23 enero 2012

Bariloche, la capital de los lagos multiculor

Bariloche, la capital de los lagos patagónicos, es uno de los principales destinos turísticos de Argentina. En invierno se llena de esquiadores que disfrutan de las numerosas pistas que hay en la cercana cordillera de los Andes, frontera natural con el país vecino, Chile. Y en verano los que se acercan a Bariloche buscan excursiones por la montaña, bajar ríos bravos haciendo ráfting y sobre todo tostarse en las preciosas playas que tienen los lagos.

Lo primero que hice al llegar fue coger un autobús y acercarme al cerro de Campanario, una pequeña cima desde la que se divisa con una visión de 360º una vasta parte de la región. Se puede tomar un telesilla pagando una burrada por diez minutos de trayecto o bien se puede sudar la gota gorda y subir a pie. Arriba, uno puede degustar lo que ofrece una confitería que increíblemente se construyó en el cerro o comiendo un bocadillo preparado in situ .

Con un bocadillo en la mano derecha y una cerveza Quilmes en la izquierda me dispuse a disfrutar de las maravillosas vistas que aparecieron ante mi un precioso día soleado. Los lagos, brillantes por el impacto de los rayos del sol, parecían láminas de metálicas encajadas entre montañas. El paisaje es tan bonito que parece que un ser superior hubiera diseñado a placer la estampa y hubiera colocado tantos lagos como quiso. Pero no sólo de paisajes vive el hombre, así que después de estar un rato observando el horizonte bajé de nuevo a la carretera principal y me acerqué al Parque Llao Llao. Allí di un buen paseo entre bosques y más lagos, y cuando ya empezaba a oscurecer volví a Bariloche.

En el hostal Pudu conocí gente muy maja: australianos e ingleses la mayoría, pero también algún brasileño, finlandés y un francés muy simpático. Los encargados del hostal fueron encantadores y serviciales, y a diferencia de los que había conocido con anterioridad pude establecer una relación que fue más allá de dueño-cliente. Una noche hicimos asado (yo me limité a beber cerveza mientras conversaba con el encargado de cocinarlo y a babear mientras se hacía la carne), y otro día nos fuimos unos cuantos de excursión al refugio Italia, situado en la Laguna Negra. Llegamos sudorosos después de una buena subida, pero el baño en las gélidas y cristalinas aguas de la laguna compensaron todo esfuerzo. Pasamos la noche en el pequeño y acogedor refugio, una casita que carece de luz eléctrica y que recoge el agua del mismo lago, y durante la cena conocí a otros excursionistas argentinos.

La falta de presupuesto me impidió comer a placer productos típicos de la zona, como el chocolate o las fondues que preparan numerosos restaurantes, y después de unos cuantos días en la zona, algunos llenos de actividad y otros de relax, cogí un autobús (que por poco pierdo) y me trasladé a Valdivia, Chile. De los leones marinos que se ven cerca del mercado de Valdivia y de la excursión que realicé en Pucón hablaré en otro post.

Lo mejor de Bariloche:
Las vistas desde los miradores
Los lagos, su transparencia y gama de colores
Las númerosas actividades que se pueden hacer tanto en invierno como verano
El chocolate, las fondues y pescados
Gran variedad de alojamiento y buena calidad

Lo peor de Bariloche:
Es difícil visitar la zona (y hacer la ruta de los siete lagos) sin vehículo propio
Todas las actividades deportivas son caras
De difícil acceso viniendo del sur

Precios de Bariloche: 1€ = 5,5 Pesos
Una noche en hostal Pudu 60 Pesos
Una cerveza grande en el hostal 15 Pesos
Una hamburguesa 28 Pesos
Asado en el hostal 50 Pesos
Bus a cerro Campanario 3 Pesos

Audio:
Estadio Azteca (Andrés Calamaro)

16 enero 2012

Diccionario argentino

Aparte del clásico binomio "Che boludo", los argentinos poseen un amplio vocabulario ininteligible para un español que no haya tenido bastante contacto con el país de Maradona. Muchas palabras proceden de otros idiomas, y la mayoría pertenecen al lunfardo, un 'dialecto' nacido en las cárceles porteñas que a golpe de tango se fue extendiendo por el país. La verdad es que resulta todo un espectáculo oír una conversación entre jóvenes en cualquier calle de Buenos Aires, y uno se pregunta en más de una ocasión si está escuchando español o quechua.

Aquí van algunas palabras diferentes a las que se usan en España (algunas reconocidas por la RAE y otras sólo correctas en el imaginario lingüístico argentino) que a mí me han resultado graciosas.

Boliche: discoteca
Trucha: falso
Vocero: portavoz
Bondi: autobús
Coger (follar). He borrado de mi diccionario el verbo coger en Argentina, y no hablemos del verbo recoger!
Heladera: nevera
Metegol: futbolín
Papifutbol: fútbol sala
Pool: billar
Matafuegos: extintor
Plomero: fontanero
Zapanza: barriga
Pollera: falda
Remera: camiseta
Chomba: polo (de vestir)
Cana: cárcel
Morfar: comer
Chavón: tio
Maní: cacahuete
Escaviar: beber alcohol
Chamayo: dar palique
Vaca: bote común
Pileta: piscina
Pieza: habitación
Ripio: camino de piedras
Boludo: tio, colega

Diccionario lunfardo

11 enero 2012

Por glaciares y senderos

Aunque los autobuses argentinos son cómodos, fue un placer recorrer el trayecto desde Ushuaia hasta el Calafate en el imponente 4x4 de Fernando, el brasileño que conocí en el hostal. Al ser año nuevo e ir en coche particular pudimos pasar muy rápido las dos fronteras con Chile y pararnos tantas veces como quisimos para tomar fotos; el paisaje bien lo merecía (mirar las fotos que tengo en el Picasa). Una vez instalados en un bueno hostal de El Calafate salimos a cenar, y Diego y yo invitamos a unas deliciosas pizzas a Fernando. Era lo mínimo que podíamos hacer después de que nos permitiera ahorrar cerca de cien euros en autobuses. El Calafate es otro pueblo sin mucho encanto, aunque la vía principal tiene vida a todas horas. Los turistas, mayoría en este lugar, abarrotan las terrazas, pasean, ojean recuerdos para llevarse a casa y compran ropa de montaña, como en Ushuaia. Aunque El Calafate es muy pequeño tiene aeropuerto, ya que a escasos ochenta kilómetros se encuentra su principal reclamo turístico: el Perito Moreno.

