04 febrero 2008

Benarés-Vanarasi

Esta ciudad con doble nombre, el primero se lo pusieron los británicos y el segundo los indios, es la ciudad santa de los hindúes además de ser visita obligada para cualquier turista que viaje a la India. Se encuentra a las orillas del Ganges, a 1200 kilómetros de Nueva Delhi, y en el año 2005 tenía una población estimada de unos 2 millones de habitantes (aunque no sé como se atreven a dar censos en este país). Benarés ha sido mi primer viaje fuera de la capital, y ha resultado ser un estímulo para que haga otros muchos.
El viernes pasado me pasaron a buscar Pau, su novia y la hermana de ésta por el trabajo sobre las 20 horas. Allí cogimos un taxi y en menos de una hora nos plantamos en la estación de ferrocarriles de Nueva Delhi (que no es la única).
Delante del imponente y feo edificio gris, estaban aparacados decenas, por no decir centenares, de taxis y autorickshaws que esperaban clientes. Aún no habíamos pagado al taxista cuando varios deambulantes ya nos ofreceían ayuda para encontrar el andén de nuestro tren. Muy gentil la gente de Delhi.
Dentro del edificio, el trajín era constante. Gente con grandes maletas, bolsas de plástico y mantas enrolladas caminaban de un lado para otro. Decenas de personas, en cambio, aguardaban a que llegara su tren estiradas en el suelo con varias mantas que les cubrían el cuerpo entero. Mientras comíamos un tentempié antes de que saliera nuestro tren, vi como ratas de tamaño considerable campaban a sus anchas por los andenes, y no sólo por las vías.
A los pocos minutos anuncieron nuestro tren en la vía 8. Allí estaba estacionado un gusano metálico larguísimo, no muy viejo pero cutre de cojones. Las ventanas tenían rejas, y la gente que ya se amontonaba dentro de los vagones como animales. En el nuestro, cada uno de nosotros ocupó la "cama" que le había tocado y, tras unos minutos de conversación, nos metimos dentro de nuestros respectivos sacos para dormir. Aunque lo intentamos, una legión de vendedores ambualntes que pasaban sin cesar por los estrechos pasillos ofreciendo a gritos "chai" (té), comidas varias o refrescos, nos impidió conciliar el sueño hasta pasada una hora larga. Con el vagón más calmado y con el traca tra del tren de fondo, pude cerrar por fin los ojos. La sinfonía de ronquidos que venían de otros compartimentos fue el último obstáculo para llegar a la fase r.e.m.
Tras más de doce horas de viaje llegamos a una no menos bulliciosa Benarés. Allí, más taxistas con el símbolo del dólar en los ojos nos esperaban. Llegamos al hostal a los pocos minutos, aunque por el camino por poco no atropellamos (nosotros no, sino el taxista) a varias vacas, cabras, perros, personas y rickshaws. De todo un poco.
Nuestro hostal, el Ganpati Guest, estaba pegado al Meer Ghat, una buena zona para visitar la ciudad. Los ghat son las escaleras que dan al Ganges y en las que miles de personas se bañan cada día, se "purifican", lavan la ropa, juegan, etc.
Después de instalarnos en dos habitaciones salimos a dar una vuelta. Nos bastaron diez metros para comprobar que no nos iban a dejar en paz en todo el fin de semana, ya que mucha gente por la calle nos ofrecía paseos en barca (eran unas canoas cochambrosas), masajes en la misma acera, hachís y mil servicios más por los que no pagaría ni una rupia. Durante el paseo vimos como una procesión de unas quince personas, algunas de ellas tocando tambores y flautas, llevaban el cuerpo sin vida de un mono al río. El pobre animal tenía la cara desfigurada, posiblemente debido a un atropello, y aquella gente, que por supuesto no era familia, lo tiró al agua desde una barca. Eso sí, después de honrarle con una cermonia digna de un jefe de estado.
Conocimos a un catalán que estaba visitando la India solo por segunda vez, y nos llevó a tomar un chai a un puesto callejero en un ghat bastante lejos de nuestro hostal. El "bar", consistía en un par de ollas encima de unos fogones portátiles, unos cuantos vasos y un toldo de tela (colgaré la foto en "mis fotos indias"). Le plantamos cara a la situación y nos atrevimos a beber ese té compuesto sólo de leche acompañado de especias y gengibre. Pasará a los anales de mi memoria ver como hablaba con nosotros mientras con las dos manos pelaba unas raices y se tocaba los pies negros descalzos a la vez. Los presentes sabíamos que este buen hombre lavaba los utensilios y los vasos con el agua del Ganges, una agua que, según Lonely Planet, contiene 1.500.000 particulas fecales cuando lo máximo recomendado para el baño es de sólo 500. Pero aún así, engullimos la bebida.
Tras la proeza seguimos con el paseo y nos metimos en el restaurante de un hotel, el Haifa, a comer.
