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25 febrero 2012

Carnaval carioca

Poder hacer un largo viaje durante un año sabático es todo un lujo, pero para alargarlo y alcanzar a visitar muchos lugares es necesario dormir a menudo en pocilgas, viajar de pie durante horas y en los autobuses más baratos o comer en los mercados. Después de algo más de cinco meses fuera de casa decidí regalarme un carnaval en Río de Janeiro, una idea que la iba arrastrando desde que visité la ciudad allá por el mes de noviembre.Tras recorrer toda América en bus me daba el lujo de coger un avión que me llevaría desde la capital económica de Bolivia, Santa Cruz de la Sierra, hasta la capital económica de Brasil, São Paulo. El contraste entre ambas ciudades no puede ser mayor. Aunque Santa Cruz sea la ciudad más desarrollada de Bolivia, nada tiene que ver este humilde, bonito pero aún retrasadísimo país con la ciudad más poblada, potente y con mayores desigualdades del cono sur, São Paulo.

Llegué de madrugada al aeropuerto paulistano de Guarulhos, y de allí enlacé a la mayor estación de autobuses de Latino-américa, Tietê, para tomar un bus que me llevaría a Río de Janeiro. Mi primera sorpresa fue que al pisar la estación me dijeron que no quedaba ninguna plaza libre para todo el día (eran las 6 de la mañana) y que sólo quedaba una para un bus que partía al día siguiente a las 9 horas. Y eso que muchas empresas enlazan ambas ciudades cada cinco minutos. Este contratiempo me obligó a pasar más de 26 horas en la estación de buses, que durante todo el día estuvo abarrotada de gente que salía y llegaba a la ciudad. Por suerte Tietê está muy cerca del centro, así que me escapé un par de veces a recorrer esta mole de hormigón que es São Paulo. Comí en Liberdade, un gigante chinatown brasileño, y paseé algo por el gris y transitado centro. Más tarde volví a salir de la estación para cenar en un bar sucio pero barato y muy próximo a la estación.

Al día siguiente pude finalmente llegar a Río, aunque con retraso, y tal y como dejé las maletas en casa de Aline y Emerson (los amigos de Pau que me alquilaron una habitación en Ipanema) salí de parranda. La ciudad estaba tomada por miles de personas que disfrazadas o no cantaban y hacían bromas por la calle. La plaza de General Osorio era un hormiguero, y las caipirinhas y cervezas hacían mella hacía horas en la mayoría de transeúntes.

Los días que estuve en Río no apunté nada en mi agenda diaria, pero hice más o menos lo mismo: levantarme tarde, salir a comer y encadenar bloco tras bloco desde primera hora de la tarde hasta bien entrada la madrugada. A pesar de los intentos para que aprenda a bailar samba, aún me siento un pato. Tengo muy claro que para sambar y sentir la música como los brasileños no es preciso apuntarse a ningún curso, hace falta nacer aquí. Durante esta semana nos juntamos gente muy maja, amigos de Pau y conocidos que hice cuando estuve en noviembre. Una noche pude ir con un pase de prensa al Sambódromo, donde aluciné pepinillos. En esta infraestructura que se asemeja a la recta de Montmeló, las 13 mejores escuelas de samba de la ciudad desfilan durante dos noches para competir por el título que las consagra como la mejor del año. Si tenemos en cuenta que cada escuela de primera la componen más de tres mil personas y unas ocho carrozas gigantes, uno ya se puede hacer una idea de la envergadura del evento. Cada persona va disfrazada hasta el menor detalle, dependiendo de la comparsa que forme dentro de su escuela. Las carrozas son de un tamaño descomunal, y reproducen minuciosamente los objetos o ideas que representan. Hay que tener mucha imaginación y habilidad para poder diseñar tanto los vestidos como las carrozas, y hay que tener sangre brasileña para poder mover el cuerpo durante todo el desfile, ya que cada escuela compite durante más de una hora. Gracias a la acreditación de periodista (suplanté a un compañero de Pau que en la foto se le veía una buena mata de pelo en la cabeza; viva los controles de seguridad del sambódromo) pude moverme como pez en el agua por la zona donde las escuelas ingresaban a la recta diseñada por Niemeyer y observar de cerca las mulatas (y mulatos) que escasos de ropa y con cuerpos de infarto ensayaban movimientos para poder seducir minutos después al jurado. Me dio un poco de lástima que tras las verjas que rodean el estadio centenares de cariocas sin recursos económicos se agolparan para poder ver de lejos como una minoría de compatriotas se lo pasaban en grande. Cada show es muy largo, así que tras ver un par de escuelas y de saciarnos de observar a mulatas y mulatos nos retiramos a casa, alucinados por el espectáculo que acabábamos de presenciar.

Pero el carnaval en Brasil no sólo es el sambódromo, sino sobre todo los blocos de diferentes escuelas que tocan y desfilan gratuitamente por multitud de calles y barrios. Los días siguientes volvimos a pasear por Lapa, Copacabana, Flamengo, Botafogo etc y a mezclarnos caipirinha en mano con los cariocas y otros turistas a ritmo de samba y forró (un tipo de baile tan sexual que en Europa estaría prohibido).

Todo lo bueno es efímero, y el carnaval de Río no fue una excepción. Se acabó la buena vida, y en estos momentos estoy de nuevo en Bolivia, un país lleno de preciosos paisajes pero donde desgraciadamente no hay brasileños. Ahora me toca asimilar todo lo que he visto y vivido en Río y rezar para que me llegue una oferta de trabajo de la Cidade maravillosa. Hasta entonces continuaré mi viajé rumbo a Perú.


Audio:
Salgueiro*

Mi escuela de samba favorita, a la que vi ensayar en noviembre y que en el carnaval quedó en segunda posición. Esta es la canción que han usado este año.

26 noviembre 2011

Conclusiones de Brasil

Después de algo más de dos meses recorriendo de norte a sur el país, creo que he aprendido algunas cosas sobre Brasil. La primera es coincidir plenamente con Tom Jobim, quien muy astutamente decía: “Brasil no es para principiantes”. Este es un gran país en todos los sentidos. Su tamaño da escalofríos. Siempre que subes a un bus sabes que te esperarán una media de 18 horas de viaje. Tantos kilómetros cuadrados dan para que dentro de una misma frontera haya paisajes rurales, urbanos y sociales bien distintos. En Brasil hay selva; desiertos; grandes pantanales; playas kilométricas desiertas y llanuras. Climas diferentes y hasta tres husos horarios. También cohabitan diferentes razas, desde las amerindias de estados como Amazonas o Rondonia a las más arias y europeas del sur. En la costa, sobre todo a la altura de Salvador de Bahía, hay negros africanos, y los mulatos se distribuyen por doquier. Recién leí que Brasil es el país con más negros del mundo tras Nigeria y con más japoneses después de Japón. Ahí es nada.