Un monstruo de hielo
Me gustaría poder emular al mítico presentado Pedro Piqueras para presentar el espectáculo de la naturaleza que es el Perito Moreno. “Sobrecogedor”; “impactante”; “desmesurado”; “imponente” o “majestuoso” serían algunos de los adjetivos pomposos que usaría para definir la primera imagen que uno tiene del glaciar más famoso del mundo. Palabras similares a las que también usé para referirme a las cataratas de Iguazú. La mañana que visitamos el Perito nos levantamos a las cinco, ya que nos había llegado el rumor de que si llegabas antes de las siete de la mañana al parque no te cobraban entrada. Lamentablemente encontramos un guarda custodiando el ingreso que nos hizo esperar hasta las siete y nos obligó a abonar los 100 Pesos (20 euros) de la entrada. Durante un par de horas estuvimos nosotros tres solos delante de esa imponente pared de hielo azul, una lengua petrificada que parece que se hubiera detenido a pocos metros del mirador para ser observada. El último tramo de carretera antes de divisar este fenómeno se hizo muy largo, y en el coche reinó el silencio hasta que vimos el glaciar al salir de una curva de derechas.

Paseamos anestesiados por las kilométricas pasarelas que hay instaladas en el parque y pudimos oír crujir la masa de hielo. Vimos caer bloques al agua y cómo se alejaban pacíficamente per la Laguna de los témpanos. El color del glaciar muta dependiendo de si le dan o no los rayos del sol, y va desde un blanco inmaculado a un azul turquesa o azul marino. Al llegar el cielo estaba encapotado, pero cuando finalmente el primer rayo de luz iluminó la mole tuve la sensación de que se hubiera aparecido la misma Virgen María.

Aparte del glaciar, y aprovechando que disponíamos de coche, fuimos a dar una vuelta hasta el cercano Lago Roca, otro regalo para la vista. Paseamos por las praderas que lo rodean y vimos cómo un gaucho montado a caballo trasladaba un buen rebaño de vacas y caballos. De telón de fondo, como siempre en esta zona, montañas escarpadas con los picos nevados. Me pareció estar en la Ponderosa...

Lo mejor de El Calafate
El Perito Moreno
Los paisajes de las montañas cercanas
Buena oferta de hostales y restaurantes
Muchas posibilidades de excursión

Lo peor de El Calafate
Los precios son elevados
Para ir a estancias o hacer rutas se precisa coche o contratar excursiones muy caras

Precios de El Calafate (1€=5,4 Pesos)
Entrada al Perito Moreno (para extranjeros): 100 Pesos
Una cena a base de pizza: 90 Pesos
Comprar para desayunar y cenar en un supermercado: 42 Pesos
Una noche con desayuno en el hostal Calafate: 60 Pesos


El Chaltén
Tras un par de días en El Calafate nos dirigimos al paraíso de los montañeros y escaladores en Argentina: El Chaltén. Este pequeño pueblo, fundado por aventureros europeos hace apenas 25 años, es la meca para los que quieren hacer excursiones o escalar paredes rocosas. Se encuentra en la falda del mítico Fitz Roy, y desde aquí se pueden hacer muchas salidas diferentes. Como ya es habitual en mí, tuve la genial idea de hacer dos excursiones en un solo día, lo que me reportó fantásticas vistas pero también unas agujetas que duraron un par de días. Para colmo, la uña del dedo gordo del pie derecho, negruzca desde hace medio año, me empezó a avisar que en breve se caerá. Con este panorama, tras visitar La laguna de los Tres y la Laguna de Torre, los días siguientes hice reposo y apenas paseé hasta los miradores más cercanos.

A El Chaltén hay que venir con un buen cojín de días, ya que es un muy buen campamento base para pasar unas semanitas en la alta montaña, y más si el cercano parque de Torres del Paine (Chile) está medio cerrado por un incendio, como me ha pasado. Cerca del pueblo hay espacios donde plantar la tienda y subir montañas escarpadas. Además, los más atrevidos también pueden pegarse un palizón y encaramarse a alguno de los glaciares que hay por la zona. Unos veinteañeros argentinos del hostal me explicaron su excursión, totalmente alocada, que consistió en cruzar un río helado en calzoncillos para poder llegar a un glaciar. Creo que no hace falta hacer tanto el cabra para disfrutar de estos paisajes, aunque tengo que admitir que me produjeron cierta envidia.

El Chaltén es muy bonito, pero todo en esta vida tiene un pero, sobre todo para mí, crítico de nacimiento. Es muy difícil hacer autoestop por la Ruta 40, la mítica carretera que sube hacia el norte, y los billetes de autobús son caros. Esta carretera, la Ruta 40, es preciosa si la haces en moto, como si estuvieras en el Dakar, pero no en autobús. Cuando me quise dar cuenta me había quedado atrapado sin posibilidad de salir. No me quedó más remedio que pagar 600 Pesos (más de 100 euros) y esperar tres días para poder coger un bus que me llevaría hasta Bariloche. Dos días de viaje y una noche dormida en un antro en la población de Perito Moreno fue el peaje a pagar para dejar atrás El Chaltén y plantarme en Bariloche, donde actualmente estoy. En breve comentaré (con fotos) cuánto son de bonitos los lagos de por aquí. Por cierto, uno de ellos se llama Gutiérrez.

