16 febrero 2012

Atacama, el desierto donde nunca llueve (excepto cuando lo visita un servidor)

San Pedro de Atacama es un pueblo de calles polvorientas (o barro cuando llueve) lleno de turistas que vienen o van a Bolivia. Las agencias que organizan excursiones se propagan como setas y ofrecen salidas de un día a géisers, lagunas o valles. Llegué de noche y me recibió la lluvia, y eso que esta es la región más seca del mundo. Elegí el International Hostelling, y tras cenar un buen bistec con patatas en un bar, me metí rápidamente en la cama. A la mañana siguiente, durante el desayuno, conocí a una pareja de catalanes muy majos con los que sintonicé rápidamente. Decidimos alquilar unas bicis e ir a visitar el cercano Valle de la Luna. A la excursión se nos unió Gérome, un holandés parco en palabras pero legal. Nada más salir del pueblo me invadió una sensación de insignificante, pues nosotros cinco apenas parecíamos diminutas motas de polvo en medio de infinitas llanuras grises y montañas desnudas de vegetación de múltiples colores rojizos. Nos enfadamos un poco que nos hicieran pagar entrada para atravesar al valle, pero después de visitar la primera gruta de sal, justo en la entrada del mismo, el precio nos pareció una ganga. Alucinamos con las estalactitas de sal y los recovecos de la cueva, y pocos minutos más tarde nos quedamos sin palabras al observar la majestuosidad del Valle de la Luna desde un mirador. Continuamos la ruta en bici y no dejamos de hacer fotos al paisaje de Marte que nos rodeaba. Creo que gran parte de la belleza de esta zona se debe a que no se parece en nada de lo que había visto antes. Al anochecer, y cuando nuestro maltrecho culo empezaba a dar muestras de protesta, volvimos hacia el pueblo.

A la mañana siguiente decidimos alquilar bicicletas de nuevo, esta vez para visitar el Valle de la Muerte y para recorrer en sentido inverso el Valle de la Luna. Puede parecer estúpido visitar dos veces el mismo lugar, pero el rabioso sol que nos iluminaba por primera vez desde que llegamos a San Pedro de Atacama transformaba el paisaje completamente. Apenas nos encontramos otros turistas pedaleando bajo un sol de justicia por rectas kilométricas, y pudimos volver a hacer muchas fotos, esta vez con sol. Al volver al pueblo nos duchamos (en menos de tres minutos, como pedían los carteles que decoraban los baños) y cenamos un bocadillo en un bar.

Cruzando a Bolivia en un jeep
Y el tercer día Lázaro no se levantó, pero nosotros iniciamos un viaje de tres días que nos llevaría hasta la boliviana población de Uyuni. Habíamos contratado un tour con la agencia Estrella del Sur (altamente recomendable) después de contrastar muchas agencias y presupuestos, y el 1 de febrero un pequeño autobús nos trasladó hasta la cercana frontera con Bolivia. Allí, en un prado a más de cuatro mil metros de altura y rodeados de montañas nevadas, almorzamos un pic-nic y nos dividimos en jeeps, no sin antes sellar el pasaporte en una garita tercermundista regentada por un par de agentes aduaneros bolivianos ansiosos de sobornos y presidida por una gran foto de Evo Morales. En nuestro coche viajamos durante los tres días Joan y Esther, un par de chicas noruegas bastante remilgadas y yo. Esa primera mañana hicimos varias paradas en el Parque Nacional Eduardo Avaroa, y cada sitio parecía ser más bonito que el anterior. Llegamos a la hora de comer a una especie de campamento improvisado en medio de la nada, donde disfrutamos de un puré de patatas con salchichas. Dormimos una siesta y luego nos acercamos a la laguna Colorada, donde los preciosos flamencos, ajenos a los turistas que nos agolpamos a la orilla, fueron las víctimas de nuestras últimas fotos del día.

Durante el segundo día paramos en el árbol de Piedra y el Valle de las Rocas antes de llegar al primer pueblo boliviano: San Cristóbal. Casualmente estaban celebrando la fiesta de la Candelaria, y una orquestra de estética medieval hacía las delicias de unos cuantos vecinos borrachos que se entregaban a unas canciones infumables cantadas por una no menos hortera vocalista. El resto del pueblo, ellas vestidas con traje tradicional, coletas largas y sombrero y ellos de chándal o traje antiguo y arrugado, observaban la escena. Después de disfrutar de los primeros paisajes bolivianos nos tocaba ahora deleitarnos con el paisaje humano, y llegar a San Cristóbal (población aislada que vive básicamente de unas minas cercanas) en fiestas fue un auténtico chute de Bolivia. Pero apenas media hora después de llegar, Ever, nuestro conductor guía (al que le lo apodamos whatever, forever, however etc), nos hizo la señal de que debíamos continuar hacía Uyuni, cada vez más cerca. Y a Uyuni, la ciudad pegada al salar más famoso del mundo, llegamos de noche. Nos instalamos en el modesto pero confortable hostal La Roca y fuimos a cenar todo el grupo, entre los que se encontraban franceses, alemanes e ingleses, y con los que entablamos una amistad tan corta como intensa.