El brasileño medio es simpático y buena gente, como el resto de mortales. Me he encontrado a muchos que se han desvivido por ayudarme a encontrar un sitio o para indicarme una parada de autobús. Pero también me he cruzado con muchos otros que ni me han mirado o que han pasado de mí al ver que era gringo. Aunque para ser justos, creo que abunda más la primera clase que la segunda.


Lo que me ha quedado claro es que todos llevan en los genes dos cosas: ritmo y jeitinho. El ritmo, que se puede sentir en cada rincón del país, parece que es mucho más natural entre los descendientes de africanos y mulatos, pero lo del jeitinho es transversal. El jeitinho se podría traducir como “jeta” en el buen sentido de la palabra. Es la manera de salvar situaciones complicadas, embarazosas; es una manera de afrontar la vida. Hay jeitinhos agradables y loables, y otros que pueden crispar a un occidental acostumbrado a no salirse de la línea. El jeitinho llevado al extremo se puede confundir con corrupción. O lo que es lo mismo, que ellos, los brasileños, confundan algunas corruptelas con tener jeitinho.

También me ha parecido que es una sociedad bastante patriota; todos se declaran brasileños, sin fisuras. Pero aunque a priori formen una cultura inclusiva, aún hay racismo. Los blancos siguen ocupando, generalmente, los puestos de poder. Viven en lujosos barrios y tienen acceso a una educación y sanidad de calidad (privada). Y la mayoría de negros o mulatos, en cambio, están casi siempre dotados de cuerpos perfectos y sentido del ritmo pero ocupan casi siempre la franja más baja de la pirámide. No quiero que se me malinterprete: en Brasil no hay ningún apartheid, pero si tuviera que hacer un análisis chapucero sin estadísticas y con la percepción como único argumento, esto es lo que diría.

De los brasileños me ha encantado su actitud alegre ante la vida a pesar de sufrir problemas graves, sus ganas de progreso y su buen humor. También la variedad racial, la forma de hablar y la intensa manera con la que viven la música (en especial el carnaval) y el futbol. Y del país, me ha seducido el gran contraste de paisajes y climas, así como la gran variedad de frutas (y zumos) que hay. Respecto a la economía, aquí las cifras no engañan. Brasil es una auténtica locomotora que está creciendo con una fuerza incontrolable. Todos los sectores están en auge, y no es nada extraño encontrar europeos (sobre todo españoles, y más en concreto arquitectos) que han elegido el país como salida a la crisis. Lula, heredero de las reformas de Cardoso, ha situado el país en el mapa del mundo, lo ha colocado en el tablero de juego, y ha devuelto (o dado por primera vez) autoestima a los brasileños. Es una incógnita aún saber si tanta fuerza e inversiones acabarán dando sus frutos o si la corrupción y la falta de trabajadores cualificados convertirán este auge en un bluf.

Dejo Brasil con mucha saudade, pero con una idea en la cabeza que antes ni existía: no sería nada desorbitado que se convierta en mi hogar en un futuro cercano. Motivos y ganas para que eso ocurra, sobran.

21 noviembre 2011

Florianopolis, Santa Caterina (¿Europa?)

Subí a un lujoso autobús de la compañía Itaperimim un martes gris al mediodía en la ciudad más emblemática de Brasil, Rio de Janeiro, y bajé de él a la mañana siguiente en otra ciudad que aunque está dentro del país no parece en absoluto brasileña, Florianopolis. Floripa, como la llaman los locales, es la capital de uno de los estados más meridionales del país, Santa Caterina, y por ende de los más desarrollados. La mitad de esta ciudad está en la parte continental, y la otra mitad en una isla conectada por dos puentes. La isla de Santa Caterina tiene unos 50 kilómetros de largo por unos 18 de largo, y orográficamente se parece bastante a la isla de Lost (Perdidos). Hay montañas boscosas; lagunas; playas desiertas y gente con mucho dinero.

La primera noche me alojé en el youth hostel del centro y paseé por la apacible ciudad. Los parterres están cuidados; la gente hace cola ordenadamente; no hay papeles por el suelo, ni mendigos; tampoco hay contaminación acústica y parece que todos los ciudadanos lleguen sobradamente a final de mes. Es otra ciudad estilo El Show de Truman. Apenas hay variedad racial, y es que en el sur es donde más brasileños blancos hay de todo el país, descendientes de alemanes, holandeses, italianos y portugueses.

Después de desayunar en el mercado municipal tomé un autobús y me fui a pasear por algunas playas. La primera, la Mole, estaba plagada de jóvenes guaperas. Ellos, con los clásicos tatuajes tribales por toda la piel quemada y músculos de gimnasio. Ellas, también con un cáncer de piel avanzado, gafas grandes pero tangas minimalistas. Huí rápidamente de los chiringuitos donde abundaban estas Barbies y Kens y me dirigí hasta la siguiente playa, la de Galheta. Las pocas personas que me crucé eran todos chicos que iban cogidos de la mano. Aunque no había culos ni pechos que apreciar, me encantó pasear solo y tener como única tarea observar el mar, mucho más bravo, limpio y azul que el Mediterráneo.

Los dos siguientes días me alojé en casa de un extrovertido y viajado portugués que conocí en Couchsurfing. Tiago vive en una casa con siete portugueses más que están haciendo un especie de Erasmus en la universidad de Florianopolis. Me acogieron muy bien, y hasta me llevaron a una fiesta-barbacoa de unos amigos suyos. Con ellos pude comprobar que para los hispanohablantes es mucho más fácil de entender el portugués de Brasil que el de Portugal, y me tocó ruborizarme y disculparme varias veces por no haber pisado aún la tierra de Pessoa. Aproveché los días para visitar otras partes de la isla, básicamente playas solitarias. En Santa Caterina puedes ver, si tienes suerte, tortugas y ballenas. Yo, en cambio, sólo vi surfistas. Algo es algo.