Lo mejor de El Chaltén
Las vistas al monte Fitz Roy
Las múltiples excursiones que hay por las montañas colindantes
Es una zona ideal para hacer escalada
Es un pueblo pequeño donde acabas conociendo a todo el mundo, al menos de vista
El ambiente montañero que se respira

Lo peor de El Chaltén
Los precios del supermercado
Cuando hace mal tiempo no hay gran cosa a hacer
Al estar bastante incomunicado cuesta tiempo y dinero volver a la “civilización”
No hay apenas internet, y cuando encuentras va muy lento

Precios de El Chaltén (1€=5,4 Pesos)
Una noche en el hostal El Refugio (sin sábanas ni desayuno): 35 Pesos
Una cerveza de litro (devolviendo el envase): 12 Pesos
Una lata de Coca-Cola en el súper: 4 Pesos
Carne y vino para hacer un asado: 55 Pesos por cabeza
Un bocadillo de milanesa: 25 Pesos
Un bocadillo de pollo: 15 Pesos
Un café con loche: 14 Pesos


Audio:
Charly García, un emblema del rock argentino

06 enero 2012

«Ushuaia, fin del mundo, principio de todo»

Éste es el lema que ha tomado la ciudad de Ushuaia para atraer a miles viajeros y hacer del turismo una importante fuente de ingresos. Ushuaia, palabra que proviene del idioma yagán y que vendría a significar 'Bahía profunda', es la capital de la provincia de Tierra de Fuego y Antártida. Hace tiempo que es una ciudad muy próspera, y por eso muchos argentinos del norte y otros suramericanos la eligen para buscar trabajo y ahorrar. Los sueldos en las numerosas fábricas que hay en la zona son muy altos, y parece que compensan las adversidades climatológicas y el aislamiento. Verbigracia: el sueldo de un conductor de autobús es de mínimo 1.200 euros mensuales aproximadamente, nada mal para los parámetros argentinos.

Volviendo al título de esta entrada, Ushuaia es en teoría es la ciudad más austral del mundo, aunque un poco más al sur, al otro lado del canal Beagle, se encuentra el pueblo de Puerto Williams, perteneciente a Chile. Los de Ushuaia esgrimen que Puerto Williams no llega a la categoría de ciudad, y con ese argumento explotan hasta la saciedad que son la ciudad más al sur del planeta. Tal vez seducido por esta característica me pareció que era un buen lugar donde pasar la Nochevieja. Venía bajando por la costa argentina, y Ushuaia se iba a convertir en un momento clave en mi viaje, ya que sería el lugar donde cambiaría de rumbo y dejaría de ir al sur para volver al norte, ahora con Colombia como objetivo.

Llegar a Ushuaia no fue fácil. Proveniente de Río Gallegos,cogí un bus para recorrer los escasos 600 km que separan ambas ciudades. El viaje fue una odisea; no por la distancia o por tener que recorrer varios kilómetros sobre caminos de tierra, sino porque un tramo de la carretera pasa por territorio chileno, lo que te obliga a sufrir cuatro puestos aduaneros y realizar unos trámites que ponen a prueba la paciencia de cualquiera. La burocracia eterniza el trayecto, y las autoridades chilenas, mucho más escrupulosas que las argentinas, te prohíben cruzar su territorio portando fruta o semillas, algo totalmente absurdo (no creo que el ecosistema de ambos países difiera mucho).Tras doce horas de bus llegué al anochecer a Ushuaia. La primera cosa que me sorprendió es la luz, no sólo los matices y brillo que toma el cielo en estas latitudes, sobre todo que en el verano austral pasadas las diez de la noche aún se puede ver con claridad.

Medio decepcionado
Ushuaia está muy presente en la mente de cualquier viajero por lo que representa y es parada obligada para los afortunados que tras pagar unos 4.000 euros se embarcan a la Antártida, pero a mi me defraudó. La ciudad, de poco más de 60.000 habitantes, no es del todo fea, pero tampoco bonita. Está enclavada en el canal de Beagle, por donde hace algunas décadas los primeros exploradores las pasaron canutas a bordo de barcos de madera, y tiene como telón de fondo montañas escarpadas que conservan nieve todo el año. El núcleo urbano es anodino, y sus calles llenas de turistas vestidos de cabeza a los pies con ropa de montaña Columbia o North Face. Abundan tiendas de deportes y de souvenirs, y lo mejor que ofrece la ciudad es visitar unos cuantos museos (Museo del fin del mundo, Museo del Presidio, Museo Yámana) caros que curiosamente cierran durante Navidad. Lo más interesante de la zona, sin embargo, está en las inmediaciones.

Parque Nacional de Tierra del Fuego
La visita a este parque, situado a escasos 12 km, es obligada. Me levanté temprano para poder llegar antes de que lo hiciera el guarda y así entrar gratis (la entrada ronda los 80 Pesos, unos 17 euros). Hay varios senderos muy bien señalizados, y elegí el que recorre la costa. Durante algo más de tres horas no me crucé con ningún humano; sí, en cambio, con enormes conejos y muchos pájaros. El paseo es muy asequible, y en un cierto punto se pude mandar una postal a casa desde, de nuevo, “la posta más austral del mundo”. Se trata de una pequeña cabaña regentada por un afable hombre con barba, simpático y gran conocedor del mundo. Estuvimos charlando un poco sobre la vida y antes de despedirnos me regaló una cerveza. El parque, donde se puede acampar, también ofrece otros senderos por dentro de los bosques y uno que sube a un cerro llamado Guanaco.

