La circulación, o todo aquello que se puede ver y observar desde un coche, moto, rickshaw o a vista de peatón, es de lo que más impresiona de Delhi. Así que, ahora, haré un ejercicio de memoria para intentar apuntar las cosas que más me han chocado. Espero en un futuro acompañarlo con fotos (las colgaría en el link "mis fotos indias"). Allí va:
- A algunos vehículos les cuelgan zapatillas o chancletas en el parachoques trasero. No es que hayan atropellado a alguien, que también puede ser, sino más bien un acto de fe o superstición. Aún tengo que indagar sobre la materia.
- Los camioneros deben tener muchas horas libres ya que pintan sus viejas chatarras con colores vistosos y mensajes de todo tipo.
- Es normal ver en mitad de una vía rápida (en un puente, túnel etc) un ciclista, un peatón o dos coches parados que charlan en el arcén mientras los coches pasan a toda velocidad a su lado.
- Muchos camiones o autorickshaws tienen escrito a mano en la parte trasera "horn please", que significa "toque la bocina, por favor". No es coña, simplemente que aquí, cuando vas a adelantar a alguien, es preceptivo tocar la bocina para indicar que lo harás.
- La mayoría, por no decir la totalidad, de los coches llevan los retrovisores -cuando tienen- doblados para dentro. Al menos el izquierdo. Es decir, lo que en España se dobla cuando aparcas en una calle estrecha, aquí se hace para conducir. El motivo es que al no existir de facto carriles y estar rozando vehículos constantemente, prefieren conservar el retrovisor, aunque no lo usen.
- Hablando de retrovisores, los autorickshaw los llevan dentro del vehículo, por el mismo motivo, y algunas bicis también llevan en el manillar, a veces decorados con flores o plásticos.
- La mayoría de autorickshaws apagan el motor cuando esperan en un semáforo que se prolonga demasiado. Eso sí, nada más ver la luz verde arrancan y empiezan a pitar.
- TODOS los autorickshaws, y muchos coches, llevan pegatinas y dibujos de sus dioses particulares. Y la verdad es que la oferta de deidades para elegir es enorme.
- Algunos de los taxistas, como ya he comentado, te piden permiso para parar a tomar un té a mitad de una carrera. De hecho, es común ver un pasajero esperando en un autorickshaw a que su conductor apure la bebida y finiquite la charla con el tendero de turno.
- Otros, te hacen subir cuando ya llevan pasaje y obligan al primer cliente a bajar en cualquier esquina.
- La mayoría de taxistas llevan un forro polar mugriento por las noches, ya que en un autorickshaw de Delhi en pleno mes de enero, el frío es considerable.
- La oscuridad indica que las normas de circulación ya no tienen vigencia. Es cuando se impone el vehículo con carrocería más grande, el que va más rápido o el que pita más.
- Por la noches se pueden ver varios autorickshaws aparcados esperando clientes. Los conductores se resguardan del frío, a veces de dos en dos, en el interior del vehículo.
- Pocos coches conservan intacta su carrocería. La mayoría atesoran ralladas, en el mejor de los casos, y golpes, en el peor.
- En un trayecto de una media hora en autorickshaw el conductor puede escupir ( y no simple saliva) unas cinco o seis veces. Además, a menudo mastican unos polvos rojos que cuando los escupen forman una cascada rojiza asquerosa.
26 enero 2008
Sábado sabadete
Aunque hoy es sábado, el tercero que paso en Delhi, no creo -vaya, estoy seguro- que cumpla el refrán de polvete. Se me presenta más bien un sábado tranquilo, por no decir algo aburrido; de pijama en casa y poco más.
Ayer por la tarde, antes de que saliera de la oficina, un grupo de españoles se fueron de fin de semana a Shimla, una población norteña a unas 10 horas en autobús de Delhi. Me hubiera encantado ir, más que nada para romper con la monotonía de la ciudad y no escuchar a los jugadores amateurs de criquet que ocupan el patio escolar al que da la ventana de mi habitación cada sábado y domingo por la mañana. Esta vez no pudo ser, a ver si otro fin de semana consiguo escapar y empezar a conocer esta gran país que para mi, de momento, se limita a Nueva Delhi.
Sobre las 21 horas tomé un autorickshaw y me volví a casa. No me apetecía cocinar y tampoco tenía nada en la nevera, así que me acerqué a un cuchitril roñoso que tengo delante del portal, a unos diez metros, que sirven comida a domicilio. Desde la calle sólo se ve una gran cocina sucia y tres o cuatro cocineros trabajando a destajo. Fuera, cinco repartidores charlan mientras no hay pedidos que llevar. Elegí "butter chicken", pollo con mantequilla, porque es una apuesta segura, y le indiqué al hombre que me tomó la nota de que vivía allí delante. En cinco minutos ya estaban llamando a mi interfono. Sin abrir la cancilla, le pagué al chico las 180 rupias (unos tres euros) que costaba mi pedido y me dió una bolsa con la comida. Es curioso porque aquí se lleva mucho lo de pedir comida a domicilio, y no sólo pizzas. Así que te pueden traer pasta, cocidos o sopas en bolsas de plástico. Y la verdad es que la impresión que da abrir esas bolsas llenas de líquido no es del todo agradable.