Esta región, y en concreto la isla y la ciudad de Florianopolis, me pareció un buen lugar donde venir a descansar unos días con la pareja y familia o donde disfrutar de un retiro dorado. Es tranquila, segura, limpia y bonita; pero no es el Brasil que venía buscando y que sí encontré en el norte. Conocer un poco la parte sur del país me ha servido para confirmar lo que había leído y me habían dicho: Brasil no es un solo país, sino varios. Personalmente me quedo con su ecuador: donde hay samba y color; donde hay mestizaje y ruidos; donde hay movimiento y variedad. Y ese punto es Rio de Janeiro.


Lo mejor de Florianopolis:
Es una zona segura. No se sale con miedo a la calle
No hay desigualdades ni se ve miseria
Los paisajes son bonitos, y la calidad de vida muy alta
Sus kilómetros de playa, muchos de ellos vírgenes
Ideal para los amantes del surf
Bien conectada y con buenos transportes públicos

Lo peor de Florianopolis:
La poca variedad entre la población, tanto de raza como de clase social
No hay tanta vida por la calle, ni música ni vendedores ambulantes como en el Norte
Es una ciudad / zona cara
Clima más temperado que en el norte


Precios de Florianopolis (1€=2,4 Rs)
Un croissant: 2,5 Rs
Un zumo de naranja natural: 2 Rs
Una noche de hostal: 34 Rs
Un billete sencillo de autobús: 2,9 Rs
Una hora de internet: 4 Rs

14 noviembre 2011

La ciudad maravillosa

Nunca me apasionaron estos adjetivos pomposos que se dedican a algunas ciudades, parques naturales o incluso personas, pero en el caso de Rio de Janeiro creo que se queda corto. Después de más de dos meses recorriendo Brasil, Rio es el lugar donde me he quedado más tiempo (2 semanas). No tengo un motivo que explique por qué día tras día le decía al casero de la pousada Villa Alice “ainda não sei cuando vou embora” (aún no sé cuando me marcho), sino muchos motivos.

Llegamos a Rio procedentes de São Paulo, un exceso urbanístico que está en las antípodas de la ciudad del Corcovado. Nada más poner los pies en la estación de autobuses tomamos un taxi; era negra noche y llovía. Nos dirigimos al hostal, situado en el bohemio barrio de Santa Teresa, donde vive mi amigo y ex compañero de beca Pau. Hacía mucho que no lo veía, pero me parece que no han cambiado grandes cosas en él: fútbol, mujeres y un amor-odio por Brasil siguen siendo sus pilares vitales. Por fortuna tiene trabajo, y mucho más espero que le caiga en los próximos meses. Antes de contar qué hemos hecho en la ciudad me gustaría agradecerle públicamente todos y cada uno de los detalles que ha tenido con nosotros, que han sido muchos: desde llevarnos a todos los sitios interesantes de la ciudad; presentarnos a sus amigos; dejarnos dinero; tarjetas de metro; ropa o toallas hasta invitarnos a cualquier cosa. Pau, gràcies per la teva generositat.

En Rio de Janeiro hemos hecho de todo, desde el turista en chanclas que sube al Pan de Azúcar al vecino de barrio que va a comprar al mercado, pasando por el carioca que sale un sábado a una escuela de samba para ver los preparativos del Carnaval.

Los puntos más turísticos de Rio merecen ser visitados. Impresiona la vista de 360º que se tiene desde el Corcovado (y comprobar hasta donde llega la estupidez de los guiris, tomándose todos la misma foto) así como subir al carísimo Pão de Açucar para apreciar como la ciudad se ilumina cuando cae el anochecer. Pasear por Ipanema y Copacabana también es imprescindible. Mulatas culonas comparten metros de arena con gays musculosos y familias que meriendan estirados como emperadores sus toallas. Los surfistas sirven de decorado perfecto para los anuncios que se graban en uno de los puntos más famosos del mundo, mientras las parejas, ajenas a todos ellos, van al peñón del Arpoador (que separa Ipanema de Copacabana) para contemplar, cogidos de la mano, la puesta de sol.

También es interesante pasear por barrios residenciales, como Botafogo, Flamengo o Humaità, y comprobar como vive el carioca de clase media. La zona centro es un hervidero los días de entre semana, cuando se llena de hombres y mujeres de negocios que con prisas intentan esquivar a los mendigos que pedigüeñan por la calle. De noche, sin embargo, conviene ver el barrio desde la ventana de un taxi. Lapa es un mundo a parte. Este barrio, conocido por unos grandes arcos blancos por donde pasaba primero el agua que llegaba a la ciudad y después el tranvía, es la zona de fiesta por excelencia. Todos los días de la semana se llena de jovenes con ganas de marcha. Y el fin de semana, es tanta la gente que se da cita en este lugar que tienen que cortar las calles, tomadas literalmente por grupos de amigos que bailan y vendedores ambulantes de caipirinhas.

A parte de hacer vida en estos lugares imprescindibles de Rio, también visitamos la otra gran realidad (y conocida siempre sólo por la prensa) que son las favelas. Primero vimos las que conforman el Complexo do Alemão a vista de teleférico (ver fotos álbum de fotos del Picassa, a la derecha de este blog), un mar de casuchas de obra vista mal puestas que ocupan todos los metros cuadrados de los 'morros' cercanos a Rio. Pero no sólo hay favelas en las afueras de la ciudad, el mismo Rio está lleno de estas barriadas humildes. Nos adentramos en una que pacificaron hace un par de años, Santa Marta, y pudimos callejear con una guía turística amiga de Pau y un vecino de la zona. Es escalofriante constatar la penosa condición de vida que tienen los vecinos de estos inhabitables barrios que apenas distan unos metros de confortables barriadas como Botafogo. En Santa Marta, donde Michael Jackson grabó parte de su videoclip They don't care about us, pudimos charlar con vecinos, observar como los niños corrían felices por las laberínticas callejuelas que separan en apenas un metro las casas y comer fantásticamente bien en un bar minúsculo. A toro pasado, creo que nadie puede decir que ha visto Rio de Janeiro si sólo pasea por sus playas y sube al Corcovado; para entender su realidad es preciso también adentrarse en una favela. Como también es imprescindible salir de fiesta a una escuela de samba o a un club de funky, donde las mujeres clavan su generoso culo en las partes nobles de los chicos, que con una sonrisa en los labios intentan seguir el ritmo acompasado de la pareja de baile.