Otra excursión que hice fue al glaciar Martial, a un par de horas a pie del centro de la ciudad. Aunque no tenga nada que ver con el de Perito Moreno ofrece unas fantásticas vistas de Ushuaia y del canal de Beagle. Diferentes agencias de turismo ofrecen salidas por el canal de Beagle para avistar pájaros, pingüinos o el mítico faro del Fin del Mundo, pero no me apunté a ninguna porque me parecieron una tomadura de pelo. Sí que me hubiera gustado llegar al lago Esmeralda o el lago Escondido, pero los precios de dichas salidas también se disparaban.

Una Nochevieja descafeinada
Tal y como me pasó en Nochebuena, no tenía plan para pasar el fin de año, así que me apunté a la cena que se organizaba en el Haush, el hostal donde estuve alojado. Éramos unos doce chicos, entre mochileros y responsables del hostal. Cenamos embutido (si es que se puede llamar así a lo que ofrecen aquí) y bebimos vino de la zona. Como en Argentina no hay tradición de comer 12 uvas al llegar la medianoche (descubrí que en Colombia sí lo hacen) otro chico de Barcelona que curiosamente vive a escaso kilómetro de mi casa y yo nos preparamos unos cacahuetes y los comimos en substitución de las uvas. La verdad es que me gustó esta nueva modalidad, y no descarto implantarla cuando vuelva a casa, ya que nunca he sido capaz de comer las uvas sin vomitar. Después de la cena llegó una familia colombiana que también se alojaba en el hostal. Estaba formada por un matrimonio de unos cincuenta años y sus tres hijos y habían ido a cenar fuera. Ellos fueron los que me dijeron que en Colombia también comían uvas. Como todos los colombianos que me he encontrado por el camino, resultaron ser encantadores y muy educados. La madre, aún no entiendo muy bien por qué, le dio por dedicarnos a todos una oración religiosa en el momento de brindar. Me pareció estar en una película yanqui, donde los protagonistas dan gracias al Señor por los alimentos comidos. Tras un poco de charla me retiré a dormir. Creo que nunca antes había ido tan pronto a la cama. Y a toro pasado creo que acerté, ya que los chicos que se quedaron bebiendo acabaron la fiesta en un local de alterne de mala muerte.

El día 1 de enero me me despertó a las 8 de la mañana un compañero de habitación que se estaba vistiendo. Era Fernando, un brasileño muy majo dueño de una empresa de parapentes y ropa de deporte. Se iba dirección a El Calafate, como yo, con la diferencia de que él no viaja en autobús ni a dedo, si no en un confortable 4x4. Le pregunté si me podía apuntar con él y me dijo que sí, por lo que adelanté un día mi marcha de Ushuaia. Al final se nos apuntó Diego, un gallego de mi edad que también está viajando por América. Así fue como mientras la ciudad dormía la mona los tres dejamos Ushuaia. En la siguiente entrada hablaré del fantástico viaje en coche que hicimos para llegar a El Calafate y la sobrecogedora visita al Perito Moreno.

Lo mejor de Ushuaia
El Parque Nacional Tierra del Fuego
El glaciar Marcial
Algunas lagunas cercanas a la ciudad
Las vistas al canal de Beagle
Muchas horas de día en verano
La tonalidad del cielo
Buena oferta de alojamientos
Una oficina de información al turista competente

Lo peor de Ushuaia
Difícil y caro de llegar desde la parte continental
No puedes guardar la chaqueta ni en verano
Los negocios y restaurantes no son nada baratos
Los museos son muy caros y cierran en Navidad

Precios de Ushuaia (1€ = 5,4 Pesos)
Una noche en el hostal Haush sin desayuno 70 Pesos
Taxi hasta el Parque Nacional Tierra de Fuego 46 Pesos
Bocadillo para comer 17 Pesos
Una postal 8 Pesos y un sello a Europa 10 Pesos
Cuatro empanadas pequeñas 16 Pesos
Plato combinado en restaurante barato 71 Pesos


Audio:
Un par de canciones mapuches, del pueblo casi exterminado de la Patagonia (Argentina y Chile):

En mapudungún
En español

28 diciembre 2011

Descendiendo por la costa argentina

Aunque me considero un animal urbano, la necesidad de respirar un poco de aire puro y hacer de pixapins, como decimos en Catalunya, me lleva a visitar el mundo rural cada pocas semanas. Así que después de recorrer Buenos Aires del derecho y del revés puse rumbo al sur. Mi intención era (y lo sigue siendo) pasar el fin de año en Ushuaia, la ciudad más austral del mundo, según venden muy bien los argentinos. Ya que lo voy a pasar solo, como mínimo que sea en un lugar especial. Saltándome a la torera Mar del Plata, ciudad que no me interesa lo más mínimo y menos en verano, cogí un autobús directo hasta Puerto Madryn, capital de la provincia del Chubut. Éste fue mi primero contacto con los “famosos” buses argentinos, y tengo que admitir estuvo a la altura. Elegí un semi-cama, más barato que el cama pero suficientemente cómodo, para hacer un trayecto de cerca de 21 horas que pasé durmiendo. Nos dieron una bandeja de comida como en los aviones y pasaron una película infumable de la que no recuerdo ni el título.

Puerto Madryn
La capital del Chubut es una ciudad bastante fea que vive de fabricar aluminio y del turismo, pero sus alrededores, por suerte, son preciosos. Más allá de esta urbe de tamaño medio sólo hay infinitas extensiones de campo yermo de color ocre tintado por pequeños arbustos de un verde apagado. El único movimiento que se ve en el horizonte son algunos guanacos que saltan libres por el campo y los coches y camiones que circulan en fila india por las kilométricas carreteras de línea recta. Tal y como llegué a la estación de autobuses me dirigí al hostal La Tosca, ya que había leído buenas críticas por internet la noche anterior. El lugar resultó ser una fantástica elección; un pequeño jardín comunitario permite a los huéspedes charlar y conocerse, todos los espacios están limpios y el personal es servicial y atento. Allí conocí a tres franceses y a una brasileña bastante alocada que viajaba con su hijo pequeño con los que hice un par de excursiones.

