08 mayo 2012

Del frío de Quito al calor de Colombia

Aunque Guayaquil es la ciudad más poblada de Ecuador, no es nada atractiva para el turista. Apenas hay sitios que merezcan la pena visitar, y la humedad que se respira durante todo el día no anima a quedarse. Así que una vez que llegó Sandra procedente de Berlín (eso sí que es cambiar de planeta en pocas horas), nos largamos hacia la capital del país, Quito. Como yo ya había visitado parte de la costa ecuatoriana y Cuenca, y los dos nos moríamos de ganas de entrar en Colombia, sólo hicimos esta parada.

El frío nos sorprendió al bajarnos del autobús que nos trajo de la cálida Guayaquil. Llegamos ya de noche, y cogimos un trolebús hasta el centro de la ciudad, en concreto hasta Santo Domingo. Elegimos el primer hostal que nos pareció limpio y económico, el Rincón Familiar, para descubrir al día siguiente que aunque los dueños eran encantadores nos habíamos metido en un hotel por horas. Ya nos entendemos.

La primera noche paseamos por la bonita aunque turística calle La Ronda, y acabamos cenando unos pollos en un lugar común. Y a la mañana siguiente visitamos Quito bajo un cielo encapotado y a ratos bajo una tímida lluvia. Entramos a la basílica y algunas iglesias céntricas, y nos gastamos un buen dinero para subir en teleférico a un cerro cercano desde el que se divisa la ciudad. Por la noche volvimos a pasear por La Ronda y probamos el morocho, un tipo de empanada que lleva maíz triturado en su interior. Como era viernes había mucha gente paseando por la calle, y nos coincidió ver un espectáculo que organizaban en unas carpas con motivo del bicentenario de la Constitución de Quito (la independencia de España). Al ser gratuito, decidimos entrar a probar. La dinámica consistía en hacer en grupo un recorrido (éramos los únicos no ecuatorianos) por varias carpas en las que actores disfrazados de la época explicaban el proceso de independencia. Nos hizo gracia ver como animaban al público a gritar consignas contra los ‘españoles’ y cómo acusaban a espectadores al azar de ser ‘colonizador’. Alguna broma pesada a parte, reímos bastante con la representación y aprendimos un poco sobre la historia reciente del país.

A la mañana siguiente, y en vistas de que el tiempo no mejoraba y que habíamos visitado lo más bonito de Quito, nos subimos a un autobús que nos llevó a la frontera con Colombia. A diferencia de otros países en los que puedes pasar de país a país con el mismo autobús, aquí tuvimos que coger un taxi hasta la aduana, cruzar a pie la línea imaginaria que separa Ecuador y Colombia, y hacer todo el papeleo. En menos de una hora ya teníamos en nuestros pasaportes los sellos correspondientes y el funcionario de aduanas colombiano nos daba la bienvenida. Para llegar a Upiales, el primer pueblo de Colombia, tuvimos que coger un taxi, ya que no había transporte público, pero como no teníamos aún pesos colombianos y sólo nos quedaban dos dólares en el bolsillo (y nos pedían 4 dólares por la carrera), tuve que empeñar mi candado para que un taxista de lo más peculiar nos acercara a la terminal de Upiales. Allí nos montamos en otro bus, esta vez nocturno, que nos llevo hasta Armenia, el corazón del eje cafetero.

Tal y como llegamos a Armenia desayunamos en la estación huevos revueltos, tinto (café solo) y tostadas, y dejamos las mochilas en consigna para poder hacer una excursión por el espectacular valle de Cocora. Primero tuvimos que llegar a Salento, una bonita población colonial que el fin de semana se llena de domingueros colombianos que van a pasear y comprar artesanías. Una vez allí nos subimos como unos refugiados que huyen del país más de siete persones a un jeep (que aquí llaman Willy) que nos dejó en la entrada del valle. Ya en Cocora, paseamos durante todo el día haciendo un recorrido circular. Primero anduvimos por el verde valle, en el que abundan altas palmas, y luego nos adentramos a un bosque selvático en el que tuvimos que cruzar varias veces un río por puentes de dudosa seguridad. Volvimos al pueblo a través de un alto desde el que se vislumbraba la totalidad del valle de Cocora, un paisaje precioso que parecía sacado de la seria Lost.

Algo cansados y más sucios volvimos retrocedimos a Armenia, donde cogimos otro bus hasta Manizales, otra punta del eje cafetero. Llegamos exhaustos a Manizales, por eso, tras una reparadora ducha y picar algo para cenar nos fuimos a dormir. Por la mañana paseamos por la ciudad y disfrutamos de los primeros menús completos colombianos y de la amabilidad de la gente de la zona, la más simpática y educada que me he encontrado en todo el viaje (y en las antípodas de la que conocí en Bolivia o algunas zonas rurales del Perú). Y por la tarde nos relajamos en unos baños termales naturales, con agua a más de 35 grados centígrados. Esas aguas calientes provienen de un volcán cercano que se llama Ruíz y que no pudimos visitar ya que esos días estaba en alerta por riesgo de erupción.

Y el segundo día en Manizales lo pasamos en una hacienda cafetera. Contratamos un tour que a priori nos pareció caro pero que una vez finalizado se convirtió en una de las mejores inversiones del viaje. Visitamos una casa feudal cafetera, nos explicaron toda la historia y tipologías de café que existen y luego paseamos por la finca, que a parte de preciosa estaba perfectamente conservada. Antes de acabar la visita saboreamos sanchocho (un plato típico colombiano a base de sopa con diferentes tipos de carne) y nos tomamos unos deliciosos últimos cafés.

Y ésta fue la primera parada en la anhelada Colombia. Dejamos la zona del café para emprender un largo viaje que nos llevaría después de coger un par de autobuses a Turbo, la ciudad que sirve de base para visitar los pueblos caribeños que Colombia tiene a tocar de Panamá.