Salar de Uyuni
Y el último día, el más esperado por todos, era cuando tocaba visitar el salar de Uyuni, una mancha de sal de más de 12.000 kilómetros cuadrados. El despertador sonó a las 4 AM, ya que la intención era ver amanecer rodeados de sal. Y el madrugón mereció la pena. Ni el escritor más avezado ni el fotógrafo más creativo podrían describir lo que se siente al ver alzarse el sol en medio del salar, donde el blanco de la sal y los reflejos del agua hacen que cielo y tierra converjan y el horizonte desaparezca. Desayunamos en el museo (de sal, cómo no) y luego hicimos las clásicas fotos jugando con la perspectiva. Más tarde nos subimos al techo del Jeep (ése día se nos unió Kaman, una curiosa y divertida chica de Hong Kong que merecería un post entero) y empezamos a surcar el salar inundado de agua. A partir de ese momento no hubo apenas espacio para conversaciones o bromas, ya que todo nos quedamos sin habla. Parecía que el coche fuera una barcaza que se deslizara con calma por un mar de sal, mientras el sol castigaba la superficie y unos pocos hombres cubiertos de cuerpo entero amontonaban este mineral en columnas para más tarde venderlo en Uyuni. Fotos, fotos y más fotos. Exclamaciones de sorpresa y bandadas de flamencos volando al raso. Y antes de dejar atrás este precioso y onírico paraje pudimos descalzarnos y pasear por el salar. El sol nos quemaba la cara mientras los pies, congelados por la frialdad del agua, pisaban los duros cristales de sal. Y así, con el la piel roja, la ropa manchada y encartonada por la sal y una sonrisa de oreja a oreja dijimos adiós al Salar de Uyuni, tal vez el paraje más bonito e insólito en el que he estado nunca.

Lo mejor del San Pedro de Atacama
El paisaje desolador de los valles y el desierto que lo circundan
Alquilar bicicletas a buen precio y recorrer las inmediaciones
El ambiente que se respira en el pueblo

Lo peor de San Pedro de Atacama
La racionalización del agua
Los precios de todos los productos y el abuso de comisiones en el cambio de divisas

Precios de San Pedro de Atacama (1€=640 Pesos chilenos)
Una noche en el hostel IH: 7.000 Pesos (para socios)
Cena completa en el restaurante El rincón de Carmen: 6.600 Pesos
Entrada de estudiante en el Valle de la Luna: 1.500 Pesos
Medio día de alquiler de bicicletas: 3.000 Pesos
Pollo con papas: 2.200 Pesos
Viaje de tres días a Uyuni con todo incluido: 68.000

Audio: Te recuerdo Amanda (Víctor Jara)

07 febrero 2012

De vinos y quebradas

A pesar de que los trámites burocráticos para cruzar la frontera chileno-argentina son una prueba de fuego para el más paciente (ya lo he dicho varias veces en este mismo blog), vale la pena llegar a Mendoza procedente de Santiago en autobús. El motivo es la serpenteante carretera que asciende los Andes y que regala unas vistas maravillosas a los sufridos pasajeros.

Nada más pisar Mendoza miré el correo en la misma estación de autobuses y comprobé que Agustín, un coach a quien le había pedido sofá con poca antelación, me invitaba a ir a su casa. Tomé un autobús urbano y llegué a su minúsculo piso, que me recordó mucho al mío de Barcelona. Después de charlar un rato salimos a pasear por la ciudad y cenamos un super pancho (un perrito caliente) regado con cerveza Andes. A la mañana siguiente me desplacé al vecino pueblo de Maipú, zona vinícola por excelencia. En las viñas de esta región se produce más del 70% del vino argentino. Ya en Maipú alquilé una bicicleta y me dispuse a pasar el día de bodega en bodega. Visité unas cinco, y en cada una de ellas caté algún caldo, evidentemente los más malos que tenían. Aprendí algunas cosas sobre el vino y las plantaciones, pero las explicaciones de los guías dejaron bastante que desear. A parte de vino también probé diferentes tipos de aceite y mermeladas. Volví haciendo eses al local que me había alquilado la bicicleta y llegué al centro de Mendoza ya negra noche, donde cené en un bareto.

La mañana siguiente visité el bullicioso y cuadriculado centro de Mendoza, pero a mediodía tomé otro autobús, esta vez dirección a Salta, el noroeste argentino. Mientras leía y esperaba la salida de mi autobús un par de chavales me intentaron hurtar la mochila pequeña que tenía cerca de los pies, pero al darme cuenta se fueron a paso rápido por donde vinieron.

El noroeste argentino
Tenía muchas ganas de visitar la ciudad de Salta y recorrer las quebradas norteñas antes de salir definitivamente de Argentina. Me habían hablado muy bien de la zona, y algunas fotografías que había visto lo corroboraban. Los bajos precios de los hostales y la comida ayudaron a que tuviera aún más ganas de conocer esta parte del país.

Llegué una nublada mañana a la estación de autobuses de Salta, y mientras me dirigía a pie al centro, donde se concentran la mayoría de los hostales, me crucé con los paisanos que iban a sus trabajos o quehaceres. La primera impresión que tuve de la ciudad fue muy positiva. Me gustó pasear por sus calles y contemplar edificios históricos; ver a los lugareños pasear y comer helados en las plazas y parques y perderme entre la multitud en las calles peatonales que conforman el centro comercial. Me impresionaron la catedral y la iglesia de San Francisco, así como el Museo Arqueológico de Alta Montaña (MAAM), donde se puede contemplar la momia de un niño inca de siete años que enterraron vivo hace cuatro siglos en la cima de una montaña a más de seis mil metros de altura. Algo más bajo es el cerro de San Cristóbal, donde subí a pie para contemplar la ciudad. Y después del esfuerzo pude comer una milanesa con papas en el mercado central, a más de cuarenta grados, por apenas 3 euros.