Pero la ciudad de Rio de Janeiro no es preciosa sólo por tener una orografía mágica, unas playas espectaculares o unos monumentos con vistas privilegiadas. Lo es también por la variedad de barrios que la conforman y por el pintoresco personal que la habita. Rio de Janeiro es el Corcovado; el Maracaná, la samba; los mendigos; Ipanema; los restaurantes de lujoy los puestos de comida callejera; las favelas; la alegría carioca; los pechos y culos siliconados; los hombres musculados que pasean sin camiseta; el caos de la Estación Central; la decadencia de Santa Teresa y la marcha de Lapa; los meninos da rúa...todo eso es Rio de Janeiro. Para mi, la ciudad más bonita del planeta.

Algunas recomendaciones cinematográficas:

- Tropa de élite (I y II): para entender no sólo como se vive en las favelas sino también para comprender el principal cáncer de esta sociedad: la corrupción).
- Estación Central de Brasil: la maldad y bondad de algunos brasileños.
- Autobús 174: los riesgos de moverse en transporte público.


Lo mejor de Rio de Janeiro
El paisaje de la ciudad
Subir al Corcovado y al Pan de Azúcar
Gran variedad de restaurantes y discotecas
Salir de fiesta por Lapa
Ir a una escuela de samba
Sus kilométricas playas
Visitar una favela pacificada
La alegría carioca


Lo peor de Rio de Janeiro
Es una ciudad cara
Ciudad peligrosa en algunos barrios (como Santa Teresa) a según que horas
Tiene un tráfico demencial en las horas punta
La decadencia en algunos puntos de la ciudad es exagerada, así como el perfume a pis


Precios de Rio de Janeiro (1€= 2,4 Rs)
Bus São Paulo - Rio: 68 Rs
Billete de autobús: 2,5 Rs
Cena en un rodizio de pizza: 25 Rs
Una caipirinha: 5 Rs
Un zumo natural: 4 Rs
Feijoada: 30 Rs
Subir al Corcovado: 46 Rs
Subir al Pan de Azúcar: 54 Rs
Menú del día: entre 7 y 15 Rs
Un trayecto de taxi: 15 Rs
Entrada en una discoteca: 20 Rs

08 noviembre 2011

Un gigante hostil llamado São Paulo

Dicen que la mejor manera de llegar a São Paulo es en avión y de noche. Preferiblemente aterrizando en el aeropuerto nacional, mucho más céntrico que el internacional. Los que llegan en avión cuentan que pasas entre rascacielos durante varios minutos, como si la ciudad no se acabara nunca, y algunos vídeos colgados en Youtube así lo atestiguan. Nosotros, en cambio, llegamos en bus, como siempre, después de otro mítico trayecto de 18 horas y provenientes de Foz de Iguazú; por lo que nos perdimos esta visión de la megapolis que es São Paulo, aunque también fue interesante discurrir por decenas de avenidas de varios carriles antes de llegar a la terminal de autobuses.

Esta ciudad de más de 12 millones de habitantes (su área metropolitana supera los 20) no tiene interés turístico alguno. Cuesta creer que en tantos kilómetros cuadrados no haya algún barrio histórico o vestigios de otros tiempos, pero así es. Tal vez lo más interesante pasar por la avenida Paulista y ver como conviven aún viejas mansiones de hacendados cafeteros de hace dos siglos con algunos edificios de oficinas de interés arquitectónico o pasear por algún parque. La grandeza de São Paulo, sin embargo, radica en su gente. Es sin duda alguna el motor de Brasil, la tierra de las oportunidades. A ella se dirigían hace años brasileños provenientes del interior; europeos de España o Italia y hasta japoneses (tienen su propio Japantown). Y a São Paulo se siguen dirigiendo aún miles de personas que buscan un futuro mejor. Quien vaya a esta ciudad pues, que no se espere la belleza de Rio o Nueva York. A cambio, tendrá museos con exposiciones de primer orden; restaurantes de mil tipos que no cierran nunca; barrios de ricos al lado de favelas; locales para cualquier tribu urbana y la sede de toda multinacional que se precie.

Estuvimos unos tres días en la ciudad y nos dio tiempo de perdernos en coche durante más de una hora por avenidas y puentes gigantes; cenar en una pizzería en la que te aparcan el coche y hasta de asistir a un partido de futbol: Santos- Atlético Paranense (con 4 golazos de Neymar, el ídolo del momento). Después de muchos hostales-pocilga a nuestras espaldas tuvimos la suerte de que un buen amigo de Barcelona que trabaja en la ciudad, Óscar, nos invitara a su casa, y la verdad es que fue muy agradable no tener que compartir habitación y baño con diez personas o poder ver los infumables programas de televisión desde el sofá y en calzoncillos.

Otra de las primeras cosas que te sorprenden de la ciudad es su banda sonora. A parte de las bocinas de algunos coches (el tráfico es terrible), no paran de sobrevolar helicópteros a todas horas. Para que os hagáis una idea: la ciudad tiene más de 300 helio-puertos y se realizan cerca de 200 vuelos diarios. ¿Y por qué hay tantos helicópteros en esta ciudad? Pues porque hay muchos paulistanos extremadamente ricos que van al trabajo o de compras en este medio de transporte.

Pero donde hay gente muy rica también hay gente muy pobre. El centro está plagado de mendigos, y las escuelas de pago avisan por megafonía a los alumnos cuando llegan sus padres a recogerlos para evitar que se esperen en la calle y los secuestren. ¿Ir al trabajo en helicóptero pero pensando que tu hijo puede sufrir un secuestro exprés es calidad de vida?


A pesar de la delincuencia que pueda haber en la ciudad, el pueblo se sabe divertir. Pan y circo, que se diría en Roma. Como en todo Brasil, el futbol es el deporte rey. Por eso nos gustó mucho ver como la torcida (afición) del Santos no paraba de animar a sus jugadores (y decir filho da puta al árbitro). Familias enteras pasando una agradable tarde de futbol. Fuimos con Óscar, nuestro anfitrión, con su jefe y el hijo de éste. Al salir del partido su jefe nos invitó a unos deliciosos bocadillos callejeros (siempre que gana el Santos comen allí), y más tarde tomamos unas cervezas en un barrio con mucho ambiente, Santa Madalena. Esa misma noche acabamos en casa de un amigo de Óscar, un tipo de lo más interesante. Bohemio y artista nos invitó a tomar cacao puro (¡espectacular!) y miel natural. Con unos socios tiene una empresa que se dedica a hacer estas movidas visuales: laborg.