Lo mejor de Cocora y el Eje Cafetero
El paisaje verde y las altas palmas de las praderas
Montar en un willy (jeep) para llegar al valle de Cocora
Aprender sobre el café y pasear por fincas cafeteras
Saborear un café excelente

Lo peor de Cocora y el Eje Cafetero
A Cocora hay que ir preparados con botas de agua
El precio del willy (3.000 cop) es caro
Salento el domingo se llena de domingueros
El alojamiento en Manizales es escaso y caro

Precios de Cocora y el Eje Cafetero (2.300 Cop = 1 euro)
Bus Armenia Salento: 6.000 COP
Visita guiada a finca cafetera (con transporte desde Manizales): 30.000 COP
Una noche en hostal de Manizales: 22.000 COP
Menú de mediodía: 8.000 COP

Audio: Juanes

29 abril 2012

Degustando Lima, paseando por la ciudad blanca de Arequipa y observando cóndores en el Colca

Llegué a Lima un par de días antes de que lo hicieran mi madre y Josep, tiempo suficiente para encontrar un hotel adecuado para ellos (me despedí de las habitaciones compartidas por una semana, tal y como ya hice en Buenos Aires) y conocer esta gran urbe de más de 8 millones de habitantes. Tuve suerte y una chica muy simpática que conocí en Couchsurfing me acogió en su casa, así que a parte de ahorrarme unos soles me permitió conocer a su familia y un plato peruano que me encantó: los anticucho (corazón de la vaca a la brasa). El día que llegaba mi visita me mudé al Hotel España, una particular y céntrica posada que parece un museo, lleno de cuadros gigantes que bien podían estar en el Prado (si fueran de Goya y originales), grandes espejos y un mini zoo en la azotea. Una vez llegaron Josep y mi madre recorrimos primero el casco antiguo de Lima y visitamos la catedral (que tiene la particularidad de tener el techo de madera por si hay otro terremoto en el futuro, algo más que probable), y el lujoso palacio del arzobispado (contiguo a la catedral y un derroche de lujo con el que siempre se ha caracterizado la cúspide eclesiástica).

También nos acercamos a Miraflores, un encantador barrio formado de callejuelas limpias y pintorescas y lugar que muchos europeos que residen en Lima eligen para vivir. Allí se encuentra también uno de los mejores restaurantes de la capital y por ende del continente, Ástrid y Gastón, en el que reservamos mesa para probar su menú degustación y celebrar por todo lo alto los 53 años de mamá. Empezamos saboreando un delicioso pisco sour, la bebida nacional del país, y luego disfrutamos durante más de tres horas de platos típicos peruanos, como el ceviche o el rocoto relleno. Todos estaban perfectamente presentados y elaborados, pero el lujo (y sobre todo los vinos) inflaron la cuenta demasiado. Suerte que no me tocaba pagar a mí.

Después de recorrer Lima nos desplazamos a Ica, una polvorienta y ruidosa ciudad en la que hicimos noche para poder visitar al día siguiente la reserva natural de Islas Ballestas. A estos islotes, poblados exclusivamente por focas, pingüinos y millones de pájaros de diferentes especies, se llega en un tour de barca de apenas un par de horas. Es realmente impactante no solo que las lanchas se acerquen tanto a las playas en las que dormitan y se pelean focas y leones marinos, sino especialmente el ruido y fetidez que profieren los pájaros que sobrevuelan constantemente el cielo y reposan en las rocas. Tras esta breve parada en las Ballestas, tomamos otro autobús, esta vez un nocturno de lujo, camino de Arequipa, la ciudad blanca que vio nacer a Mario Vargas Llosa. De Arequipa me gustó en primer lugar su ubicación1, ya que desde la mismísima Plaza de Armas se puede divisar el nevado volcán Misti como telón de fondo (una montaña de más de seis mil metros a apenas veinte kilómetros). Disfrutamos callejeando por el centro y recorriendo el enorme y pintoresco Monasterio de Santa Catalina, una mini ciudad en la que vivieron las hijas de las familias pudientes que no encontraban casadero y en el que actualmente aún residen unas pocas monjas de clausura. Una vez más, tal y como percibí en el palacio arzobispal de Lima, la Iglesia Católica se reveló contradictoria e injusta, pues las jóvenes monjas que habitaban este lugar podían tener varias muchachas de servicio y cuberterías de oro y plata, por ejemplo.

En esta ciudad sureña no sólo disfrutamos de la arquitectura o las vistas de la sierra, también comprobamos por qué es tan famosa su gastronomía, en la que destaca el rocoto relleno (pimientos picantes rellenos de carne picada y queso). Finalmente, antes de volver hacia Lima, realizamos una cansada excursión de un día hasta el cañón del Colca, una imponente quebrada (la segunda más profunda del mundo y el doble que el cañón del Colorado). Salimos a las 3 am de Arequipa, y después de dormitar un poco en la furgoneta nos despertamos justo cuando pasábamos un alto a casi cinco mil metros de altura. El frío era polar, pero mereció la pena bajarse para tomar unas fotos del amanecer. Antes de llegar al propio cañón se pasa por el valle del Colca (colca significa depósito, y recibe este nombre ya que los pobladores de la zona hacían pequeños agujeros donde guardaban víveres para consumir en caso de necesidad). Este valle está formado de infinitas laderas de intenso verde en la que pastan animales. Y el cénit de la excursión es cuando se llega al cañón y se divisan hacia arriba las altas montañas nevadas y hacia abajo un serpenteante río que desde esas alturas parece un riachuelo. Por si el paisaje no bastara, una familia de cóndores hizo acto de presencia, y varios de ellos sobrevolaron nuestras cabezas de bien cerca.

Después de este buen sabor de boca (en todos los sentidos) que nos dejó Arequipa, volvimos a Lima, donde apenas hicimos escala para ir hacia el norte, en concreto a Trujillo, una ciudad que yo ha había visitado pero que ellos querían conocer. Tras pasar un par de días en esta ciudad colonial volvimos como una peonza a Lima, y allí me despedí de ellos. Pasamos casi diez días juntos, y creo que disfrutaron del país. Aunque no vimos la parte rural, se pudieron llevaron una idea de cómo es el Perú, como mínimo algunas de sus principales ciudades y algún paisaje natural. Yo me volví a quedar solo y recuperé mi dieta de menús baratos y habitaciones compartidas. Antes de salir del país me dio tiempo de visitar el bonito barrio de Barranco (más selecto que Miraflores y donde Vargas Llosa tiene una casa, por cierto), comer ceviche y entrevistar para mi otro blog a una encantadora periodista española. La próxima parada fue Guayaquil, al sur de Ecuador, adonde llegué después viajar durante treinta horas en autocar. Allí me esperaba una segunda visita, la de Sandra, con quien acabaré este viaje sudamericano. Pero lo que vimos en Quito y nuestra entrada a Colombia lo contaré en otro post.


