeño: andar pesado bajo el sol camino de la playa, zumos de frutas tropicales y lectura. Ahora es momento de disfrutar, mañana ya tocará pasarme otras cuarenta horas en un barco.
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Ubicació:
Pará, Brasil
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