Como los paisajes que rodean Salta también son de gran atractivo contraté dos excursiones con una agencia para poder visitar Cachi (sí, es chachi) y la quebrada de Humahuaca. En la excursión del primer día cinco argentinos y servidor llenábamos un nuevo y moderno monovolumen, manejado por un guía encantador y muy culto llamado Ariel. Subimos por la cuesta del obispo hasta llegar a los 4.000 metros de altura, y una vez allí cruzamos el parque Nacional de los Cardones, donde hay una recta de más de 15 kilómetros (trazada inicialmente por los Incas) y millones de cactus. La excursión acabó en el bonito y pequeño pueblo de Cachi, donde a pesar de la invasión turística que sufre cada mañana mantiene aún su espíritu rural y tranquilo. En Cachi y en Salta fue donde empecé a ver población indígena, vestidos con sus atuendos tradicionales y dedicados a la vida de campo. A estas alturas aún me sorprende que la gente con la que coincidí en un comedor muy económico en Cachi, por ejemplo, sea tan argentina como los ejecutivos con blackberry que andan apresurados por el centro de Buenos Aires.

La segunda excursión fue a la espectacular quebrada de Humahuaca, un paraíso para cualquier geólogo. También me tocó madrugar, y el inicio del día se me hizo duro, ya que la noche anterior conocí a Víctor y Carlos, un par de madrileños muy majos que están estudiando en Buenos Aires y con los que me fui de parranda. A nosotros tres se nos unieron un par de argentinas y un mago belga, que con los trucos de cartas se ligó a una de las argentinas, y todos juntos nos fuimos a ver el desfile de carnaval que se organizaba en un barrio de Salta. Disfruté harto de ver como niños y jóvenes disfrazados con trajes regionales (algunos parecían Power Rangers) vivían su momento de gloria para el cual habían preparado diferentes coreografías durante todo el año. Otro elemento diferenciador es el spray de nieve. Es tradición en estas zonas comprar sprays y rociar con espuma a la gente. Nos faltó tiempo para armarnos con un bote cada uno y librar la guerra a cualquiera que se nos cruzara por la calle. Y aunque no es muy agradable que se te llene la boca o los ojos de espuma, es muy divertido sorprender a desconocidos.

Pero volvamos a Humahuaca. Las primeras dos horas en autobús me sirvieron para dormir y amortiguar la resaca, pero una vez en la primera parada, el pueblo de Purmamarca, abrí bien los ojos para observar los caprichosos colores de las montañas. En la quebrada paramos para hacer fotos a joyas naturales que reciben el nombre de Paleta del Pintor o la roca de Siete Colores, además de visitar un pueblo pre Inca: el pucara de Tilcara, desde donde se divisa gran parte de la quebrada. En el pueblo de Humahuaca, donde acabamos la excursión antes de volver a Salta, probé la carne de llama, que es parecida a la ternera pero que no contiene nada de grasa, y me sobró tiempo para deambular por sus calles bajo un sol de justicia.

Esa misma noche volvimos a salir de fiesta, aunque antes me metí entre pecho y espada mi último bifé argentino. Cenamos en un restaurante donde artistas locales hacían espectáculo de música folklórica y luego acabamos en una discoteca al uso. Y sin pasar por cama agarré mis bártulos puse rumbo de nuevo a Chile, esta vez a San Pedro de Atacama, donde se encuentra el desierto más seco del mundo.

Lo mejor de Mendoza
Los vinos
El Aconcagua (que no subí)
Tomar una cerveza en el centro

Lo peor de Mendoza
No hay muchas cosas que hacer en la ciudad

Precios de Mendoza (1€=5,5 Pesos argentinos)
Bus local 1,4 Pesos
1 choripán: 7 Pesos
Alquilar una bici en Maipú: 25 Pesos
Cata de vinos en cualquier bodega: 20 Pesos
Bus de Mendoza a Salta: 472 Pesos

Lo mejor de Salta
El centro de la ciudad
La catedral
La iglesia de San Francisco
El Museo de Arqueología de Alta Montaña
Las vistas desde el cerro de San Cristóbal
Sus empanadas
La fiesta de la calle Balcarce
Su carnaval
La amabilidad de su gente
Los precios (por fin) económicos
Los paisajes de TODA la región

Lo peor de Salta
Es caro llegar desde el sur
Cierto caos y desorden
Algunos puntos de la ciudad están sucios

Precios de Salta (1€=5,5 Pesos argentinos)
Una noche en el hostal Huasi Sol: 50 Pesos
Un plato combinado en el mercado: 15 Pesos
Cena a base de empanadas: 30 Pesos
Una excursión a Humahuaca + excursión a Cachi (dos días): 320 Pesos
Una carrera de taxi: 6 Pesos
Entrada al Museo de Arqueología de Alta Montaña: 10 Pesos (con carnet estudiante)
Lavandería: 30 Pesos
Comer llama a la cazuela: 40 Pesos
Bus de Salta a San Pedro de Atacama (Chile): 250 Pesos

01 febrero 2012

Una pequeña cata de Chile

Aunque apenas tenía un esbozo mental de qué ruta debía tomar en cada momento antes de llegar a Sudamérica, lo que tenía claro es que quería visitar tanto Argentina como Chile. Los dos países me parecen interesantes, tanto por su estrecha vinculación con la cultura española como por sus preciosos paisajes, pero una vez sobre el terreno me he dado cuenta que tenía que elegir uno u otro. Por comodidad y precios he acabado eligiendo Argentina. Así pues, en lugar de ir entrando y saliendo de ambos países he hecho sólo una corta incursión a la tierra que vio nacer al ahora venerado Alexis Sánchez (quien abre cada día los noticiarios chilenos).