Lo mejor de Lima
Su centro histórico
La catedral y el Palacio del Arzobispado
El palacio presidencial (visitable los sábados)
El tranquilo barrio de Barranco, a orillas del Pacífico
Miraflores
El barrio chino, donde se puede comer muy bien y encontrar de todo
Infinidad de restaurantes de calidad y para todos los bolsillos
Gran red de autobuses y taxis baratos (regateando, evidentemente)
Muy bien conectada con el resto del país y el continente

Lo peor de Lima
La suciedad que hay en casi toda la ciudad
La cantidad de indigentes y sin techo que deambulan por las calles y no reciben ayuda
Algunos barrios son inseguros, sobre todo de noche
Hay mucha contaminación (aérea y acústica) y un tráfico infernal casi permanentemente

Precios de Lima
Una habitación triple en Hotel España: 72 Soles
Una comida para dos a base de ceviche: 60 Soles
Taxi del centro de Lima a Miraflores: 12 Soles
Bus Lima-Ica: 43 Soles
Excursión a las Islas Ballestas: 50 Soles
Bus VIP Lima Trujillo: 80 Soles
Bus Lima Tumbes: 80 Soles
Bus Tumbes Guayaquil (Ecuador): 24 Soles



Lo mejor de Arequipa
Es una bonita ciudad con casas coloniales y una espectacular plaza de Armas
El monasterio de Santa Catalina
La catedral
La cocina de los restaurantes arequipeños
Tiene cerca grande montañas en las que hacer excursiones / ascensiones
La proximidad del cañón del Colca

Lo peor de Arequipa
Las excursiones tienden a ser caras
Fuera del centro histórico la ciudad pierde mucho interés

Precios de Arequipa
Tour Cañón del Colca: 50 Soles
Entrada al Parque Nacional del Colca: 70 Soles
Arequipa-Lima en avión: 74 USD
Comida en restaurante típico: 30 Soles/ persona
Menú en restaurante barato: 6 Soles

24 abril 2012

El Señor de Sipán, Trujillo y la Huaca de la Luna

Después de una primera inmersión en Ecuador tocaba volver al Perú. En la moderna terminal de buses de Guayaquil me despedí de voltala365, ya que ellos empezaban a subir al norte, y yo rehíce el camino que pocos días antes me había traído al sur de este tropical país. Primero un bus me llevó a la frontera con Perú. Por el trayecto, a parte de ver a más de veinte vendedores ambulantes que iban subiendo y bajando del vehículo en marcha (ofrecían desde helados a hamburguesas pasando por zumo de coco o galletas) me impresionó observar las infinitas plantaciones de bananas, de capital extranjero, imagino, que adornan la carretera (más tarde descubrí que Ecuador es el principal exportador de bananas en el mundo). En Tumbes, ya en tierras peruanas, agarré otro bus nocturno hasta Chiclayo, una ciudad bastante fea pero donde se encuentra el fabuloso museo del Señor de Sipán, y donde, evidentemente, descansan los huesos de dicho señor.

El Señor de Sipán
Al hostal llegué justo cuando amanecía, y conseguí una calurosa habitación individual por pocos soles. Salí de nuevo a la calle para observar el trajín matinal de la gente, que bien iba a su trabajo o los más pequeños a la escuela, y después de desayunar algo me dirigí a la cercana población de Lambayaque, donde está el museo del Señor del Sipán. Aunque la entrada era cara, me sorprendió un exposición de tanta calidad. Hay tantos objetos recuperados que se encontraron en la tumba de este gobernante del siglo III que se tarda un par de horas en hacer el recorrido. El plato fuerte es la vitrina en la que se pueden ver los restos momificados del Señor de Sipán, un personaje que en sus días de gloria era el mandamás de la zona (lamento dar una explicación tan plana, pero ni sé mucho de él ni me apetece demasiado explayarme. Para más info, la wikipedia). Y después de tanto esfuerzo intelectual (en este viaje mi cerebro trabaja a medio gas) me corté el pelo y comí de mil maravillas en un restaurante cercano. La tarde la dediqué a pasear por Chiclayo, donde pude ver unos colores de atardecer preciosos. Después de cenar me recluí de nuevo en el hostal, ya que a la mañana siguiente, bien temprano, cogía el bus hacia Trujillo, una de las ciudades coloniales más bonitas del Perú.


El colonialismo de Trujillo, Chan Chan y las Huacas de la Luna y el Sol
Tal y como llegué a Trujillo me instalé en el hospedaje El conde de Arce, a sólo dos calles de la Plaza de Armas. Durante todo el día deambulé sin rumbo fijo por la ciudad, observando las coloridas casas y los enormes ventanales que aún conservan numerosas mansiones coloniales del centro. También me paseé por el mercado central, donde degusté un menú delicioso por apenas 4 soles (algo más de un euro), y luego me retiré a descansar a la habitación. Volví a salir a la calle cuando ya era negra noche, y anduve de nuevo casi por las mismas calles, ya que iluminadas adquieren otro matiz. Acabé cenando en un chifa (restaurante chino) que resultó ser tan grotesco como bueno.

A la mañana siguiente tenía muchas cosas que hacer. Bueno, se reducían básicamente a dos: visitar las ruinas de Chan Chan y la Huaca de la Luna y la del Sol. Como casi siempre me muevo en transporte público y rara vez compro un pack de agencia (que te llevan de un lado a otro como un marqués a precio de conde), me las tuve que apañar para encontrar las combis que me llevaban a Chan Chan, donde llegué cuando aún no eran las 9 am y el sol ya abrasaba. Hice la visita guiada con una canadiense y dos italianos, y a pesar del calor que hacía disfruté recorriendo los laberínticos pasillos y salas delimitadas con paredes de barro de diferentes formas. Aunque sólo se puede ver una minúscula parte de lo que fue un palacio de la época de los Chimú, uno se hace a la idea de cómo sería la ciudad en pleno apogeo y también del trabajo inmenso que les queda a los arqueólogos. Pregunté si estaban avanzando en las excavaciones y me dijeron que sí, aunque durante toda la mañana no vi a ningún Indiana Jones trabajando en los muros.

Volví a Trujillo, donde comí de menú, y por la tarde me acerqué a la Huaca de la Luna y el Sol, que se encontraban en el extremo opuesto de la ciudad. Primero te hacen visitar un museo de nueva construcción que te ayuda a entender cómo vivían y qué valores tenían los Moche, una cultura posterior a los Chimú. Y más tarde puedes visitar los niveles superiores de la huaca de la Luna, una especie de pirámide de cinco niveles cubierta de tierra y polvo. Es impresionante observar las pinturas que se conservan perfectamente gracias a que la estructura fue cubierta de barro y polvo con el paso de los años. Pero tras la visita, desespera constatar que tal y como sucede en Chan Chan aún queda por hacer todo el trabajo de excavación y no ver a nadie manos a la obra. Cualquier arqueólogo firmaría para que le dejaran limpiar poco a poco las dos huacas (la del Sol no se ha excavado ni un nivel) y poder ser el primero en ver las pinturas intactas. Pero bueno, así es el Perú, un país que con excepción del Machu Picchu tiene restos arqueológicos de gran importancia aún por destapar, limpiar, museizar y mostrar. Una lástima.