El primer día alquilamos unas bicis y nos fuimos hasta Punta Lomas por un camino de arena que discurre paralelo a la costa. Me impresionó tanto el intenso azul del mar como que no encontráramos nadie a pesar de que estamos en pleno verano argentino. Los más de treinta kilómetros que hicimos acabaron con la salud de mi culo. Otro día me apunté a una excursión que ofrecían en el hostal (de hecho sólo hacía de intermediarios) para visitar Punta Tombo, la colonia de pingüinos Magallanes más grande de América. En ella se reúnen cerca de un millón de esta especie de pingüinos durante el mes de diciembre y enero. Pl grupo con el que me tocó la visita era muy reducido: la brasileña con su hijo, una pareja de catalanes de luna de miel y servidor. Fue muy divertido pasear entre estos pequeños animales y verlos nadar, andar o aparearse.

Y la tercera excursión que hice estando en Puerto Madryn fue a la Península Valdés, una gigante porción de tierra patagónica que se adentra en el mar. Allí fuimos con los franceses y la brasileña en un coche alquilado. Valdés es famosa porque aquí, dependiendo del mes del año, vienen a aparearse o a tener crías infinidad de animales marinos. Llegamos un par de semanas tarde para ver ballenas francas australes y un mes temprano para ver como las orcas atacan a leones marinos en Punta Norte. Sin embargo, pudimos contemplar como tomaban el sol o se peleaban pingüinos, leones marinos y algún elefante marino despistado. El paraje, aunque no se vean ballenas, es espectacular, y bien mereció la pena la paliza en coche que nos pegamos.

En La Tosca fue donde pasé la Nochebuena y el día de Navidad. Si bien aún no he tenido tiempo de sufrir morriña, la noche del 24 tuve presente todo el tiempo a la familia, que estaría comiendo botillo y gritando como animales en la casa de Fresnedo de Mariano y Tere. Lamento no haber participado en el 'Amigo (enemigo) invisible' de este año ni oír a Queco cantar el himno del Atleti. Aun así, en esta lado del mundo también discurrimos para pasar una buena noche. Nos juntamos todos los mochileros del hostal y compramos carne que Rodrigo, el cocinero, se encargó de asar en la parrilla. Tanto en Argentina y Uruguay, donde se hacen asados cada mes, todo grupo de amigos / familia tiene un 'elegido' que se encarga de cocinar la carne, y Rodrigo, por fortuna, lo hace muy bien. Italianos; franceses; israelitas; noruegos; sudafricanos y argentinos nos hicimos de familia y ayudados por demasiadas botellas de vino argentino y fernet destrozamos los idiomas que teníamos en común.

Los días pasan rápido, sobre todo cuando estás activo, y habiendo dado buena cuenta de lo más interesante a muchos kilómetros a la redonda de Puerto Madryn tocaba mover ficha y seguir viajando hacia el sur. En esas que la mañana del lunes me dejaron en una gasolinera de Trelew y me puse a hacer autoestop, ya que por estas latitudes es seguro. Tuve suerte y en apenas diez minutos un camionero argentino me paró y me llevó unos 400 kilómetros, hasta Comodoro Rivadavia, la capital del petroleo -y de YPF- del país. Durante las más de cinco horas de trayecto, Mariano, así es como lo bautizaron, tuvo tiempo de contarme como le había llovido del cielo hacía una semana una herencia millonaria y yo, por mi cuenta, tuve tiempo de pegar una cabezadita mientras él se limitaba a mantener el volante firme por la carretera sin curvas.

Al llegar a Comodoro constaté en pocos minutos que la ciudad era incluso más fea que Puerto Madryn (aunque menos que Río Gallegos, aunque en ese momento no lo sabía), por eso volví a alzar el dedo con la intención de hacer noche en otro lugar. En esta carretera de más de tres mil kilómetros, la N 3, hay muy pocas poblaciones, por lo que a veces te ves obligado a viajar centenares de kilómetros para encontrar el siguiente núcleo urbano. En el segundo intento de autoestop estuve cerca de una hora esperando bajo un sol de justicia hasta que me levantó, como dicen acá, Jorge, otro camionero argentino. En esta ocasión, debido a que su ruta lo desviaba al interior, sólo me pudo acompañar unos 90 kilómetros, hasta Caleta Olivia.

Pensaba quedarme a dormir en Caleta, más pequeño que Comodoro, pero tras deambular por sus calles buscando un hostal barato y al ver que no había opción económica decidí comprar un billete de bus hacia Río Gallegos. Esperé una hora en la estación hasta que ya siendo negra noche me subí a un flamante Andesmar que me llevó por media Patagonia hasta llegar a la capital de Santa Cruz. Y aunque toda la costa atlántica de argentina y la monotonía de la Patagonía son preciosas, tengo que decir que la mayoría de ciudades de la zona son feas, grises y anodinas. Tal vez Río Gallegos, la ciudad que vio nacer a un ahora mitificado Néstor Kirchner, se lleve la palma. Pero una vez aquí el cansancio me venció, por eso decidí buscar una posada y dejar para el día siguiente el viaje a Ushuaia.

Aunque le he dado una oportunidad a Río Gallegos, no merece ni medio día de visita. Las calles, como en Comodoro o Caleta Olivia, están muy mal cuidadas, y las cuadrillas de perros callejeros destrozan las bolsas de basura que se dejan en la calle y esparcen todos los desperdicios. Incluso el paseo por el río, lo único bonito que podrían tener cuidado, está en pésimas condiciones. Con este panorama y con unas ojeras que me llegan al suelo, he comprado un par de cosas en el súper y me recluido en el hostal, donde ahora estoy escribiendo estas líneas.