Por la tarde cogimos un par de rickshaws para ir a visitar el Templo de los Monos. En la entrada te cachean y te obligan a dejar todas las bolsas en unas taquillas. Dentro, te tienes que descalzar para pasear entre perros, monos y fervientes seguidores de un Dios concreto cuyo nombre no recuerdo. Es curioso ver como los devotos, muy devotos aquí, hacen cola para ofrecer al Dios dulces, dinero y flores. Mientras andan, rezan o esperan, cantan diferentes versos, y de vez en cuando pegan un grito todos juntos. La verdad es que, como ateo convencido que soy, me dió un poco de yuyu tanta ceremonia y tanta devoción. Sin duda, me quedo con las misas católicas vacías de España; al menos allí no hay monos que te salten a la cabeza ni moñigas de vacas que puedas pisar descalzo.
El domingo por la mañana nos despertamos temprano para ver salir el sol, pero una densa niebla, junto con el humo que desprenden sin parar los crematorios de la ciudad, impidieron que las vistas que teníamos de los ghats desde la terraza del hostal fuera nítida. Aún así, bajamos a dar una vuelta por la calle y nos acercamos a ver uno de los crematorios. En estos sitios no se pueden hacer fotos, aunque te invitan que te acerques hasta escasos metros donde en una pila de madera los intocables están quemando un cadáver. Según cuentan aquí los falsos guías, en los crematorios de Benarés se incineran unas 300 personas al día, aunque, sinceramente, la cifra me parece un poco abultada. Para los hinúes, aquél que muere en Benarés consigue la 'moksha' (liberación), y por eso muchos viejetes vienen a esta ciudad a expirar sus últimas bocanadas. Es todo un espectáculo ver varias pilas de madera ardiendo a la vez, y sorprende aún más contemplar cómo decenas de hindios se acercan al crematorio para charlar de sus cosas, como si fueran al fútbol.
El show nos abrió el apetito, y tras un paseo por la calle comercial de la ciudad (que parece la calle Pelayo o Preciados), nos metimos en un apacible patio interior para comer en una terraza. Aunque lleve un mes aquí y vea a decenas de personas cada día sacarse los mocos, escupir, mear o tirarse pedos sin pudor, me sorprendió que un camarero del restaurante se tirara un sonoro eructo a escasos metros de nosotros.
Al anochecer (aquí oscurece sobre las seis), cogimos un barquito que da vueltas por el Ganges y vimos desde el agua el mismo crematorio y un espectáculo que hacen cada tarde unos bramanes con fuego y flores en la riba del río. El show es una tomadura de pelo, y creo que lo hacen más para los guiris, que se amontonan en varias barquitas, que para la población local. El crematiorio desde el agua, en cambio, impresiona mucho más. Sobretodo si es de noche y el gondolero (por así decirlo) tiene los huevos de acecarte hasta el margen del río, donde tiran las cenizas de los cuerpos carbonizados.
Me sorprendió también que en esta ciudad tan sucia, caótica, mística y gris, viera a un montón de turistas japonenses, muchos de los cuales llevaban una mascarilla de cirujano que les cubría la boca y la nariz para evitar los hedores.
El domingo por la noche, sobre las 23 horas, cuando las calles de la ciudad estaban completamente vacías, y en las aceras sólo se amontonaban mendigos, dejé a mis amigos en el hostal para coger un rickshaw y acercarme hasta la estación de trenes. El conductor temerario, amaparado por la oscuridad, me llevó en menos de diez minutos a la Varanasi Junction Station, la principal estación de la ciudad.
En el suelo del vestíbulo principal se amontonaban decenas de mantas de mil colores, como en Delhi, y debajo de cada manta se acurrucaba una persona o una familia entera. En los andenes dormitaban más viajeros, cansados antes de emprender el viaje. Las ratas campaban por doquier, y unos monos hacían travesuras robaban parte del equipaje a una pareja que esperaba su tren.
El mío llegó con retraso, pero una vez dentro del vagón, le pedí al hombre que ocupaba mi cama que se largara a otra parte y me acurruqué dentro de mi saco, usando la mochila como cojín y con las pertenencias bien agarradas. Tras 15 horas de viaje, pues se fueron acumulando retrasos, llegué a Delhi. Cansado y sucio he ido al trabajo y ahora, cuando aquí son la 1:45 de la madrugada cuelgo este post. Las fotos de viaje en el link, como siempre.

4 comentarios:

Sílvia i els Gestoso dijo...

Hola guapu! quina passada això que expliques! no em puc imaginar tanta ...brutícia? junta enmig de tantes creences i de totes les olors? que de ben segur has olorat. Enveja sana la que em fas sentir cada dia quan abans d'anar a dormir llegeixo el teu bolg. No sempre tinc temps d'escriure't però sempre pensem en tu. Segurament en altres moments em serveix per veure que hi ha món fora del cole i del dia a dia de Barcelona. Dutxa't, recupera't i torna a regalar-nos un altre cap de setmana inoblidable quan puguis. T'estimem molt.

Pit dijo...

Encara no estan penjades les fotos... Friso per veure-les!!!!! Un petó molt gran...

Daniel dijo...

Hola família!!
Que no t'envegi tant olorar cada dia merda pels carrers, pixums i caques de vaca. Perquè tot i que sigui interessant com a experiència si vens de vacances, cansa quan hi vius.
Jo també penso molt en vosaltres...més del que us pugueu imaginar, la veritat. I més del que creia que faria abans de marxar.
Ja estic dutxat i he penjat fotos a l'enllaç. Molts petons i xerrem per l'skype!

Anónimo dijo...

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