Lo mejor de Chiclayo (1€=3,3 Soles)
El Museo del Señor del Sipán

Lo peor de Chiclayo
La ciudad es ruidosa, caótica y fea
No hay nada que hacer en ella una vez se ha visitado el museo del Señor de Sipán

Precios de Chiclayo
Una noche de hostal:20 Soles
Menú:4,5 Soles
Bus a Lambayaque:1,5 Soles
Entrada al museo del Señor del Sipán:10 Soles
Corte de pelo con máquina: 3 Soles

Lo mejor de Trujillo
Pasear por el centro, tanto de día como de noche, y apreciar las magníficas fachadas de las casas coloniales
La ciudad de Chan Chan y la Huaca de la Luna (y la del Sol, cuando la empiecen a excavar)
Sus zapatos (tienen fama) y el dulce King Kong

Lo peor de Trujillo
Más allá del centro la ciudad no tiene interés alguno
Los mosquitos

Precios de Trujillo (1€=3,3 soles)
Una noche en el hostal ‘El conde de arce’: 20 soles
Un dulce King Kong pequeño: 1 sol
Un menú completo en el mercado: 6 soles
Bus a Chan Chan: 1,2 soles
Entrada al Museo de Sitio de Chan Chan y al Palacio de barro: 10 soles
Bus a Huaca de la Luna: 1,2 soles
Entrada al Museo y a la Huaca de la Luna: 10 soles
Cenar en un chifa con bebida: 7,5 soles
Bus de Trujillo a Huaraz: 30 soles (empresa Línea, 9 horas)


En busca de las lagunas de Huaraz
Y después de playa, arquitectura colonial y restos arqueológicos tocaba hacer montaña de nuevo. ¡Y qué montaña! Para tal fin me dirigí a Huaraz, la capital del departamento de Áncash. Huaraz, a tres mil metros de altura, es la meca de los montañeros. Hay más de treinta cumbres superiores a los cinco mil y seis mil metros en un radio bastante abarcable. Como llegué muy temprano y bastante cansado, el primer día lo dormité en una calentita cama en el más que limpio Aldo's Guesthouse. Por la tarde salí a pasear por la ciudad, y diez minutos fueron suficientes para comprobar que ni la plaza de armas es bonita. Me sorprendió la cantidad de locales 'Tragamonedas' que hay, que funcionan casi todo el día. Aproveché también para consultar en varias agencias de turísticas presupuestos de trekkings. Esto último fue contraproducente, ya que todo lo que me ofrecían era muy seductor a la par que caro. Que si tres días de trekking por aquí, que si escalar una montaña de más de seis mil metros...nada apto para mi pobre presupuesto. Así que después de conversar con unas francesas de mi hostal decidí hacer un par de excursiones por mi cuenta; más barato, imposible.

El primer día a las seis de la mañana ya me encontraba apretujado en una pequeña combi camino de Yungay, un pueblecito donde debía tomar otro bus que me llevaría donde nace el sendero a la laguna 69. Sí, no me he equivocado, la laguna se llama y aún no sé por qué. Bueno, pues perdí el enlace de bus y tuve que esperar al siguiente. Y no hay mal que por bien no venga, ya que gracias a esta espera conocí un chaval muy majo que me ayudó a regatear el precio del siguiente tramo. Nos sentamos juntos y conversamos un buen rato. Era un chico la mar de simpático, pero el hedor que proferían sus axilas era digno de récord. De hecho, creo que yo (modestia a parte) era el único de ese bus no olía mal; o como mínimo, tan mal.

Volvamos al bus. Tras hablar un rato con este chico me dijo sorprendido que yo hablaba bien el español. Se quedó de cuadros al saber que venía de Barcelona. Más tarde me ayudó a agazaparme cuando la vigilante del parque de Huascarán subió al bus en búsqueda de turistas (que deben pagar 5 soles para entrar), y después me indicó donde debía apearme. Una vez en el camino, empecé a sudar tinta en pocos minutos. A más de cuatro mil metros cada paso cuenta por dos, ¡y más en subida! Por suerte, el paisaje que se ve por el camino es de postal, y no encontrarse a NADIE ayuda a sentirse a solas con la naturaleza. No soy nada amante de teorías zen o filonaturistas, pero cierto es que me encontré francamente bien en aquel inmenso valle. En 1hora 45' llegué a la ansiada Laguna 69, donde comprobé que tanto esfuerzo mereció la pena. El color turquesa del agua contrasta con las montañas marrones y la nieve perpetua que cubren los picos que la rodean, que se encuentran a más de 6.000 metros. Allí mismo comí gran parte de la cena del chifa que me había sobrado la noche anterior y alguna fruta, y como el frío apretaba emprendí bajo una tímida lluvia el regreso. Al volver al camino principal anduve unos kilómetros extra para observar dos lagunas más, las Llanganuco, que salen en todas las postales del Perú. Lamentablemente, como el día ya era totalmente gris, el color verdoso y azul transparente del agua brillaba por su ausencia. Cansado y muy sucio me senté al margen del camino a esperar a la primera combi que fuera hacia Yungay, y una vez allí volví a Huaraz.

El segundo día no me pude levantar tan temprano porque la excursión del día anterior me dejó KO. En esta ocasión, me dirigí a la laguna Churup. Busqué las combis que llevaban al pueblo más cercano, Llupa, y antes de dar con ellas metí una pierna entera en una cloaca. La parte positiva es que estaba vacía y no me manché. La negativa es que me salieron un par de moratones en el muslo y rompí un poco los pantalones. Ya en Llupa agarré el sendero no señalizado dirección a la laguna. El primer tramo discurre entre casas modestas de agricultores de la zona, que me recordaron a los pueblos de Galicia o el Bierzo de hace muchos años. La estampa parecía sacada de una película estilo La escopeta nacional, ya que me cruzaba a cada rato con ancianas ataviadas con sus ropas tradicionales y cargadas hasta las cejas de leña o hierbas, así como rebaños de ovejas o cerditos que campaban a sus anchas. En un prado vi a unos diez cerditos acabados de nacer y les tiré unas fotos. ¡En eso que llegó la dueña y me pidió unos cuantos soles por haber fotografiado a sus cerdos! Ante mi negativa, argumentó que si no le daba dinero, morirían. Le dije un par de improperios, y un poco más malhumorado que antes emprendí el camino hacia la laguna. El último tramo fue francamente duro. El sendero desaparece, hay que subir por escarpadas rocas y evitar charcos y riachuelos. Tuve que parar cada veinte metros, pues me faltaba el oxigeno en los pulmones. Y cuando ya casi estaba llegando: el plato fuerte del día. Una cascada preciosa se había comido el camino. Al final descubrí que se podía ascender por las rocas y que en algunos tramos habían colocado cables de acero para poder salvar las distancias. El problema principal es que las rocas están húmedas y en los peores casos mojadas, y cada resbalón puede suponer caer de una altura considerable. Finalmente hice este tramo rápido y sin mirar abajo, y a los pocos minutos pude contemplar la preciosidad de la laguna Churup. Arriba hacía frío, ya que había bancos de niebla y el viento era gélido, así que comí rápido y me puse de nuevo en marcha. La bajada por la cascada fue aún peor que la subida, y varios resbalones me propiciaron algún que otro costalazo contra las rocas. Por fortuna llegué entero al sendero y pude volver a caminar como el homo erectus hasta el pueblo. Pero faltaba una sorpresa final. Debido a la cantidad de comida variopinta que como por estas tierras (no puedo dejar de comprar todo lo que me ofrecen por la calle), mi barriga me dio un ultimátum y tuve que ofrecer parte de mi ser a la Pachamama, aunque no sé si le gustó el regalo. Un poquito más ligero llegué a Llupa, donde encontré rápidamente otra combi y volví dando trompicones hasta Huaraz. Y hasta aquí mis pobres aventuras en Huaraz. La próxima vez que vuelva por estos lares espero tener la cartera repleta de soles y hacer algún trekking o cima en condiciones.