Valdivia
Dejé Bariloche una fría mañana, cuando aún no estaban puestas las calles. Aunque me desperté con tiempo suficiente, tardé más de la cuenta en llegar a pie hasta la estación de autobuses, por lo que casi pierdo el bus que me tenía que trasladar a Osorno (Chile). A veces se agradece que en estos países la formalidad brille por su ausencia, ya que si me hubiera pasado esto mismo -llegar tarde- en Finlandia me habría quedado en tierra. Una vez en Osorno bajé del autobús y entré en la terminal, de la que salí dos minutos más tarde con un pasaje nuevo, esta vez rumbo a Valdivia. Cinco minutos después de llegar a Osorno lo estaba dejando atrás, ya que por lo que pude leer por internet y en la guía, Valdivia me ofrecía mucho más que esta mediana ciudad del interior. Y así fue. Nada más llegar a Valdivia busqué alojamiento, como es normal, y muy cerca de la estación encontré un hospedaje, Aredi. Se trataba de una casa en la que vivía una familia un tanto bizarra que alquilaba habitaciones (o piezas, como dicen por estos lares). A mí, por ir solo, me dieron la más pequeña, y resultó ser la típica despensa minúscula donde se guardan productos de limpieza y comida envasada reconvertida en habitación. La cama ocupaba toda la estancia, y la puerta no se podía abrir del todo porque se lo impedía el somier. A pesar de estas reducidas dimensiones y de que no contara con ventana alguna, me sentí bastante a gusto en el zulo.

La ciudad de Valdiviaes de tamaño medio y bastante agradable. Está cerca del Pacífico, y por ella transcurre un río por el que la gente pasea en piragua (los locales) o patinetes (los turistas). Tiene bastantes comercios y alguna plaza agradable en la que descansar y ver pasar la vida. Relativamente cerca hay una fábrica de cerveza (Kunstmann), y algunas compañías hacen tours con barcas hasta la desembocadura. De lo que más me gustó de la ciudad fue su ambiente marinero y volver a comer pescado. Después de una dieta forzada a base de más empanadas que de carne, fue un auténtico placer deambular por el mercado central y comer en una mugrienta tasca una buena merluza con acompañamiento. La cerveza, como ya me he habituado, de litro. Aunque en Chile se coma más pescado que en Argentina, me sorprende aún que en estos países, con miles de kilómetros de costa, no consuman pescado. En Argentina, por ejemplo, aún no he vito ni una pescadería.

Si no es aquí es en Pekín,
y si no, en Pucón

Y tras un par de días en Valdivia tocaba mover ficha de nuevo, tal vez más rápido de lo que me hubiera gustado ya que quería estar para mi cumpleaños en Santiago. Antes de llegar a la capital decidí parar en Pucón, una tranquila población a los pies del volcán Villarica y rodeado de parques naturales. En esta época del año Pucón es un hormiguero de turistas que quieren subir al volcán, hacer rafting o trekking. Después de preguntar precios me decanté por la opción más barata, es decir, tomar un bus urbano y acercarme al Parque Nacional de Huerqueue, donde tras pagar una entrada el doble de cara que los nacionales (y este extremo ya me empieza a tocar la moral) pude pasar un fantástico día entre lagunas y bosques. Me sorprendió que, tal y como me había sucedido en Argentina, a pesar de ser pleno verano pude pasar el día entero en el parque sin apenas cruzarme con más personas. Las lagartijas, sin embargo, abundaban.

Y una vez agotadas las opciones baratas de Pucón agarré un autobús nocturno para llegar a Santiago, la capital del país. La primera impresión que tuve de la ciudad confirmó lo que ya sospechaba: Santiago es una moderna ciudad, limpia y cívica, con amplias avenidas y adornada con una permanente neblina de contaminación. Los días que pasé en Santiago estuve alojado como un marajá en casa de Gerard, que muy a su pesar se ha convertido después de cuatro años en un chileno más. Gerard vive en Las Conde, una gran barriada de clase media-alta. Pude pasear con él por su barrio y también por algunas zonas pudientes, donde fuimos a cenar un par de veces, y me sorprendió el lujo de los edificios y lo meticulosamente cuidadas que estaban las calles. Evidentemente Santiago tiene barrios más humildes y su ración de zonas peligrosas, pero no las visité. Adonde sí fui, en cambio, es a la plaza de la Moneda, donde hace 32 años Allende se suicidó después de un golpe de estado perpetrado –entre otros- por un malnacido apellidado Pinochet. El palacio no se puede visitar, pero pude gozar de un magnífico Museo de la Memoria, donde el visitante se puede hacer una idea de lo dura que fue la dictadura militar y conocer algunos de sus métodos de tortura. También visité La Chascona, una de las tres casas que tuvo el poeta nacional Pablo Neruda. Esta casa, situada en los pies del cerro San Cristóbal, está conformada por tres módulos diferentes y cada estancia está repleta de objetos que fue coleccionando a lo largo de su vida. Desde este mismo cerro, al que subí en funicular, pude contemplar la infinita extensión de edificios que conforman la ciudad de Santiago, así como las montañas pre andinas que la rodean.

Una escapada a Valparaiso
La anodina Santiago contrasta con Valparaiso, una ciudad de tamaño medio que se asoma al Pacífico. Allí me fui a pasar el día y a comer otra vez pescado. Me encantó la decadencia que se respira en lo que un día fue uno de los puertos más importantes de América. Las casas de colores se suceden a lo largo de los muchos cerros que rodean el centro, y unos ajados funiculares llevan a turistas y vecinos a las zonas más altas, desde donde se puede gozar de una vista preciosa de la ciudad. Abundan maleantes en la zona del puerto, pero también pequeñas galerías de arte y ateliers en las barriadas empinadas. Aunque Valparaiso no gusta a muchos, me pareció una ciudad interesante y llena de vida; de artistas y vividores, y un fantástico lugar donde pasear un día entero.