El pedido estaba bueno, aunque había mucho líquido y poco pollo. Después de cenar charlé con mucha gente por skype, manteniendo un poco mi vida social catalano-española, y me puse una película.
Aunque intenté dormir, el ardor del estómago me lo impidió, y, por primera vez desde que llegué, pasé una mala noche. El zumito que me acabo de tomar, no obstante, creo que ha ayudado a mi flora intestinal. (Apunte: la próxima visita de España tiene que trae algún medicamento para el ardor.)
En breve me vestiré, porque aquí ya son casi las cuatro, e iré a comprar algo para llenar mi desangelada nevera. Por la tarde espero quedar con alguien y empezar así a construir, poco a poco, mi vida social india. Pero eso ya lo comentaré en otro momento.
Ayer por la tarde, antes de que saliera de la oficina, un grupo de españoles se fueron de fin de semana a Shimla, una población norteña a unas 10 horas en autobús de Delhi. Me hubiera encantado ir, más que nada para romper con la monotonía de la ciudad y no escuchar a los jugadores amateurs de criquet que ocupan el patio escolar al que da la ventana de mi habitación cada sábado y domingo por la mañana. Esta vez no pudo ser, a ver si otro fin de semana consiguo escapar y empezar a conocer esta gran país que para mi, de momento, se limita a Nueva Delhi.
Sobre las 21 horas tomé un autorickshaw y me volví a casa. No me apetecía cocinar y tampoco tenía nada en la nevera, así que me acerqué a un cuchitril roñoso que tengo delante del portal, a unos diez metros, que sirven comida a domicilio. Desde la calle sólo se ve una gran cocina sucia y tres o cuatro cocineros trabajando a destajo. Fuera, cinco repartidores charlan mientras no hay pedidos que llevar. Elegí "butter chicken", pollo con mantequilla, porque es una apuesta segura, y le indiqué al hombre que me tomó la nota de que vivía allí delante. En cinco minutos ya estaban llamando a mi interfono. Sin abrir la cancilla, le pagué al chico las 180 rupias (unos tres euros) que costaba mi pedido y me dió una bolsa con la comida. Es curioso porque aquí se lleva mucho lo de pedir comida a domicilio, y no sólo pizzas. Así que te pueden traer pasta, cocidos o sopas en bolsas de plástico. Y la verdad es que la impresión que da abrir esas bolsas llenas de líquido no es del todo agradable.
El pedido estaba bueno, aunque había mucho líquido y poco pollo. Después de cenar charlé con mucha gente por skype, manteniendo un poco mi vida social catalano-española, y me puse una película.
Aunque intenté dormir, el ardor del estómago me lo impidió, y, por primera vez desde que llegué, pasé una mala noche. El zumito que me acabo de tomar, no obstante, creo que ha ayudado a mi flora intestinal. (Apunte: la próxima visita de España tiene que trae algún medicamento para el ardor.)
En breve me vestiré, porque aquí ya son casi las cuatro, e iré a comprar algo para llenar mi desangelada nevera. Por la tarde espero quedar con alguien y empezar así a construir, poco a poco, mi vida social india. Pero eso ya lo comentaré en otro momento.
24 enero 2008
Comportamiento local
Cuando casi llevo una semana con interet en casa, aún no me han traído un cable largo para poder conectarme desde la cama, a escasos tres metros de la toma de red. Y es que los indios, tal y como estoy comprobando día tras día, son muy dados a prometer mucho y cumplir poco. De esta manera, es normal que alguien te prometa que viene mañana a instalarte algo en casa y que no aparezca. Pero además, si lo llamas para cantarle las cuarenta el mismo día o al día siguiente, no te piden ni disculpas. Como si nada. El buen karma parece que los posee (cuando la culpa es suya) y no se alteran ni sonrojan.
Esto mismo me ha pasado con mi futura moto. Y digo futura porque aún no la tengo. Resulta que ayer vino Manoj con un tío que vendía una moto a la oficina. La moto estaba perfecta, no era muy vieja y su estilo retro la hace ideal para esta ciudad, más vale no llamar la atención. Pues bien, tras comprobar que el faro delantero no iba ni tampoco como los intermitentes, quedé con el chico que la trajera mañana y le pagaría las 6.000 rupias (unos 100 euros) de rigor. Esta tarde ha aparecido el tío con la misma moto y sin ningún arreglo. Eso sí, con cara de felicidad e inocencia, esperando que no me diera cuenta. ¿Qué se ha creído? El resultado de tal despropósito es que todavía no gozo de medio de transporte y me debo, aún, a los rickshaw y sus tarifas variables.