Lo mejor de Huaraz
El enclave donde se encuentra situada
La multitud de excursiones para todos los bolsillos que se pueden hacer en un día (o varios)
Hay gran variedad de restaurantes peruanos y chifas a buen precio

Lo peor de Huaraz
No es una ciudad bonita
Hay demasiado buscavidas que se aprovechan de los gringos que vienen aquí
Hace mucho frío, sobre todo por la noche

Precios de Huaraz (1€=3,3 soles)
Una noche en Aldo’s Guesthouse: 15 soles
Combi a Yungay: 5 soles
Combi de Yungay al inicio del sendero de la Laguna 69: 10 soles (suelen cobrar más)
Entrada de un día al parque Huascarán: 5 soles
Menú completo de mediodía o noche: 6 soles
Cena en un chifa sin bebida: 7 soles
Combi hasta Llupa para visitar la laguna Churup: 3 soles
Bus de Huaraz a Lima: 35 soles (empresa Cial, 8 horas)

25 marzo 2012

De relax playero en el norte de Perú

Una de las cosas buenas de este viaje (y mira que tiene) es que no me da pereza estar horas y horas en un autobús, ya que todos los trayectos son largos. Cuando vuelva a casa, ir de Barcelona a Ponferrada me parecerá un suspiro. Pues bien, estando en Cuzco y habiendo subido al Machu Picchu decidí ir al norte del Perú (hay que tener que tiene más del doble de superficie que España), donde estaban ya en la playa Joan y Esther. Así que me dirigí a la estación de autobuses de Cuzco y regateé un pasaje para Lima, por donde tenía que pasar por huevos. En la mejor compañía del país, Cruz del Sur, me lo ofrecían por unos 150 soles (unos 42 euros), pero acabé pagando 75 para viajar en Flores (que no entre flores, precisamente). El viaje fue un pelín tortuoso, ya que las lluvias torrenciales que habían azotado el país dejaron todo el camino lleno de derrumbes. Las carreteras aquí, aunque unan dos grandes ciudades, se reducen a caminos de tierra de apenas 3 metros de ancho que se convierten en barro cuando llueve. Por suerte, el viaje fue de noche, lo que me ahorró algún que otro infarto.

Una vez en la capital me cambié de terminal y compré otro billete para ir al norte, a Máncora, el Lloret del Perú, donde estaban alojados Joan y Esther. Y otra noche más en bus. Llegué para desayunar con ellos y tumbarme en la playa. Evidentemente, Máncora no me gustó un pelo. Ciudad ruidosa, hecha para guiris y donde sólo hay fiesta y maleantes nocturnos. Sólo rescataría una bonita puesta de sol y un pisco sour de la más bueno que tomamos en una terraza. Así que al día siguiente seguimos hacia el norte y paramos en un pueblo más pequeños y feo aún que se llama Zorritos. La decisión vino motivada porque me habían comentado que a un par de kilómetros del pueblo había un bonito camping de cabañas regentado por un catalán estrambótico. Y estaban en lo cierto. El sitio (Casa Grillo), aunque algo descuidado, resultó ser muy bonito y tranquilo, y el personaje en cuestión, de nombre León, era un señor de Sabadell que llevaba más de 30 años viviendo en Perú.

En Zorritos nos dedicamos a la vida contemplativa; es decir, a leer; jugar con las olas; pasear; dormir; y comer. Para cenar nos acercábamos en mototaxi al pueblo y nos hicimos habituales de una señora muy amable que ponía una parada de hamburguesas a buen precio en medio de la calle. Antes de dejar el pueblo nos dio tiempo de ir a unos baños naturales donde nos embadurnamos de barro, y también pudimos acompañar a León a mirar unas fincas al interior, en una excursión accidentada donde él casi se queda sin coche y nosotros sin dientes. Pasados los días de relax emprendimos un viaje hacia Cuenca, la primera parada de Ecuador. Pero de eso ya hablaré otro día.

Lo mejor de Zorritos:

La playa en las afueras del pueblo y las puestas de sol
Las pozas de barro natural y agua caliente
El paisaje selvático del interior

Lo peor de Zorritos:
El pueblo es feo hasta decir basta, sucio y desorganizado
Cada vez que subes a un mototaxi tienes que regatear y mostrar que conoces los precios

Precios de Zorritos: 1€=3,5 Soles

Combi de Máncora a Zorritos: 5 Soles
Una noche en el cámping Casa Grillo: 10 Soles
Hamburguesa casera en Zorritos: 2 Soles
Mototaxi al centro: 3 Soles
Tapa de ceviche: 3 Soles

21 marzo 2012

El plato fuerte de Perú: Cuzco y Machu Picchu

Tardaron en traer el plato, pero finalmente llegó. Lamento no haber escrito nada en muchos días.

Tras acabar la reponedora estancia en Isla del Sol se me planteó un dilema: volver a La Paz y esperar al domingo para presenciar un show de cholitas (que me apetecía mucho) o tomar un bus directo (que pararía en Puno) que me llevaría Cuzco. Finalmente, las ganas de entrar en Perú, de probar la gastronomía del país de Vargas Llosa y de ver el mayor legado Inca, el Machu Picchu, descompensó la balanza para seguir con la ruta hacia el norte.