El día de mi 29º cumpleaños, que cayó en sábado, fui a cenar con Gerard, su novia y la madre de ésta (que también estaba de visita) y unos amigos suyos a un restaurante indio de lujo. Me regalaron por sorpresa una camiseta de latín lover negra (siempre se agradecen los regalos sorpresa y más si es el único que se recibe) y la gozamos charlando con los amigos mexicanos y colombianos. La velada la acabamos en casa de uno de los del grupo, bebiendo cerveza y escuchando Antònia Font, uno de los grupos favoritos del mexicano, de quien se sabía de memoria las letras. Cosas surrealistas que le suceden a uno viajando. Y después de estar pocos días en Chile crucé de nuevo los Andes para poder beber buen vino en Mendoza. De eso hablaré en unos días.


Lo mejor de Chile
Es un país cívico, ordenado y desarrollado
Buenas comunicaciones
Grandes paisajes (y muy diferentes) y bonitas poblaciones de costa
Comen más pescado que en Argentina
Santiago es una buena ciudad para vivir, pero muy modesta para hacer turismo

Lo peor de Chile
No es un país barato
Cuesta entender a los chilenos
Santiago está permanentemente contaminado

Precios de Chile (1€=640 Pesos Chilenos)
Menú en mercado de Valdivia: 4.600 Pesos
Habitación zulo en Valdivia: 5.000 Pesos
Hostal en Pucón: 8.000 Pesos / noche
Entrada Parque Nacional Huerqueue: 4.500 Pesos
Bus de Pucón a Santiago (12 h): 13.400 Pesos
Billete de metro en Santiago: 580 Pesos
Entrada de estudiante a la casa de Neruda: 1.500 Pesos

23 enero 2012

Bariloche, la capital de los lagos multiculor

Bariloche, la capital de los lagos patagónicos, es uno de los principales destinos turísticos de Argentina. En invierno se llena de esquiadores que disfrutan de las numerosas pistas que hay en la cercana cordillera de los Andes, frontera natural con el país vecino, Chile. Y en verano los que se acercan a Bariloche buscan excursiones por la montaña, bajar ríos bravos haciendo ráfting y sobre todo tostarse en las preciosas playas que tienen los lagos.

Lo primero que hice al llegar fue coger un autobús y acercarme al cerro de Campanario, una pequeña cima desde la que se divisa con una visión de 360º una vasta parte de la región. Se puede tomar un telesilla pagando una burrada por diez minutos de trayecto o bien se puede sudar la gota gorda y subir a pie. Arriba, uno puede degustar lo que ofrece una confitería que increíblemente se construyó en el cerro o comiendo un bocadillo preparado in situ .

Con un bocadillo en la mano derecha y una cerveza Quilmes en la izquierda me dispuse a disfrutar de las maravillosas vistas que aparecieron ante mi un precioso día soleado. Los lagos, brillantes por el impacto de los rayos del sol, parecían láminas de metálicas encajadas entre montañas. El paisaje es tan bonito que parece que un ser superior hubiera diseñado a placer la estampa y hubiera colocado tantos lagos como quiso. Pero no sólo de paisajes vive el hombre, así que después de estar un rato observando el horizonte bajé de nuevo a la carretera principal y me acerqué al Parque Llao Llao. Allí di un buen paseo entre bosques y más lagos, y cuando ya empezaba a oscurecer volví a Bariloche.

En el hostal Pudu conocí gente muy maja: australianos e ingleses la mayoría, pero también algún brasileño, finlandés y un francés muy simpático. Los encargados del hostal fueron encantadores y serviciales, y a diferencia de los que había conocido con anterioridad pude establecer una relación que fue más allá de dueño-cliente. Una noche hicimos asado (yo me limité a beber cerveza mientras conversaba con el encargado de cocinarlo y a babear mientras se hacía la carne), y otro día nos fuimos unos cuantos de excursión al refugio Italia, situado en la Laguna Negra. Llegamos sudorosos después de una buena subida, pero el baño en las gélidas y cristalinas aguas de la laguna compensaron todo esfuerzo. Pasamos la noche en el pequeño y acogedor refugio, una casita que carece de luz eléctrica y que recoge el agua del mismo lago, y durante la cena conocí a otros excursionistas argentinos.

La falta de presupuesto me impidió comer a placer productos típicos de la zona, como el chocolate o las fondues que preparan numerosos restaurantes, y después de unos cuantos días en la zona, algunos llenos de actividad y otros de relax, cogí un autobús (que por poco pierdo) y me trasladé a Valdivia, Chile. De los leones marinos que se ven cerca del mercado de Valdivia y de la excursión que realicé en Pucón hablaré en otro post.

Lo mejor de Bariloche:
Las vistas desde los miradores
Los lagos, su transparencia y gama de colores
Las númerosas actividades que se pueden hacer tanto en invierno como verano
El chocolate, las fondues y pescados
Gran variedad de alojamiento y buena calidad

Lo peor de Bariloche:
Es difícil visitar la zona (y hacer la ruta de los siete lagos) sin vehículo propio
Todas las actividades deportivas son caras
De difícil acceso viniendo del sur

Precios de Bariloche: 1€ = 5,5 Pesos
Una noche en hostal Pudu 60 Pesos
Una cerveza grande en el hostal 15 Pesos
Una hamburguesa 28 Pesos
Asado en el hostal 50 Pesos
Bus a cerro Campanario 3 Pesos

Audio:
Estadio Azteca (Andrés Calamaro)

16 enero 2012

Diccionario argentino

Aparte del clásico binomio "Che boludo", los argentinos poseen un amplio vocabulario ininteligible para un español que no haya tenido bastante contacto con el país de Maradona. Muchas palabras proceden de otros idiomas, y la mayoría pertenecen al lunfardo, un 'dialecto' nacido en las cárceles porteñas que a golpe de tango se fue extendiendo por el país. La verdad es que resulta todo un espectáculo oír una conversación entre jóvenes en cualquier calle de Buenos Aires, y uno se pregunta en más de una ocasión si está escuchando español o quechua.