Y a parte de futbol, pizzas, cervezas y paseos en coche por la ciudad, poco más hicimos. São Paulo no daba para tanto y, además, Rio de Janeiro nos estaba esperando.


Lo mejor de São Paulo
Su animada vida cultural y de negocios
Algunos edificios interesantes
El paisaje espectacular que representan kilómetros de rascacielos
Un buen transporte público y bien conectado con el resto del país

Lo peor de São Paulo
Los precios más caros de Brasil
Ciudad hostil para el peatón y los pobres
Inseguridad callejera en según qué zonas y horas
Pocos focos de interés para visitar como turista

Precios de São Paulo (1 €=2,4 Rs)
Bus Foz-Sao Paulo: 157Rs
Billete sencillo de metro: 2,9 Rs
Comida en un garito del centro: 16 Rs
Cena en pizzería de lujo: 60 Rs
Entradas para el futbol: 20 Rs

04 noviembre 2011

Cuando los tópicos se cumplen: Iguazú es una maravilla

En concreto, de la naturaleza. Llegamos a Foz a través de Ciudad del Este con la única intención de visitar las Cataratas de Iguazú. Para ser sincero, no me hacía especial ilusión ir a las cataratas, aunque tal vez por eso me sorprendieron muy gratamente. Cruzamos en bus a Argentina (también se pueden ver desde Brasil), hasta el pueblo de Puerto Iguazú. Allí comprarnos unas empanadas que resultaron estar deliciosas y unas frutas y pusimos rumbo a las cataratas, a las que se llega en 10 minutos. La entrada sólo cuesta 100 pesos (unos 20 euros) y te puedes pasar el día entero acercándote a varias de las más de 200 cascadas que hay en Iguazú. Por los senderos puedes avistar coatíes, pájaros de colores o caimanes, aunque la verdadera protagonista del lugar es la Garganta del Diablo. Aquí van algunas fotos del parque.




















Aparte de Iguazú también visitamos la presa de Itaipú, la segunda más grande después de la de Las tres Gargantas (China). Este prodigio de la ingeniería (que dicho sea de paso se cargó gran parte del ecosistema local) proporciona el 80% de la energía de Paraguay y cerca del 20% de la de Brasil. No aburriré con detalles técnicos ni comparativas; me limitaré a poner algunas fotos del lugar.







Precios de las Cataratas de Iguazú : (1€=5,8 pesos)
Entrada al parque: 100 Pesos
Bus desde Puerto Iguazú: 10 Pesos
Empanadas y frutas: 7 Pesos

Precios de la visita a la presa de Itaipú (1€ = 2,4 Rs)
Bus de Foz a Itaipú: 2,5 Rs
Visita guiada por la presa: 20 Rs

31 octubre 2011

El churrasco ganó al Pantanal

“¿Y por qué no nos plantamos mañana por la mañana en Asunción y damos un paseo por Paraguay?” Nos preguntamos Guillem y yo en la estación de autobuses de Campo Grande después de decidir que no haríamos un tour por el Pantanal debido a su alto coste. Esas dudas, esos pequeños e ínfimos problemas son los que uno tiene la suerte de sufrir cuando está de viaje. Reflexionamos sobre lo afortunados que éramos de poder estar debatiendo si tomar un bus a Asunción o uno a Foz, con la que está cayendo en España, y finalmente compramos un pasaje para salir a las 5 de la mañana del día siguiente al país de Larissa Riquelme. Antes, sin embargo, teníamos toda la tarde y noche por delante en Campo Grande, una ciudad bastante civilizada pero sin grandes atractivos.

Conseguimos contactar por mail con un couchsurfer, Joel, que si bien no nos podía ofrecer un sofá, nos llevaría de cena con sus amigos; más que suficiente. Una chica joven naife y guapa a partes iguales, Ana, nos dejó llamar desde su teléfono para arreglar la cita con él. Ana es de padre chileno, madre brasileña y ha vivido varios años en Japón. Tiene sólo 16 años, pero es una persona muy interesante, aunque a veces diga frases sin sentido aparente. La conocimos porque es la encargada de cobrar a los usuarios de internet de la terminal de autobús. Con Joel quedamos que nos pasaría a recoger por la estación a las 20 horas, aunque llegó, como es preceptivo en Brasil, veinte minutos tarde. Este joven y dicharachero periodista de formación fue toda una caja de sorpresas. Con el paso de las horas descubrimos que está separado, tiene un hijo que vive con la ex en Sao Paulo y trabaja en el negocio familiar, una ferretería, ya que como periodista “es imposible ganarse bien la vida”, nos dijo (me suena esta historia). Primero nos llevó a un supermercado a comprar carne. Como Homer Simpson, disfruté viendo estanterías larguísimas repletas de todo tipo de carnes envasadas al vacío. Compramos un par de paquetes y varias cervezas y nos dirigimos a casa de Vanesa, una amiga de Joel que estaba celebrando el cumpleaños de varios compañeros de su trabajo; en concreto los nacidos entre julio y septiembre. La cosa pintaba bien: carne, cerveza y gente joven con quien hablar o escuchar música. Y la verdad es que resultó ser una agradable velada. Hablamos con varios brasileños acerca de su país, de la región de Mato Grosso do Sul y, evidentemente, de fútbol, mientras el padre de la anfitriona, que era igualito al protagonista de Delicatessen, se encargaba de asar la carne. Probamos varios tipos, todas ellas muy sabrosas, y cuando el personal ya se había ido, nos mudamos a casa de Ana, que vive con su hermana y su sobrina. Allí continuamos de cháchara y probamos el tereré, una especie de mate argentino pero frío que se bebe en grupo. Eran ya pasadas las dos de la madrugada cuando Joel nos dejó en la estación de autobuses. Estuvimos pocas horas con él, pero la verdad es que nos costó decirle adiós. No sólo por su generosidad, sino también porque se reveló un tipo muy interesante, culto y gracioso. Espero que cuando visite Europa pase por Barcelona.