En Copacabana compré un billete de bus a Cuzco. Antes de llegar, sin embargo, tuve que cruzar la frontera en medio del Titicaca entre cerdos y gallinas y cambiarme de bus, de uno viejo a uno polvoriento. Llegué a la antigua capital inca del reinado Tahuantinsuyo el sábado por la noche, y un taxi me escupió pasada la medianoche en medio de su espectacular plaza de Armas iluminada, cuando turistas y locales llevaban horas de botellón en las callejuelas aledañas. Me abrí paso como pude y acabé encontrando un hospedaje muy barato a solo media calle de la plaza. No había huéspedes (es una suerte viajar en temporada baja), sólo un vigilante de manual, con gafas caídas, barba de seis días y amante de los crucigramas. Me instalé en una sórdida habitación las paredes de la cual estaban adornadas por manchas de moho y calendarios viejos, y en poco tiempo me quedé dormido. A la mañana siguiente salí a buscar un sitio mejor que tuviera internet, y lo encontré. Se llamaba Andrea, y sus dueños fueron muy amables conmigo.

Cuzco me encantó. Me recordó bastante a las históricas ciudades españoles por las que paseas horas y horas deleitándote con las casas señoriales de balcones de madera tallada. Pero la gracia de Cuzco no son sólo estas casas coloniales (algo bueno dejaron los conquistadores), si no la mezcla de épocas y estilos. En una misma calle se pueden ver casas y muros construidos por culturas preincaicas, otras hechas por los propios incas y unas terceras levantadas por los españoles. En algunos casos los tres estilos se dan en un mismo edificio. La cuarta etapa, la actual, es pura bazofia. Me ha quedado claro que las construcciones que se hacen hoy día en Sudamérica (principalmente Bolivia, Paraguay y Perú) son de denuncia: ladrillos, más ladrillos y colores chillones sin ton ni son.

Pero volvamos a Cuzco. A pesar de mi aspecto cada vez más viejuno pude hacerme pasar por estudiante y comprar por apenas ocho euros un abono que me permitía entrar a cuatro lugares histórico-religiosos de la ciudad: la catedral; la iglesia de San Blas; la iglesia de la Compañía de Jesús y el Arzobispado. No sólo me sorprendieron sus interiores y trabajadas fachadas, también que en cada lugar el visitante pueda hacer uso de audio guías de manera gratuita. Las voces, sin embargo, no eran del todo neutrales, y en demasiadas ocasiones se oía hablar al obispo de la ciudad –con un claro acento español de España- del legado artístico común que dejaron de manera “pacífica” las culturas incas y la española. Vaya, presentaban a Pizarro y compañía como unos adalides del diálogo y respeto de los pueblos indígenas.

También visité barriadas no tan bonitas como el centro pero mucho más auténticas, donde era difícil encontrarse con turistas de sandalias y calcetines blancos. Disfruté desayunando y paseando por el mercado de San Pedro, donde me zurcieron unos pantalones por unos 40 céntimos de euro, y observando la ciudad desde las colinas que la circundan.

Conociendo la Montaña Vieja y la Montaña Nueva

El asalto al Machu Picchu (Montaña Vieja) lo hice de la forma más barata (y larga) posible. Tomé un autobús de línea a las ocho de la mañana que me dejó en Santa María. El viaje fue tan espectacular como arriesgado, y creo que ha sido uno de los momentos en los que he pasado más miedo de todo el viaje. El trayecto apenas duró cuatro horas, pero fueron suficientes para que refrescara de memoria todos los ave marías que aprendí inconscientemente de niño. El conductor, un suicida de carnet, manejaba el autobús a velocidades de infarto por carreteras estrechas que perfilaban impresionantes precipicios sin quitamiedos. Por si eso fuera poco, gran parte del viaje nos vimos envueltos de una espesa niebla, lo que propició que cada pocos minutos el bus diera un frenazo para evitar colisionar de frente contra otros autobuses o camiones. Y para acabar de hacer el viaje imborrable, tres charlatanes vendedores de humo nos dieron la lata durante horas. Uno se hacía el gracioso y vendía caramelos; otro estuvo más de una hora promocionando unas pastillas que curaban la calvicie; el colesterol; el estrés; la tensión y hasta el cáncer (todo la misma píldora); y el tercero vendía un yingseng milagroso que contrarrestaba las partículas “cancerígenas” que ingerimos cuando bebemos Coca-Cola o comemos carne (sic). Al principio estos vendedores hacen hasta gracia, pero a estas alturas molestan más que otra cosa.

Contra todo pronóstico llegamos a Santa María, y allí tocaba agarrar un taxi que me llevara al siguiente pueblo, Santa Teresa. Me junté con un colombiano tocayo y esperamos a otros turistas para llenar un vehículo. Antes de salir me encontré con la simpática pareja de franceses que conocí en el salar de Uyuni, y nos pusimos al día de nuestros viajes. Por fin llenamos el coche: dos delante, cuatro atrás y una pobre mujer local en el maletero. Y otra vez a pasar miedo. ¿Cómo? Pues con una conducción agresiva por carreteras más estrechas aún al lado de precipicios. Por fortuna, este trayecto lo cubrimos en apenas una hora. El último tramo, para el cuál también necesitamos de la colaboración del gremio de taxistas mafiosos de la zona, fue hasta la central hidroeléctrica, y demoró apenas media hora. Una vez allí se acababa la carretera, así que una pareja de chilenos, el colombiano y servidor nos pusimos a andar por las vías del tren hasta llegar a Aguas Calientes, el pueblo más cercano al Machu Picchu. El paseo, de un par de horas, es precioso, ya que la vegetación es totalmente selvática y vas vadeando un río muy crecido en esta época del año. Y diez horas más tarde de salir de Cuzco llegamos a Aguas Calientes, donde pudimos encontrar un hostal barato y con wifi! Todo un lujo viniendo de Bolivia. Cenamos barato y a las nueve de la noche ya contábamos ovejas.

Tanto Daniel (el colombiano) como yo teníamos entrada para el Machu Picchu y el Huyna Picchu (Montaña Nueva), así que decidimos llegar al parque cuando lo abrían. Hay un servicio de buses lanzadera que cuestan la friolera de nueve dólares, así que decidimos subir andando. Nos pegamos una buena paliza nocturna, pero a las 5:40 horas éramos los primeros en llegar a las puertas de la ciudadela. Estuvimos paseando encantados hasta las siete, que es cuando pudimos subir junto a otros doscientos afortunados al Huyana Picchu. Tengo comprobado que los Incas eran unos cracks haciendo paredes, pero los escalones no eran su asignatura fuerte. A pesar de la dureza de la subida, es muy bonito ganar altura por caminos que se crearon hace seis siglos mientras se observan las impresionantes montañas cubiertas de niebla. Estuvimos en la cima unas tres horas, esperando básicamente a que el día se esclareciera y pudiéramos ver la majestuosidad del Machu Picchu a nuestros pies, y eso sólo ocurrió casi al mediodía y durante pocos minutos. Hicimos las fotos de rigor y volvimos a la ciudadela, donde tras regatear un poquito conseguimos que una mujer nos hiciera una visita guiada de un par de horas por seis euros cada uno. Aunque nuestra guía era muy simpática, no sabía mucho más del recinto que una persona que se haya memorizado la página de wikipedia, pero disfrutamos como auténticos arqueólogos cada rincón de la ciudad que antaño fue poblada por la élite Inca. Para comer nos desplazamos unos doscientos metros de la entrada del parque y almorzamos a precio normal en el restaurante de los trabajadores, mientras a los turistas les cobraban cuatro euros por una Coca-Cola pequeña (aquí eso es una barbaridad).