Aquí van algunas palabras diferentes a las que se usan en España (algunas reconocidas por la RAE y otras sólo correctas en el imaginario lingüístico argentino) que a mí me han resultado graciosas.

Boliche: discoteca
Trucha: falso
Vocero: portavoz
Bondi: autobús
Coger (follar). He borrado de mi diccionario el verbo coger en Argentina, y no hablemos del verbo recoger!
Heladera: nevera
Metegol: futbolín
Papifutbol: fútbol sala
Pool: billar
Matafuegos: extintor
Plomero: fontanero
Zapanza: barriga
Pollera: falda
Remera: camiseta
Chomba: polo (de vestir)
Cana: cárcel
Morfar: comer
Chavón: tio
Maní: cacahuete
Escaviar: beber alcohol
Chamayo: dar palique
Vaca: bote común
Pileta: piscina
Pieza: habitación
Ripio: camino de piedras
Boludo: tio, colega

Diccionario lunfardo

11 enero 2012

Por glaciares y senderos

Aunque los autobuses argentinos son cómodos, fue un placer recorrer el trayecto desde Ushuaia hasta el Calafate en el imponente 4x4 de Fernando, el brasileño que conocí en el hostal. Al ser año nuevo e ir en coche particular pudimos pasar muy rápido las dos fronteras con Chile y pararnos tantas veces como quisimos para tomar fotos; el paisaje bien lo merecía (mirar las fotos que tengo en el Picasa). Una vez instalados en un bueno hostal de El Calafate salimos a cenar, y Diego y yo invitamos a unas deliciosas pizzas a Fernando. Era lo mínimo que podíamos hacer después de que nos permitiera ahorrar cerca de cien euros en autobuses. El Calafate es otro pueblo sin mucho encanto, aunque la vía principal tiene vida a todas horas. Los turistas, mayoría en este lugar, abarrotan las terrazas, pasean, ojean recuerdos para llevarse a casa y compran ropa de montaña, como en Ushuaia. Aunque El Calafate es muy pequeño tiene aeropuerto, ya que a escasos ochenta kilómetros se encuentra su principal reclamo turístico: el Perito Moreno.

Un monstruo de hielo
Me gustaría poder emular al mítico presentado Pedro Piqueras para presentar el espectáculo de la naturaleza que es el Perito Moreno. “Sobrecogedor”; “impactante”; “desmesurado”; “imponente” o “majestuoso” serían algunos de los adjetivos pomposos que usaría para definir la primera imagen que uno tiene del glaciar más famoso del mundo. Palabras similares a las que también usé para referirme a las cataratas de Iguazú. La mañana que visitamos el Perito nos levantamos a las cinco, ya que nos había llegado el rumor de que si llegabas antes de las siete de la mañana al parque no te cobraban entrada. Lamentablemente encontramos un guarda custodiando el ingreso que nos hizo esperar hasta las siete y nos obligó a abonar los 100 Pesos (20 euros) de la entrada. Durante un par de horas estuvimos nosotros tres solos delante de esa imponente pared de hielo azul, una lengua petrificada que parece que se hubiera detenido a pocos metros del mirador para ser observada. El último tramo de carretera antes de divisar este fenómeno se hizo muy largo, y en el coche reinó el silencio hasta que vimos el glaciar al salir de una curva de derechas.

Paseamos anestesiados por las kilométricas pasarelas que hay instaladas en el parque y pudimos oír crujir la masa de hielo. Vimos caer bloques al agua y cómo se alejaban pacíficamente per la Laguna de los témpanos. El color del glaciar muta dependiendo de si le dan o no los rayos del sol, y va desde un blanco inmaculado a un azul turquesa o azul marino. Al llegar el cielo estaba encapotado, pero cuando finalmente el primer rayo de luz iluminó la mole tuve la sensación de que se hubiera aparecido la misma Virgen María.

Aparte del glaciar, y aprovechando que disponíamos de coche, fuimos a dar una vuelta hasta el cercano Lago Roca, otro regalo para la vista. Paseamos por las praderas que lo rodean y vimos cómo un gaucho montado a caballo trasladaba un buen rebaño de vacas y caballos. De telón de fondo, como siempre en esta zona, montañas escarpadas con los picos nevados. Me pareció estar en la Ponderosa...

Lo mejor de El Calafate
El Perito Moreno
Los paisajes de las montañas cercanas
Buena oferta de hostales y restaurantes
Muchas posibilidades de excursión

Lo peor de El Calafate
Los precios son elevados
Para ir a estancias o hacer rutas se precisa coche o contratar excursiones muy caras

Precios de El Calafate (1€=5,4 Pesos)
Entrada al Perito Moreno (para extranjeros): 100 Pesos
Una cena a base de pizza: 90 Pesos
Comprar para desayunar y cenar en un supermercado: 42 Pesos
Una noche con desayuno en el hostal Calafate: 60 Pesos


El Chaltén
Tras un par de días en El Calafate nos dirigimos al paraíso de los montañeros y escaladores en Argentina: El Chaltén. Este pequeño pueblo, fundado por aventureros europeos hace apenas 25 años, es la meca para los que quieren hacer excursiones o escalar paredes rocosas. Se encuentra en la falda del mítico Fitz Roy, y desde aquí se pueden hacer muchas salidas diferentes. Como ya es habitual en mí, tuve la genial idea de hacer dos excursiones en un solo día, lo que me reportó fantásticas vistas pero también unas agujetas que duraron un par de días. Para colmo, la uña del dedo gordo del pie derecho, negruzca desde hace medio año, me empezó a avisar que en breve se caerá. Con este panorama, tras visitar La laguna de los Tres y la Laguna de Torre, los días siguientes hice reposo y apenas paseé hasta los miradores más cercanos.