De vuelta a los bancos de la estación nos cruzamos con una señora mayor que estaba como una regadera. Nunca supimos su nombre, pero de lejos parecía una afable anciana. Nos había preguntado por la tarde (doce horas antes) de dónde éramos y adónde íbamos, e inmediatamente después quiso saber qué pensábamos del milagro de Lourdes. En ese momento vimos que alguna cosa fallaba en su azotea. Nos sorprendió encontrarla de nuevo de madrugada, deambulando por la estación como si estuviera buscando el bus que la tiene que sacar de Campo Grande. Y nos violentó un poco que, como ya hizo por la tarde, nos siguiera a todas partes y se sentara siempre a nuestro lado. Por suerte resulto ser inofensiva. Imagino que ahora mismo estará de nuevo paseando por la rodoviaria como si fuera una viajera más.

Después de este gracioso reencuentro nos acicalamos, dormitamos, leímos y esperamos a que llegara el bus procedente de Brasilia que nos tenía que llevar a Asunción. Y con tres horas de retraso emprendimos nuestro primer viaje a Paraguay. Próxima parada: Asunción.

29 octubre 2011

Brasilia, una ciudad de diseño no apta para peatones

Los mismos ciudadanos de Brasilia se sorprendían que fuéramos a visitar su ciudad. La opinión de todos los brasileños con los que nos cruzamos fue unánime: es una ciudad que no merece la pena. Nosotros, en cambio, teníamos ganas de pisar la urbe que se inventaron hace algo más de cincuenta años el arquitecto Oscar Niemeyer y el urbanista Lucio Costa. No sólo queríamos visitar el parlamento brasileño, en el imaginario colectivo de todos, sino también queríamos saber cómo se vive en una gran ciudad creada en 41 meses donde antes sólo había tierra y matorrales.
Llegamos a la capital a media tarde y bastante cansados. No habíamos tenido suerte con la gente del couchsurfing (todo el mundo tenía mucho trabajo o gente de visita en casa) y la ciudad carece de alojamientos de bajo presupuesto. Esto, unido al frío y mal tiempo que nos seguía, hizo que decidiéramos comprar un billete para la noche siguiente con destino a Campo Grande. Así pues, dormiríamos en la moderna estación de autobuses.

Dejamos las maletas en la consigna más cara del país y cogimos el metro hasta el centro, donde hicimos un safari fotográfico nocturno. Brasilia tiene forma de avión, y en el fuselaje es donde se construyeron los edificios de negocios, hoteles y sobre todo los edificios gubernamentales. La cabina del avión es la plaza de los tres poderes. Allí se haya el Tribunal Federal Supremo (Justicia), el Palacio de Planalto (del Ejecutivo) y el Parlamento (Congreso y Senado). Antes de llegar a esta plaza se encuentran a ambos lados de la gran avenida los bloques (todos iguales) que albergan los ministerios.
Disfrutamos con la buena iluminación nocturna de la ciudad. De noche destacan el Parlamento, el ministerio de Asuntos Exteriores (Itamaraty) y sobre todo el Palacio Planalto. En los edificios más importantes de la ciudad el color predominante (y único) es el blanco, una decisión que encaja perfectamente que la sobriedad de formas. Y después de una buena caminata y muchas fotos decidimos comer unos pinchos callejeros y volver a la estación. Allí compartimos noche y frío con algunos pasajeros y mendigos.

A la mañana siguiente me costó encontrar a Guillem, que metido en su saco de dormir se había escondido debajo de un banco para dormir. Nos aseamos como pudimos y volvimos al centro de la ciudad. Después de desayunar en la estación central tomamos rumbo hacia la cola del avión, una parte de la ciudad que no habíamos visto la noche anterior. Llegamos hasta el monumento que la ciudad le rindió al ex presidente Juscelino Kubitschek, el político que impulsó finalmente la construcción de Brasilia (aunque la idea inicial de una gran capital data de 1823. Deshicimos nuestros pasos bajo un cielo gris hasta la antena de televisión, donde se puede subir en ascensor gratis. A 70 metros se tiene una perspectiva mejor de la ciudad, pero no suficiente como para poder observar la forma de avión que tiene. Proseguimos el larguísimo paseo hacia la cabina y llegamos hasta el palacio presidencial, llamado Alvorada, donde reside actualmente Dilma Roussef. Dista varios kilómetros del centro, y durante todo el trayecto fuimos los únicos peatones que se dirigieron allí. Un par de pájaros nos intentaron atacar al mejor estilo Hitchcok, pero conseguimos zafarnos de ellos y llegar a la residencia presidencial sin rasguños. El edificio es igual que el palacio Planalto (ejecutivo), aunque sólo se puede ver de lejos, ya que un campo de césped de más de 100 metros hace de barrera entre los turistas y el edificio. De nuevo en el centro, adonde llegamos con un bus, pudimos visitar el Congreso y el Senado gratis y también la catedral metropolitana, única en su especie.

A pesar de que Brasilia es una ciudad inabarcable a pie y de que el tiempo fue mucho peor que en otras partes de Brasil, nos gustó que mantenga un aspecto contradictorio entre moderno (¡aún!) y vintage. Además, la visita nos sirvió para descubrir que aunque la fama se la llevó Niemeyer, el arquitecto principal, el mérito de la organización urbana (y la culpa de que se necesite coche) fue de Lucio Costa. Y ya con el tiempo encima volvimos a la rodoviaria, donde subimos a un autobús que nos llevó en 18 horitas a Campo Grande, la capital de Mato Grosso do Sul.


Lo mejor de Brasilia:
Visitar una ciudad con forma de avión que fue levantada en medio de la nada en menos de 5 años.
Fotografiar numerosos edificios marca Niemeyer, tanto de día como de noche.
Es ordenada, limpia y su población bastante educada.
Tiene una buena red de autobuses y una sola pero eficiente línea de metro.
La visita al Senado y el Congreso de los Diputados es gratuita (hay una cada media hora).
También se puede subir gratis a la torre de Tv (70 metros).

Lo peor de Brasilia:
Es una ciudad pensada sólo para los coches.
No hay alojamientos para mochileros, y todos los precios están inflados.
No hay apenas oferta de restauración (y menos barata).
Es agotador visitar la ciudad a pie.
Es una ciudad sin alma ni barrios por los que callejear.