Y tras 12 horas en el parque, cuando ya no se veía un alma entre las terrazas de césped e iban a cerrar las puertas, emprendimos el camino de vuelta a Aguas Calientes. Pero había que añadir un poco de dramatismo a la situación, de lo que se encargó la Madre Naturaleza regalándonos una tormenta de aúpa. El resultado fue que llegamos empapados al hostal y mi I-Pod sufrió un coma que le duró varios días. Tras una reparadora ducha y una cena de menú nos volvimos a acostar en horario infantil, puesto que a la mañana siguiente tomábamos el tren que nos devolvería a Cuzco y que salía a las cinco de la mañana. Y la siguiente etapa se podría resumir en dos conceptos: un autobús y muchas horas. Y es que me pasé casi dos días viajando para llegar al norte del país, donde fui a disfrutar de solitarias playas con mi pareja de abuelos favoritos: Joan i Esther.

05 marzo 2012

Relax a orillas del Titicaca, cuna de los primeros Incas

Se supone que los primeros Incas, Manco Kapac y Mama Ocllo, nacieron en la pequeña y bonita isla del Sol, muy cerca de la población Copacabana, en el lago Titicaca (Roca de Puma). Bueno, de hecho llegaron volando, tal y como atestiguan algunas postales 100% Photoshop que venden en comercios del lugares. Por ese motivo, y por tratarse de una isla a casi cuatro mil metros de altura en el lago más grande de América, la visita a la Isla del Sol se hacía inexcusable.

Antes de poder pisar este histórico y místico lugar tuve que llegar a Copacabana procedente de La Paz en un trayecto de bus de unas cuatro horas. Como sólo salen dos lanchas al día dirección a la Isla del Sol (a las 8 y a las 13h) hice noche en Copacabana, un pueblo al que miles de peruanos se dirigen en procesión en Semana Santa. Aunque no es muy grande, su imponente catedral, en la que guardan una virgen negra como la de Montserrat, impresiona. Es curioso porque a esta virgen nunca la sacan de la catedral por miedo a que el lago se desborde, y viendo lo imponente que es el Titicaca no seré yo el listo que la saque de romería. A parte de este curioso templo, también merece la pena subir al cerro del Calvario, desde donde se puede disfrutar de una preciosa puesta de sol en la que el astro rey envuelto de nubes se esconde poco a poco en las tranquilas aguas del Titicaca. Copacabana también es un buen lugar para dar salida a nuestra parte más consumista: está llena de tiendecitas de artesanía en las que se pueden comprar gorros, guantes o jerséis de lana típicos de la región. Y viendo el frío que hace por la noche, no pude evitar equiparme hasta las orejas.

Camino a la Isla del Sol
El ruido de la lluvia, que no cejó en toda la noche, me despertó muy temprano, antes incluso que sonara la alarma del móvil. Así que me puse en pie y me dirigí al muelle, donde algunos hombres ultimaban los preparativos para zarpar hacia la Isla del Sol. Durante toda la travesía pasamos frío y el cielo continuaba gris, pero charlar con una pareja de argentinos muy majos hizo que las dos horas de duración se me pasaron volando. Al llegar a la isla me alejé del pueblo con la intención de encontrar un alojamiento apartado y situado en alguna playa solitaria. Al no encontrarlo retrocedí sobre mis pasos, y cuando entraba de nuevo en el pueblo de Challapampa vi a Joan i Esther en la terraza de su hostal. Me hizo mucha ilusión encontrarlos de nuevo ya que pensaba que ya se habrían ido esa misma mañana. Nos habíamos separado en Vallegrande hacía un par de semanas y no tenía muchas esperanzas en cruzármelos de nuevo. Tras los abrazos y contarnos qué tal nuestros respectivos carnavales (ellos en Oruro y yo en Río) les convencí para que se quedaran un día más. Así que aprovechando que un sol de justicia brillaba ahora en el inmaculado cielo azul salimos de excursión hacia el norte de la isla. Vimos algunas ruinas incas bastante abandonadas y nos bañamos en cueros en las gélidas y transparentes aguas del Titicaca. Antes de volver a la posada subimos a un mirador para ver el precioso atardecer. Al llegar al pueblo fuimos a cenar trucha, el pescado más consumido en todo el lago, y nos acostamos temprano. Ellos en su cama, y yo en la mía.

A la mañana siguiente, gris y lluviosa como la anterior, les acompañé al muelle, desde donde partieron rumbo a Copacabana primero y Arequipa después. Mentiría si dijera que volví con lágrimas en los ojos hacia la habitación, pero poco me faltó. Me dio mucha lástima despedirme de nuevo de ellos ya que sé que no los veré más en América. No obstante, ya hemos apalabrado cenas, excursiones y cubatas para nuestras respectivas vueltas a casa. Molta sort parella!

Así que el segundo día lo pasé solo. Como llovía mucho volví a la cama, que encontré aún caliente, y allí holgazaneé hasta las dos de la tarde, cuando dejó de llover. Me vestí y me puse a andar hacia el sur de la isla. Di la vuelta a toda la Isla del Sol y volví a ver la puesta de sol desde otro cerro. Cené unas empanadas callejeras y me acosté temprano. Al día siguiente, vuelta a Copacabana, y de allí a Cuzco (Perú).

Pasar tres días en la Isla del Sol ha sido realmente fantástico, como unas vacaciones dentro de mis ya largas vacaciones. Aunque he estado la mayoría del tiempo solo, he disfrutado mucho del paisaje, del Titicaca, de las puestas de sol y de la bucólica vida que aún existe aquí. No me gusta que haya ‘peajes’ en los caminos que obligan a los turistas a pagar para pasar, pero merece la pena recorrer los múltiples caminos que tiene la isla y cruzarte con viejecitos que llevan rebaños de cerdos u ovejas. Me da la sensación que poco ha cambiado en esta isla desde que nació el primer líder Inca, hace más de siete siglos. Las mulas, las llamas, las ovejas y los cerditos parecen ser los mismos, y los caminos de piedra están exactamente igual. La única diferencia es que algún turista vestido de goretex pasea por donde antaño sólo anduvieron incas y pastores.