Mañana miércoles temprano zarpo rumbo a Ushuaia, en teoría la ciudad más austral del mundo a pesar de que creo que hay una chilena más al sur. Allí quiero quedarme unos cuantos días para hacer excursiones por los parques naturales de la zona y será donde pase la Nochevieja.

Nos leemos en Tierra de Fuego.

Audio: Cumbiera intelectual (Kevin Johansen, un cantante argentino-americano)

Audio 2: Y como en Brasil no puse canciones, aquí va una muy buena que me hizo descubrir Guillem: Ainda bem (Marisa Montes)

Lo mejor de la costa argentina
Miles de kilómetros de playas desiertas y acantilados
Una fauna marina espectacular, de documental del National
El paisaje hipnótico de la Patagonia y sus kilométricas rectas
Las actividades a hacer (avistar ballenas, bañarte con focas, kitesurf etc)

Lo peor de la costa argentina
Se necesitan muchas horas para recorrer los puntos de interés
Pocos pueblos significa pocos hostales y precios más caros
La fealdad y dejadez de las ciudades costeras

Precios de la costa argentina (1€= 5,7 Pesos)
Una noche en el hostal La Tosca (Puerto Madryn): 70 Pesos
Excursión de todo un día a la reserva de pingüinos de Punta Tombo: 250 Pesos
Entrar a la reserva natural de Punta Tombo: 35 Pesos
Alquiler y gasolina de un coche en una excursión de unos 400 km : 120 Pesos (cada uno)
Bus nocturno con servicio de Caleta Olivia a Río Gallegos: 255 Pesos
Una noche en el hospedaje Elcira (Río Gallegos): 70 Pesos

24 diciembre 2011

Buenos Aires, La Capital

Tres semanas en la capital de Argentina, Buenos Aires, me ha servido para conocer un poquito esta gran ciudad y a sus moradores, los porteños. Así es como se llama a los argentinos que residen en el Gran Buenos Aires, una megaurbe que alberga cerca de 13 millones de almas, un tercio del país. Como Argentina es tierra de tópicos (tango, carne y soberbia), al igual que lo es España (flamenco, paella y sangría) o Catalunya (Guadí, tacañería y pa amb tomàquet), voy a tirar yo también de tópicos, arriesgándome a que algún porteño despistado acabe leyendo estas líneas.



Llegué a Buenos Aires (BsAs) por mar, en concreto en un cómodo ferri que me trasladó desde Colonia Sacramento (Uruguay). Los uruguayos que conocí (encantadores todos, por cierto) hicieron hincapié en diferenciarse de los argentinos, de los que no me dieron muy buena prensa, aunque sí diferenciaban a los porteños (que detestan) del resto de argentinos (que les cae bien). Según éstos, los argentinos han intentado apropiarse de Gardel (se lo disputa también Francia), del dulce de leche y hasta del candombé. Prepotentes; engreídos; chulos; egocéntricos o divos son algunos de los adjetivos más usados para definir al porteño de a pie, y mal me pesé, en demasiadas ocasiones he visto cumplirse el tópico. He conocido gente muy maja, servicial y simpática, pero en comparación con Brasil, Uruguay o Paraguay, aquí me he llevado bastantes borderías gratuitas. Tal vez se deba a que mi español destina acento gallego...

Los primeros días estuve alojado en casa de Lurdes, una argentina que acogí en Barcelona cuando estuvo visitando Europa. Lurdes vive en Caballito, el típico barrio de clase media de la capital, lleno de gente que va arriba y abajo y de negocios de todo tipo. Me gustó llevar la ropa a la lavandería (mucha gente no tiene lavadora aquí); pasear por el mercado del Progreso (donde saboreé las mejores empanadas hasta la fecha); cortarme el pelo en una barbería o comer en una parrillada. Los primeros días hice turismo solo por los lugares más típicos de la ciudad, aunque Lurdes también me sacó de fiesta con sus amigos y conocí una tanguería alternativa que me encantó: la Catedral.

Más tarde llegaron mi madre y Josep, con los que estuve una semana. Con ellos me alojé en un confortable hotel en el lujoso barrio de Belgrano, y pude degustar la deliciosa carne que ofrecen algunos de los mejores restaurantes de la capital, como La gran parrillada del Plata o Desnivel, un clásico de San Telmo. También nos acercamos en una excursión de un día a Tigre, una preciosa localidad sobre el delta del Paraná a escasa media hora de Buenos Aires que tiene canales en lugar de calles. Vendría a ser una Venecia o Ámsterdam argentina, pero donde hay casas con jardín y no edificios de varias plantas. Casi todas las casas tienen jardín y para ir al súper, a la escuela o al hospital se precisa coger (tomar) una barca. A Tigre volvía a ir con Chicho y Nat, que también hicieron acto de presencia por la capital, aunque sólo fuera un par de días.