Precios de Brasilia: (1€ = 2,4 Rs)
Una noche en el único albergue juvenil de la ciudad: 45 Rs (no llegamos a ir porque está en el quinto pino).
Una pasta y un café en la estación central de metro: 1,5 Rs
Billete sencillo de metro / bus: 3 Rs / 2,5 Rs
Consigna: 7 Rs / 8 horas

26 octubre 2011

En la tierra de diamantes

Hasta Salvador más o menos todo nos había salido a pedir de boca, cuanto al transporte se refiere. Pero la suerte no dura siempre, sobre todo si haces el idiota. Nos plantamos en la rodoviaria (estación de autobuses) de Salvador de Bahía sobre las 22 horas. El bus a Lençois, pueblo de referencia para visitar la Chapada Diamantania, salía a las 23 horas, pero habíamos comprobado por internet ese mediodía que había plazas de sobras. Aún recuerdo la cara de tontos que se nos quedó a Guillem y a mí cuando el tipo de la ventanilla nos comunicó con toda la tranquilidad del mundo que no quedaban billetes y que teníamos que esperar a la mañana siguiente. Tras encajar el golpe, nos instalamos como pudimos en unos incómodos bancos, donde conseguimos dormir a ratos. En apenas siete horas llegamos a Lençois, una bonita y tranquila población atravesada por un riachuelo. Caía un sol de justicia, y nada más poner los pies en tierra nos rodearon varios chicos para colocarnos un pack turístico o una pousada. Nos fuimos al albergue Hostelling Internacional, y luego buscamos presupuestos para ir de excursión al día siguiente. Perdimos la tarde comparando precios, pero al final (y después de regatear) encontramos un guía que nos llevaría todo el día por la zona por 85 Rs. La mañana siguiente amaneció gris y con lluvia; el peor panorama para ir arriba y abajo. Y fue una lástima, ya que la misma excursión con buen tiempo te permite hacer mil cosas más que no hicimos, como pegarte un chapuzón en los ríos.

Chapada Diamantina es una región convertida en parque natural que se encuentra a unos 420 kilómetros en el interior de Bahía. Recibe este nombre ya que fue durante muchos años una fuente inestimable de minerales y diamantes que acabaron, como suele ser habitual, en los mercados europeos. Visitamos primero Lapa Doce, una gruta muy grande que tenía, como todas, estalactitas y estalagmitas a las que el público le pone nombres. Que si el mamut, que si el calamar, que si el champiñón…yo, en cambio, sólo veía falos. Después nos llevaron a una cueva de agua azul. El sitio es precioso, pero lo es aún más cuando el sol ilumina directamente el agua y la dota de múltiples tonalidades. Cerca de esta cueva había otra (estaban comunicadas bajo tierra) que terminaba en una gran piscina al aire libre en la que te podías bañar. El tiempo, sin embargo, se encargó de quitarnos las ganas. La tercera parada que hicimos fue a una montaña llana en la superficie llamada Pai Inácio (Padre Ignacio), la típica estampa de la región. El cielo continuaba encapotado, pero aun así pudimos disfrutar de las vistas y del carácter lunar que tenía la cima. Hago un inciso para explicar la interesante historia acerca de este tal Ignacio. Cuenta la leyenda que un fuerte esclavo negro encargado de fecundar a las esclavas (un semental) se enamoró de la mujer de un coronel. Al ser descubierto huyó a esta montaña, donde fue rodeado para darle muerte. Él se tiró al vació y sobrevivió, ya que cayó en un saliente de la montaña. Les robó un caballo a los soldados que acompañaban el coronel y se fugó con la mujer de éste. Se sobrentiende que a partir de ese día sólo se encargó de fecundar a una mujer. ¡Eso es amor y lo demás tonterías!

Y volviendo al tour, la última parada que hicimos fue en una preciosa cascada bautizada como la del Diablo, donde me hubiera gustado bañarme si hubiera salido el sol. Antes de llegar a ella, Marquinhos, nuestro guía, nos advirtió mientras andábamos por el sotobosque que anduviéramos con cuidado con las serpientes, puesto que a él ya le habían picado cinco veces. Ese tipo de consejos son los que diferencian un paseo por la montaña en Europa con uno en América. Después de contemplar un rato la cascada y de tomar las fotos de guiri de rigor pusimos rumbo a Lençois, donde cenamos en una minúscula tasca regentada por una encantadora mujer que nos preparó una cena buenísima. Los ingredientes, sin embargo, los de siempre: ensalada, arroz, carne y pollo. Esa misma noche tomamos un bus nocturno dirección a Brasilia, donde llegamos 17 horas más tarde tras haber hecho escala en la sórdida y plagada de bichos estación de Seabra. En ese momento no éramos conscientes de que empezábamos un récord de no-duchas y no-camas. Pero eso, como se dice en Catalunya, ‘són figues d’un altre paner’.


Lo mejor de Chapada Diamantina:
Los paisajes
Las diferentes actividades que puedes hacer si tienes dinero
Una infraestructura turística suficiente si aglomeraciones (como mínimo en octubre)
Pueblos bonitos y apacibles como Lençois
De fácil acceso desde Salvador de Bahía.

Lo peor de Chapada Diamantina:
Se necesita un tour de dos o tres días para ver bien la Chapada, lo que hace subir el precio de la salida.
Los guías no bajan mucho los precios de las excursiones aun ser temporada baja
Es difícil pasear con tranquilidad por Lençois sin que te ofrezcan nada.

Precios de Chapada Diamantina (1€ = 2,4 Rs)
Noche en Hostal HI: 25 Rs
Tour de un día por la Chapada: 85 Rs (tasas de las grutas incluidas)
Prato feito (menú): 7 Rs
Acarajé: 3 Rs (aunque a vimos que a los locales les cobraban 2 Rs).

24 octubre 2011

Salvador de Bahía, la ciudad del ritmo

Le tenía muchas ganas a Salvador de Bahía. De hecho, era la primera ciudad de Brasil que iba a visitar antes de que se apuntara Guillem al recorrido y tuviera que cambiar los planes y empezar por Manaos. A parte de Rio, creo que para el extranjero es una de las ciudades que mejor representa este multiétnico país. Salvador fue durante unos años la capital de Brasil, antes que Rio y Brasilia, concretamente hasta 1763, por lo que conserva un buen número de edificios señoriales. Pero lo que le da riqueza a la ciudad es su gente. Ésta fue la entrada de miles de esclavos provenientes de África que tenían por misión remplazar a una diezmada población indígena en los trabajos del campo, y por ello el continente negro está presente en esta ciudad como en ninguna otra, empezando por la gastronomía, continuando por la religión y acabando por la música. Salvador es una ciudad muy extensa, de cerca de cuatro millones de personas. Tiene barrios de bien y, evidentemente, favelas. Nosotros nos alojamos en el Pelourinho, que es un precioso casco antiguo formado a base de casas de colores vistosos. Este pequeño barrio fue declarado Patrimonio Cultural de la Unesco en 1985 y fue el lugar que eligió Michael Jackson para grabar el videoclip de la canción They don’t care about us.