Lo mejor de la Isla del Sol
La tranquilidad que se respira y las vistas
Los numerosos caminos que el paseante puede tomar para llegar a cerros o cruzar pequeñas aldeas
Los atardeceres desde el oeste de la Isla
Comer o cenar trucha cocinada de diferentes modalidades


Lo peor de la isla del Sol
Todo es un poco más caro y los negocios se aprovechan, en general, de los turistas que llegan
Tener que pagar peajes en varios lugares para pasear por la isla
Cuando no hay sol hace mucho frío
La gran altura a la que está la isla dificulta la subida a pie a las montañas. Te falta oxigeno

Precios de la isla del Sol (1€=10 BOB aprox)
Habitación compartida en Hostal Cultural: 20 BOB
Cena a base de sopa de quinua y trucha: 25 BOB
Agua de dos litros: 8 BOB
Café con leche: 4 BOB
Viaje desde Copacabana: 20 BOB. Viaje de vuelta a Copacabana: 25 BOB


PD. Al hacer click en las fotografías se hacen más grandes

La Paz: una capital a la altura

Tras volver a Bolivia procedente de Río de Janeiro, Santa Cruz de la Sierra me pareció aún más fea que cuando la dejé. Aterricé de noche, así que no tuve más remedio que quedarme a dormir en otro céntrico antro, pero al día siguiente puse rumbo a la capital del país: La Paz. Después de regatear un poco en la estación, pagué apenas 13 euros para viajar durante 16 horas en un nuevo y cómodo (esta vez sin sarcasmo) autobús, como los que usé en Argentina. Ya tengo comprobado que aquí conviene llegar a la estación pocos minutos antes de que salga el bus que te interesa y ponerte a regatear entre los vendedores de las diferentes compañías que entre gritos de oferta acechan a todo el que pasa. De hecho, ellos mismos se regatean el precio antes de que tú puedas abrir la boca.

Me desperté justo cuando embocábamos la bajada que lleva desde el Alto (a unos 4.000 metros de altura) hasta La Paz (a unos 3.800 metros), y la panorámica quitaba el hipo. La Paz no es una ciudad, sino miles de casas de ladrillo marrón que se suceden y encaraman por las laderas que la abriga. Apenas se vislumbra un metro cuadrado libre de edificación, y a pesar del caos urbanístico que existe a uno le llega la sensación de un cierto orden. Definitivamente me gusta La Paz, una ciudad que desde las alturas parece una preciosa maqueta.

Me instalé en el centro, en un hostal barato de la calle Murillo, muy cerca de la bonita iglesia de San Francisco. Unos franceses y yo éramos los únicos huéspedes con los ojos abiertos, ya que la totalidad de los mochileros que fueron a dar con sus huesos allí eran risueños y educados japoneses. Compartí habitación con dos sur-coreanas a las que les parecía gracioso todo lo que yo decía, aunque me limitara a dar las buenas noches. La nota negativa del lugar fue el colchón, un amasijo de tela con bultos que me abrazaba como si fuera un perrito caliente gigante cuando me estiraba en él. Por menos de tres euros tampoco puedes exigir un Lo Mónaco, pensé.

Una cosa que me gusta de la mayoría de ciudades de Bolivia es que los gremios continúan agrupándose por barrios y calles, como antaño pasaba en Europa. En los aledaños del hostal había decenas de peluquerías que trabajaban con horarios intempestivos, y me pareció una buena idea pagar un euro para cortar mi lacia melena, que ya me empezaba a dar calor.

Durante mi estancia en La Paz paseé por el mercado de las Brujas, donde puedes comprar ungüentos variopintos y objetos indescriptibles que te pueden ayudar a ligarte una mujer o que te crezca el pelo, por ejemplo. También deambulé sin rumbo por el ordenado barrio de Socopachi, donde me cité con dos fantásticos periodistas a los que entrevisté para mi otro blog. Y aprovechando los bajos precios de Bolivia, fui al cine un par de veces. En ambas ocasiones me comporté como un auténtico rico, comprando las palomitas y la Coca-Cola más grandes sin mirar los precios. Cuando vuelva a Barcelona apenas me quedará el dinero justo para ir a la recién inaugurada filmoteca.

A unos 70 kilómetros de La Paz se encuentra el pueblo de Tihuanaco, donde se hayan los restos de una poderosa y duradera civilización que dominó la región desde 1.500 a. C. hasta 1.200 d. C. Antes de llegar a América se mezclaban en mi cabeza Mayas con Aztecas e Incas, y pensaba que los Mapuches eran unos ositos de peluche; así que de los tihuanacos ni había oído hablar. Ahora, por suerte, ya sé un poquito más quienes fueron estas civilizaciones. Aunque los restos arqueológicos de Tihuanaco no están muy bien conservados y sólo se han descubierto un 10%, me impresionó mucho conocer esta avanzada cultura, experta en astronomía. Siempre alabamos a los Incas, por su control de la construcción y sus conocimientos de la astronomía, pero hay que tener en cuenta que la civilización de Tiwanaku existió quince siglos antes!

Y antes de irme de La Paz fui al Jacha Kolli, uno de los muchos miradores que tiene la ciudad. Desde allí contemplé con calma la capital más alta del mundo mientras anochecía y las miles de modestas casitas que tenía a mis pies se convertían poco a poco en luciérnagas. Me voy de La Paz con esta imagen en la retina y con un buen balance de la visita.

Lo mejor de La Paz
Contemplar la ciudad desde un mirador
La iglesia de San Francisco
El mercado de las brujas
Pasear por Socopachi y ver a hombres de negocios y mujeres con pollera en la misma acera
Los restos arqueológicos de Tiwanaku
Se puede hacer excursiones (que no hice) a la carretera de la Muerte (Coroico) y subir algún 6.000.
Los bajos precios de los alojamientos, el transporte público y las comidas callejeras

Lo peor de La Paz
La altura (casi 4.000 metros) te impide andar con normalidad en las subidas
Existe un cierto caos circulatorio que puede poner nervioso a más de uno
Hay muchas diferencias sociales; ricos muy ricos y pobres míseros

Precios de La Paz (1€=10 BOB aprox)
Una noche en habitación compartida en el hostal El Solario: 25 BOB
Desayunar un zumo de frutas natural y dos empanadas: 10 BOB
Plato combinado en el mercado: 16 BOB
Helado: 5 BOB
Entrada de cine: 25 BOB
Bus urbano: 1,5 BOB
Entrada a las ruinas de Tiwanaku: 80 BOB