Las comparaciones entre los seres humanos nos obligan a actuar de una forma totalmente falsa. De hecho, muchas de las acciones banales que hacemos a diario están motivadas por la comparación, es decir, actuamos bajo la amenaza que nos puedan comparar con “lo normal”, y por lo tanto evitamos que nos “encasillen”. Con este planteamiento tan etéreo no pretendo liberarme de la faja de nuestra sociedad, pues nunca fui un revolucionario en nada, sino simplemente desahogarme.
Si bien es cierto que han sido muchas las veces que la comparación ha servido a la humanidad para avanzar; ya sea en el campo de las empresas, política, medicina, universidad etc. muchas veces nos impiden disfrutar y actuar con sinceridad.
¿Por qué no puedo decir en voz alta que me aburre Y? ¿Por qué tengo que decir a X que le queda bien el nuevo peinado?¿Por qué hacer ver que trabajo cuando el jefe se pasea cerca de mi puesto?¿Por qué no puedo escupir lo que no me gusta?¿Ni a quien se lo merece?¿Y por qué no hacer el amor con H, una mujer que me saca 20 años?
Pues porque no es lo que procede. Porque los demás no lo hacen. No sé si es precisamente por eso mismo, que los demás no lo hacen, o que de verdad mi gusto es un poco “outsider”.
Por desgracia, si mañana hiciera lo que realmente me apetece estaría antes de anochecer, con mucha probabilidad, durmiendo en la Modelo.
Peccato, que dirían los italianos.