Después de deambular un poco por las adoquinadas calles, elegimos el hostal Galería 13, uno de los mejores sitios en los que he estado de Brasil. Aunque la habitación compartida había diez camas y un solo baño, el hostal estaba francamente bien. Tenía una sala con sofás marroquíes para poder ver películas, una minúscula piscina y un desayuno muy completo hasta mediodía. Además, el personal resultó ser muy atento, sobre todo el dueño, Paul, un inglés que había vivido un par de años en Barcelona y Valencia.

El primer día lo dedicamos a meditar y descansar, ya que las 17 horas de viaje en el bus del infierno, de la compañía TransBrasil, nos había dejado exhaustos. Pero por la tarde salimos a comer y dar un paseo. Tomamos el clásico Prato Feito de 7 reales en un bar de currantes mientras por televisión un periodista entrevistaba a dos acusados de robo que iban esposados. El espacio se enmarcaba en un programa muy educativo que sólo mostraba asesinatos, robos y sucesos del estilo. Exceptuando los informativos, la televisión de este país da bastante pena. Por la noche nos metimos en un concierto de samba gratuito y alucinamos con el ritmo que tenían no sólo los músicos sino también el público. Llevo ya unas cuantas semanas en Brasil, pero aún hoy sonrío cuando veo a una mujer mayor calzando unas chanclas Havaianas y moviendo el cuerpo al compás de la música.

El segundo día nos dimos un buen tute. Por la mañana visitamos la basílica de Bonfim, donde los devotos llevan fotos de las partes del cuerpo que el santo ha curado o un certificado de que aprobaron un curso de idiomas o la carrera. Todas las réplicas o fotos las exponen en una habitación de lo más freak, digna de una película estilo Rec. Paseamos por una playa muy auténtica, en el barrio de Ribeira, y luego nos desplazamos a otra más fashion: la Barra. En ésta abundaban los surferos cachas y las mulatas de cuerpo de vértigo. Al volver al hostal nos emborrachamos como dos adolescentes durante la happy hour de caipirinhas (eran gratis) y salimos con otros huéspedes a un concierto de reagge. Acabamos en un local muy genuino llamado Galicia, al que volvimos al día siguiente. En el Galicia nos deleitamos viendo como las chicas culonas arrimaban el culo a los chicos, y lamentamos, una vez más, no tener el cuerpo ni ritmo de los brasileños que corrían por el bar. El Galicia, aún ser un auténtico antro, tiene músicos en directo, y debido a su reducido tamaño obliga a que la mayoría de los clientes se (nos) queden (quedemos) en la calle. Los otros días que estuvimos por la Salvador nos permitió conocer más a fondo la ciudad (visitamos, por ejemplo, la fantástica iglesia de San Francisco) y saborear algunos platos típicos como el acarajé. El acarajé es un buñuelo hecho con harina de alubias y frita en aceite de palma (dendê). Una vez cocinado lo abren y lo rellenan de una pasta llamada vatapà (pan, anacardos y dendeê). Suena muy sabroso y exótico, pero le doy sólo un aprobado, ya que aunque no está mal es un poco grasienta e insulso.

De Salvador me gustó el ritmo que gasta la ciudad (aunque es el peor lugar del mundo donde amanecer con resaca); los personajes curiosos que deambulan por Pelourinho (que me recuerdan los que habitan en las Ramblas de Barcelona); una decadencia bien llevada así como los kilómetros de playa que tiene. La parte negativa es que no pudimos pasear con tranquilidad ya que en todos los lugares la gente nos advertía “no te metas por esa calle que es peligrosa”, aún a plena luz del día. Ni nos atracaron ni robaron, pero cierto es que nos comentaron muchos casos de violencia callejera, lo que nos obligó a ir con lo mínimo en el bolsillo cuando salíamos de noche. Me hubiera encantado deambular por las calles de las barriadas menos turísticas, como suelo hacer en las ciudades que visito, pero la paranoia que tienen con los atracadores aquí se contagia con facilidad. Desgraciadamente, tampoco pude asistir a una rueda en condiciones de capoeria ni a una celebración de candomblé. Pero no me preocupa en exceso ya que sé que Salvador de Bahía es una ciudad a la que volveré.

Acabaré la entrada haciéndome eco de algunos artistas locales. Apenas he empezado a leer un libro de él, pero todo el mundo dice que Jorge Amado es el García Márquez de la literatura brasileña. Guillem me ha prometido dejar “Gabriela, clavo y canela” cuando lo termine. Y cuanto a la música, dos canciones de bahianos de renombre: Carlinhos Brown y Caetano Veloso. Dos estilos muy diferentes pero 100% brasileños, un claro ejemplo de lo variado y rico que es este país.

Ja séi namorar (Tribalistas)

Você è linda (C. Veloso)


Pd. Una de las películas que vimos este verano pasado con Papá, Patri y Aarón en el ciclo de cine latinoamericano es El milagro de Candeal, un trabajo de Fernando Trueba que transmite cómo viven la música los habitantes de Salvador de Bahía.


Lo mejor de Salvador de Bahía:

El ritmo que se respira en las calles
La cantidad de conciertos y espectáculos gratuitos que se organizan a diario
Gastronomía variada y con raíces africanas
Barrios como Ribeira, la Barra, el Carmo y sobre todo Pelourinho
Muchas visitas / pueblos interesantes a visitar que están muy cerca
Las vistas que tiene de la gigante Bahía de todos los Santos
El elevador Lacerda

Lo peor de Salvador de Bahía:

Sensación de inseguridad constante en algunos barrios
La suciedad y decadencia de zonas concretas
Puntos de interés muy distantes entre sí


Precios de Salvador de Bahía: (1€ = 2,4 Rs)

Hostal Galería 13: 27 Rs la noche
Bus urbano 3 Rs
Una sopa 2,5 Rs
Acarajé 5 Rs
Pincho de carne 2,5 Rs