A El Chaltén hay que venir con un buen cojín de días, ya que es un muy buen campamento base para pasar unas semanitas en la alta montaña, y más si el cercano parque de Torres del Paine (Chile) está medio cerrado por un incendio, como me ha pasado. Cerca del pueblo hay espacios donde plantar la tienda y subir montañas escarpadas. Además, los más atrevidos también pueden pegarse un palizón y encaramarse a alguno de los glaciares que hay por la zona. Unos veinteañeros argentinos del hostal me explicaron su excursión, totalmente alocada, que consistió en cruzar un río helado en calzoncillos para poder llegar a un glaciar. Creo que no hace falta hacer tanto el cabra para disfrutar de estos paisajes, aunque tengo que admitir que me produjeron cierta envidia.

El Chaltén es muy bonito, pero todo en esta vida tiene un pero, sobre todo para mí, crítico de nacimiento. Es muy difícil hacer autoestop por la Ruta 40, la mítica carretera que sube hacia el norte, y los billetes de autobús son caros. Esta carretera, la Ruta 40, es preciosa si la haces en moto, como si estuvieras en el Dakar, pero no en autobús. Cuando me quise dar cuenta me había quedado atrapado sin posibilidad de salir. No me quedó más remedio que pagar 600 Pesos (más de 100 euros) y esperar tres días para poder coger un bus que me llevaría hasta Bariloche. Dos días de viaje y una noche dormida en un antro en la población de Perito Moreno fue el peaje a pagar para dejar atrás El Chaltén y plantarme en Bariloche, donde actualmente estoy. En breve comentaré (con fotos) cuánto son de bonitos los lagos de por aquí. Por cierto, uno de ellos se llama Gutiérrez.

Lo mejor de El Chaltén
Las vistas al monte Fitz Roy
Las múltiples excursiones que hay por las montañas colindantes
Es una zona ideal para hacer escalada
Es un pueblo pequeño donde acabas conociendo a todo el mundo, al menos de vista
El ambiente montañero que se respira

Lo peor de El Chaltén
Los precios del supermercado
Cuando hace mal tiempo no hay gran cosa a hacer
Al estar bastante incomunicado cuesta tiempo y dinero volver a la “civilización”
No hay apenas internet, y cuando encuentras va muy lento

Precios de El Chaltén (1€=5,4 Pesos)
Una noche en el hostal El Refugio (sin sábanas ni desayuno): 35 Pesos
Una cerveza de litro (devolviendo el envase): 12 Pesos
Una lata de Coca-Cola en el súper: 4 Pesos
Carne y vino para hacer un asado: 55 Pesos por cabeza
Un bocadillo de milanesa: 25 Pesos
Un bocadillo de pollo: 15 Pesos
Un café con loche: 14 Pesos


Audio:
Charly García, un emblema del rock argentino

06 enero 2012

«Ushuaia, fin del mundo, principio de todo»

Éste es el lema que ha tomado la ciudad de Ushuaia para atraer a miles viajeros y hacer del turismo una importante fuente de ingresos. Ushuaia, palabra que proviene del idioma yagán y que vendría a significar 'Bahía profunda', es la capital de la provincia de Tierra de Fuego y Antártida. Hace tiempo que es una ciudad muy próspera, y por eso muchos argentinos del norte y otros suramericanos la eligen para buscar trabajo y ahorrar. Los sueldos en las numerosas fábricas que hay en la zona son muy altos, y parece que compensan las adversidades climatológicas y el aislamiento. Verbigracia: el sueldo de un conductor de autobús es de mínimo 1.200 euros mensuales aproximadamente, nada mal para los parámetros argentinos.

Volviendo al título de esta entrada, Ushuaia es en teoría es la ciudad más austral del mundo, aunque un poco más al sur, al otro lado del canal Beagle, se encuentra el pueblo de Puerto Williams, perteneciente a Chile. Los de Ushuaia esgrimen que Puerto Williams no llega a la categoría de ciudad, y con ese argumento explotan hasta la saciedad que son la ciudad más al sur del planeta. Tal vez seducido por esta característica me pareció que era un buen lugar donde pasar la Nochevieja. Venía bajando por la costa argentina, y Ushuaia se iba a convertir en un momento clave en mi viaje, ya que sería el lugar donde cambiaría de rumbo y dejaría de ir al sur para volver al norte, ahora con Colombia como objetivo.

Llegar a Ushuaia no fue fácil. Proveniente de Río Gallegos,cogí un bus para recorrer los escasos 600 km que separan ambas ciudades. El viaje fue una odisea; no por la distancia o por tener que recorrer varios kilómetros sobre caminos de tierra, sino porque un tramo de la carretera pasa por territorio chileno, lo que te obliga a sufrir cuatro puestos aduaneros y realizar unos trámites que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. La burocracia eterniza el trayecto, y las autoridades chilenas, mucho más escrupulosas que las argentinas, te prohíben cruzar su territorio portando fruta o semillas, algo totalmente absurdo (no creo que el ecosistema de ambos países difiera mucho).Tras doce horas de bus llegué al anochecer a Ushuaia. La primera cosa que me sorprendió es la luz, no sólo los matices y brillo que toma el cielo en estas latitudes, sobre todo que en el verano austral pasadas las diez de la noche aún se puede ver con claridad.