Finalmente, antes de abandonar Buenos Aires, estuve alojado en casa de Ester, prima de mis primos Lucía, Ana y Celsín, de Ponferrada. Me acogió como una madre y me llevó a pasar el fin de semana a la costa, donde pude conocer pueblos turísticos, como San Bernardo o Pinamar, y otros menos concurridos pero muy bonitos, como Cariló.
Como en Buenos Aires he estado mucho tiempo, más que explicar qué he hecho cada día voy a destacar los sitios en los que he estado:

Belgrano:Barrio bien, tiene algunas plazas agradables y las aceras están completas. Hay bonitas cafeterías y es un lugar seguro.
Palermo:Uno de los barrios de moda. Restaurantes de todas las nacionalidades, mercadillos de artesanía los fines de semanas y parques.
San Telmo:Uno de los barrios más antiguos. Calles empedradas, buenos restaurantes y bien comunicado. Los domingos puedes ver bailar tango en su principal plaza, Dorrego. Aquí se come muy buena carne en Desnivel y La gran parrilla del Plata, y también se encuentra Mafalda sentada en un banco de metal, siempre acompañada por guiris que se hacen (hacemos) fotos con ella.
Recoleta:Barrio de clase media / alta. Lo mejor: el cementerio, donde reposan los cuerpos mortales, entre otros, de Evita Perón (no es la tumba más bonita).
Once:La zona más internacional. Aquí es muy fácil ver a judíos ortodoxos pasear por las calles. Está lleno de comercios y vida.
Boca:Barrio humilde, en la zona sur. Destacan Caminito (famosa calle de colores que da al puerto) y el estadio de una institución nacional como es el Boca Juniors. Por la noche no es un barrio muy recomendable, y el hedor que sale del puerto ensombrece un poco el paseo.
Puerto Madero:Muelle industrial reconvertido en uno de los barrios más lujosos de la capital. Incluye un canal y un puente de Calatrava. Hay buenos restaurantes, pero poco más.
Obelisco:No tiene nada en especial, salvo que marca el centro (o uno de los centros) de la ciudad. Situado en la Avenida 9 de Julio (la calle más ancha del mundo) con Avenida Corrientes.
Avenida Corrientes:La calle con más vida de Baires, llena de teatros, cines, restaurantes y muchas librerías. Pasear sin prisa por esta avenida y ojear libros de segunda mano es de lo mejor que se puede hacer en esta ciudad.
Plaza de Mayo:Centro político de la ciudad. Aquí se haya la Casa Rosada (que se puede visitar), el Museo de la Casa Rosada (ideal para ponerse al día con la historia política del país y conocer sus próceres), el Cabildo (el ayuntamiento de Capital, también visitable) y la Catedral. En esta plaza acaban casi todas las manifestaciones que se organizan en la ciudad (que son varias a la semana) y los jueves se concentran, desde hace más de 30 años, las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo.
Lavalle / Florida: Son dos de las calles con más comercios de la ciudad. Aquí colisionan constantemente ejecutivos con prisa con turistas despistados. Abundan vividores y carteristas.
Plaza del Congreso:A parte del Parlamento de la Nación, aquí se encuentra el cine de la Academia Argentina, donde se pueden ver pelis a tan solo 8 pesos (unos 1,5 euros aprox).
Esma:La ex Escuela Mecánica de la Armada fue durante la última dictadura militar (1975-83) uno de los mayores centros de detención, tortura y aniquilación de elementos subversivos del sistema. Su visita es imprescindible para entender la historia reciente del país. También vale la pena ver la nueva película que habla sobre la creación de las Abuelas de la Plaza: “Verdades verdaderas”.


Lo mejor de Buenos Aires:
Es una ciudad muy activa, donde siempre hay conciertos (de artistas internacionales) y que vive hasta altas horas de la madrugada.
La infinidad de librerías que hay por toda la ciudad, sobre todo en la Avenida Corrientes, donde venden libros de segunda mano a muy buen precio.
El más que asequible precio del transporte público y taxis.
El cementerio de Recoleta.
La Plaza de Mayo, donde se concentra el Cabildo, la Casa Rosada y la Catedral.
La Avenida de Mayo, que alberga cafés como el mítico Tortoni.
Los barrios de Palermo y San Telmo.
Los restaurantes parrilladas, donde ofrecen muy buena carne y vino nacional a buen precio.
El nuevo barrio portuario de Madero.
Tener la bonita población de Tigre a sólo media hora en tren.
Películas a 8 pesos en el cine de Plaza Congreso.

Lo peor de Buenos Aires:

No es una ciudad especialmente bonita ni con muchos atractivos turísticos destacados. Es mejor vivirla que visitarla.
La polución y tráfico de las calles principales.
La poca simpatía de algunos vendedores / camareros.
La inseguridad de algunos barrios.
El estado lamentable de muchas aceras.
Es una ciudad que aún le da la espalda al mar.

Precios de Buenos Aires: (1€ = 5,7 Pesos argentinos)
Una noche en Hostel Ritz (no hotel!) en habitación de tres: 100 Pesos
Una noche en Hostel ideal en habitación de ocho: 56 Pesos
Parrillada en Desnivel: 120 Pesos por cabeza
Periódicos: 3,8 Pesos
Billete sencillo de bus o metro: 1,1 Peso
Show Café Tortoni: 120 Pesos
Tres empanadas más bebida: 18 Pesos
BigMac en McDonald’s: 35 Pesos
Bus a la Plata: 15 Pesos
Comer de menú: 48 Pesos


A partir de ahora voy a incorporar una canción en cada entrada, ya que es una pena que la música que voy escuchando por aquí no tenga cabida en el blog. Empezaré con una canción de un grupo muy famoso en Argentina, Bersuit Vergabat, que hace una graciosa autocrítica del país. En ella muestran la cara y cruz de Argentina. Lo mejor, la letra.

Audio: La argentinidad al palo (Bersuit Vergabat).

02 diciembre 2011

Montevideo, la ciudad tranquila

Tal y como pasa con el país, poca cosa se sabe en Europa de Montevideo, por lo que tras visitarla te sorprende gratamente. La capital de Uruguay es una ciudad mediana, de millón y medio de habitantes aproximadamente, así que la mitad del país vive en ella. Tiene un centro histórico abarcable a pie, donde se concentran los principales puntos de interés. Destacan, bajo mi punto de vista, la rambla (el paseo marítimo que protege el centro del mar); el Teatro Solís (donde actuará La Fura dels Baus en diciembre); las plazas de la Independencia y la Constitución; sus callejuelas llenas de negocios; el histórico y ahora abandonado barrio sur; y Palermo.