Medio decepcionado
Ushuaia está muy presente en la mente de cualquier viajero por lo que representa y es parada obligada para los afortunados que tras pagar unos 4.000 euros se embarcan a la Antártida, pero a mi me defraudó. La ciudad, de poco más de 60.000 habitantes, no es del todo fea, pero tampoco bonita. Está enclavada en el canal de Beagle, por donde hace algunas décadas los primeros exploradores las pasaron canutas a bordo de barcos de madera, y tiene como telón de fondo montañas escarpadas que conservan nieve todo el año. El núcleo urbano es anodino, y sus calles llenas de turistas vestidos de cabeza a los pies con ropa de montaña Columbia o North Face. Abundan tiendas de deportes y de souvenirs, y lo mejor que ofrece la ciudad es visitar unos cuantos museos (Museo del fin del mundo, Museo del Presidio, Museo Yámana) caros que curiosamente cierran durante Navidad. Lo más interesante de la zona, sin embargo, está en las inmediaciones.

Parque Nacional de Tierra del Fuego
La visita a este parque, situado a escasos 12 km, es obligada. Me levanté temprano para poder llegar antes de que lo hiciera el guarda y así entrar gratis (la entrada ronda los 80 Pesos, unos 17 euros). Hay varios senderos muy bien señalizados, y elegí el que recorre la costa. Durante algo más de tres horas no me crucé con ningún humano; sí, en cambio, con enormes conejos y muchos pájaros. El paseo es muy asequible, y en un cierto punto se pude mandar una postal a casa desde, de nuevo, “la posta más austral del mundo”. Se trata de una pequeña cabaña regentada por un afable hombre con barba, simpático y gran conocedor del mundo. Estuvimos charlando un poco sobre la vida y antes de despedirnos me regaló una cerveza. El parque, donde se puede acampar, también ofrece otros senderos por dentro de los bosques y uno que sube a un cerro llamado Guanaco.

Otra excursión que hice fue al glaciar Martial, a un par de horas a pie del centro de la ciudad. Aunque no tenga nada que ver con el de Perito Moreno ofrece unas fantásticas vistas de Ushuaia y del canal de Beagle. Diferentes agencias de turismo ofrecen salidas por el canal de Beagle para avistar pájaros, pingüinos o el mítico faro del Fin del Mundo, pero no me apunté a ninguna porque me parecieron una tomadura de pelo. Sí que me hubiera gustado llegar al lago Esmeralda o el lago Escondido, pero los precios de dichas salidas también se disparaban.

Una Nochevieja descafeinada
Tal y como me pasó en Nochebuena, no tenía plan para pasar el fin de año, así que me apunté a la cena que se organizaba en el Haush, el hostal donde estuve alojado. Éramos unos doce chicos, entre mochileros y responsables del hostal. Cenamos embutido (si es que se puede llamar así a lo que ofrecen aquí) y bebimos vino de la zona. Como en Argentina no hay tradición de comer 12 uvas al llegar la medianoche (descubrí que en Colombia sí lo hacen) otro chico de Barcelona que curiosamente vive a escaso kilómetro de mi casa y yo nos preparamos unos cacahuetes y los comimos en substitución de las uvas. La verdad es que me gustó esta nueva modalidad, y no descarto implantarla cuando vuelva a casa, ya que nunca he sido capaz de comer las uvas sin vomitar. Después de la cena llegó una familia colombiana que también se alojaba en el hostal. Estaba formada por un matrimonio de unos cincuenta años y sus tres hijos y habían ido a cenar fuera. Ellos fueron los que me dijeron que en Colombia también comían uvas. Como todos los colombianos que me he encontrado por el camino, resultaron ser encantadores y muy educados. La madre, aún no entiendo muy bien por qué, le dio por dedicarnos a todos una oración religiosa en el momento de brindar. Me pareció estar en una película yanqui, donde los protagonistas dan gracias al Señor por los alimentos comidos. Tras un poco de charla me retiré a dormir. Creo que nunca antes había ido tan pronto a la cama. Y a toro pasado creo que acerté, ya que los chicos que se quedaron bebiendo acabaron la fiesta en un local de alterne de mala muerte.

El día 1 de enero me me despertó a las 8 de la mañana un compañero de habitación que se estaba vistiendo. Era Fernando, un brasileño muy majo dueño de una empresa de parapentes y ropa de deporte. Se iba dirección a El Calafate, como yo, con la diferencia de que él no viaja en autobús ni a dedo, si no en un confortable 4x4. Le pregunté si me podía apuntar con él y me dijo que sí, por lo que adelanté un día mi marcha de Ushuaia. Al final se nos apuntó Diego, un gallego de mi edad que también está viajando por América. Así fue como mientras la ciudad dormía la mona los tres dejamos Ushuaia. En la siguiente entrada hablaré del fantástico viaje en coche que hicimos para llegar a El Calafate y la sobrecogedora visita al Perito Moreno.

Lo mejor de Ushuaia
El Parque Nacional Tierra del Fuego
El glaciar Marcial
Algunas lagunas cercanas a la ciudad
Las vistas al canal de Beagle
Muchas horas de día en verano
La tonalidad del cielo
Buena oferta de alojamientos
Una oficina de información al turista competente

Lo peor de Ushuaia
Difícil y caro de llegar desde la parte continental
No puedes guardar la chaqueta ni en verano
Los negocios y restaurantes no son nada baratos
Los museos son muy caros y cierran en Navidad

Precios de Ushuaia (1€ = 5,4 Pesos)
Una noche en el hostal Haush sin desayuno 70 Pesos
Taxi hasta el Parque Nacional Tierra de Fuego 46 Pesos
Bocadillo para comer 17 Pesos
Una postal 8 Pesos y un sello a Europa 10 Pesos
Cuatro empanadas pequeñas 16 Pesos
Plato combinado en restaurante barato 71 Pesos


Audio:
Un par de canciones mapuches, del pueblo casi exterminado de la Patagonia (Argentina y Chile):

En mapudungún
En español