La primera noche en Montevideo me alojé en casa de Mauro, un sobrecargo de la aerolínea nacional que vive en el apacible barrio de Malvín. Mauro es un tipo espléndido de cuarenta años y padre de un adolescente. Tras dejar mi mochila en su casa nos fuimos a la playa, a tiro de piedra de su piso, donde conversamos un buen rato. Hablamos de Uruguay; de Argentina; de la relación entre ambos países; de la dictadura; de cómo hacer un buen mate; de política, arte y fotografía. La verdad es que esta larga charla me recordó mucho a las que mantuve con Balark, en Manaus, y es que hasta cierto punto ambos personajes comparten intereses y manera de ser. Mauro es extremadamente culto y educado. Es una persona leída y que, por motivos de trabajo, ha viajado mucho. Para ser sinceros, me sentí un poco mal al constatar lo mucho que sabía él de Europa y España y lo poco que conocía yo de Uruguay. Aunque precisamente para eso, para conocer el continente, me encuentro hoy aquí. Entre charla y charla tomamos mate y merendamos unos dulces deliciosos (este país es la perdición para cualquier diabético goloso), y antes de que se fuera a trabajar fuimos a cenar con su hijo a un restaurante casero de barrio que frecuenta el mismo Eduardo Galeano, vecino de la zona. En Varela me pude resarcir de tantos días a base de empanadas, y disfruté como un cromañón devorando tiras de asado y Pulpón (un tipo de carne). Su hijo se fue a casa de su madre, y como él tenía que volar me dejó las llaves de su casa para que me quedara a dormir. A la mañana siguiente se las dejé a una vecina y me acerqué a la casa de otra couch, Claudia, donde me quedé cuatro noches.

Gracias a Claudia conocí a otros uruguayos que forman parte de la comunidad de couchsurfing de la ciudad y también a otros españoles que han venido a estos lares en busca de trabajo o como expatriados bien remunerados. Fui a una fiesta de couchers que se celebró en una casa señorial convertida en una discoteca; acompañé por las calles de Palermo a una cuerda de candombé integrada exclusivamente por mujeres; vi el atardecer en la rambla; paseé el domingo por el variopinto y completo mercado de Tristán Narvaja; aproveché para hacer un par de entrevistas para mi otro blog (nodisparenalmensajero.wordpress.com); probé comidas típicas como el chivito o el gramajo, y me pasé horas en el agradable Centro de Cultura de España, donde había wifi gratis y una buena biblioteca.

Una de las cosas que más me han sorprendido de Montevideo es la intensidad con la que viven el carnaval (cuya fiesta dura más de un mes) y la cantidad de cuerdas de candombé que tienen. A pesar de que la comunidad negra es muy minoritaria, los montevideanos se preparan a conciencia para esta fiesta y ensayan muchas semanas antes de que llegue febrero. Y me sorprendió aún más que nadie me supiera explicar el por qué viven con tanta pasión esta fiesta. Sin embargo, me sigo quedando con los blocos brasileños y el ritmo que tienen los negros y mulatos en Brasil. También me ha impactado ver como en la trama urbana, repleta de edificios históricos preciosos (muchos de ellos decadentes) comparten calzada modernos coches con carromatos tirados por caballos. Y es que la crisis del corralito que vivió Argentina en el 2002 causó estragos en Uruguay. Ya se sabe, cuando Argentina estornuda, Uruguay agarra una pulmonía. A pesar de todo, Montevideo sigue siendo una de las ciudades más avanzadas y seguras de todo Latinoamérica.

Colonia Sacramento

Para llegar a Buenos Aires tenía dos alternativas: tomar un ferry directo o viajar en bus hasta Colonia Sacramento y allí subirme a otro barco. Como me habían hablado muy bien de Colonia y no tenía prisa, me decanté por esta segunda opción. En Colonia Sacramento estuve un día, tiempo suficiente para pasear por sus tranquilas calles y visitar los edificios más viejos de todo Uruguay. En el casco antiguo (Patrimonio de la Humanidad para la Unesco, 1995), de calles adoquinadas y repletas de casas de piedra, se respira historia, en concreto la recién historia del país. Aquí es donde se encuentran la primera iglesia de Uruguay y algunos de los edificios más antiguos. Y donde hace tres siglos había españoles que se peleaban con portugueses, ahora hay hordas de turistas cámara en ristre que ocupan las pocas calles que tiene el centro. A pesar de que hoy días se ha convertido en una ciudad muy turística y colonizada por argentinos, creo que aún merece la pena su visita. Y tras este corto paseo me despedí de Uruguay, ya que delante de mis narices me esperaba la gran Buenos Aires, y no la quería hacer esperar.

Lo mejor de Montevideo:
Su tamaño. Se puede visitar todo el centro y los puntos de interés a pie.
Es una ciudad rodeada de mar, así que tiene un bonito paseo desde donde observar la puesta de sol y playas urbanas.
La tranquilidad y poca violencia que registra.
Las pastelerías y restaurantes.
La amabilidad y educación de sus ciudadanos.


Lo peor de Montevideo:
Es una ciudad bastante cara, sobre todo algunos productos básicos del supermercado.
La decadencia de algunos barrios / zonas.
El ruido de los autobuses y la polución de las calles principales.

Precios de Montevideo: (1€=26 Pesos uruguayos)
Bus urbano: 18 Pesos
Desayuno a base de dulces de pastelería: 20 Pesos
Hamburguesa y bebida en puesto callejero: 100 Pesos
Cena a base de empanadas en un restaurante: 200 Pesos
Menú de mediodía: 180 Pesos
1 yogur: 25 Pesos
1 Coca-cola de dos litros: 60 Pesos
Bus de Montevideo a Colonia: 220 Pesos
Ferry de Colonia a Buenos Aires: 550 Pesos