Otra anécdota para la memoria tuvo lugar la semana pasada. Una noche que no tenía nada en la nevera -entra dentro de lo normal-, llamé a una pizza. Se ve que cuando vino el pizzero me dio 100 rupias de más (poco menos de dos euros), y yo no me di cuenta. Con la barriga llena y a punto de entrar en la cama, me llamaron de la pizzería comentándome lo sucedido. Esta llamada la consideraría normal si no fuera porque en esos momentos era la 1 de la madrugada!! Al telefonista le dije de todo menos guapo, y emplacé al pizzero despistado al día siguiente en mi casa para devolverle las 100 rupias. Y al día siguiente, vino, aunque no sé si el viaje le salió a cuenta.
Y el colmo (hasta la fecha) de lo que me ha pasado tiene relación con algunos conductores de autorickshaw. Estos personajes, no contentos con intentar timarte cada vez que subes a uno de estos vehículos, aplicandote a la mínima que se hace un poco oscuro la tarifa nocturna, hay veces que, a medio camino de tu destino, te preguntan, con gran una desdentada sonrisa amarilla, si pueden parar un segundo a tomar un té -o lo que coño sea- en algún lugar que conocen. Es decir, vas por ejemplo del trabajo a tu casa, con ganas de coger el sofá que no tienes o tomarte una ducha de agua caliente que no sale de tu cisterna, y a medio camino pretenden parar. ¡Y hasta les parece descortés por tu parte que les apremies!
En fin, me tendré que ir acostumbrando al comportamiento local.
Esto mismo me ha pasado con mi futura moto. Y digo futura porque aún no la tengo. Resulta que ayer vino Manoj con un tío que vendía una moto a la oficina. La moto estaba perfecta, no era muy vieja y su estilo retro la hace ideal para esta ciudad, más vale no llamar la atención. Pues bien, tras comprobar que el faro delantero no iba ni tampoco como los intermitentes, quedé con el chico que la trajera mañana y le pagaría las 6.000 rupias (unos 100 euros) de rigor. Esta tarde ha aparecido el tío con la misma moto y sin ningún arreglo. Eso sí, con cara de felicidad e inocencia, esperando que no me diera cuenta. ¿Qué se ha creído? El resultado de tal despropósito es que todavía no gozo de medio de transporte y me debo, aún, a los rickshaw y sus tarifas variables.
Otra anécdota para la memoria tuvo lugar la semana pasada. Una noche que no tenía nada en la nevera -entra dentro de lo normal-, llamé a una pizza. Se ve que cuando vino el pizzero me dio 100 rupias de más (poco menos de dos euros), y yo no me di cuenta. Con la barriga llena y a punto de entrar en la cama, me llamaron de la pizzería comentándome lo sucedido. Esta llamada la consideraría normal si no fuera porque en esos momentos era la 1 de la madrugada!! Al telefonista le dije de todo menos guapo, y emplacé al pizzero despistado al día siguiente en mi casa para devolverle las 100 rupias. Y al día siguiente, vino, aunque no sé si el viaje le salió a cuenta.
Y el colmo (hasta la fecha) de lo que me ha pasado tiene relación con algunos conductores de autorickshaw. Estos personajes, no contentos con intentar timarte cada vez que subes a uno de estos vehículos, aplicandote a la mínima que se hace un poco oscuro la tarifa nocturna, hay veces que, a medio camino de tu destino, te preguntan, con gran una desdentada sonrisa amarilla, si pueden parar un segundo a tomar un té -o lo que coño sea- en algún lugar que conocen. Es decir, vas por ejemplo del trabajo a tu casa, con ganas de coger el sofá que no tienes o tomarte una ducha de agua caliente que no sale de tu cisterna, y a medio camino pretenden parar. ¡Y hasta les parece descortés por tu parte que les apremies!
En fin, me tendré que ir acostumbrando al comportamiento local.
23 enero 2008
Hogarizando New Friends Colony
Ayer por la mañana me pasó a buscar por casa Shilpi. Llegó tarde por dos motivos: porque había ido a la peluquería y porque tuvo un pinchazo con la carraca de coche que lleva. Estos contratiempos no me importaron en absoluta ya que, debido a su tardanza, pude gozar de más minutos de sueño en mi cama king-size.
Esta vez Shilpi me llevó a Noida, una población cercana a Nueva Delhi que se llega tras pasar el río -negro- Yamena (que es un afluente del Ganges) y por autopista (primera vez que no veo tránsito). De Noida apenas vi nada, y sólo sé que los barrios no tienen nombre sino número. Nada más llegar fuimos a comer. La invité a un sitio que le gusta y frecuenta a menudo, según me confesó: el Top Bread. La verdad es que no era nada del otro mundo, más un simple un bar de bocadillos y pasteles. No obstante, mi cuerpo agradeció no ingerir picante ni especies por un día. Después de saciarnos, cruzamos una calle y nos metimos en un centro comercial enorme.
"The Great India" es un gigantesco 'mall' que bien podría estar ubicado en Europa o en los EEUU. Está lleno de tiendas franquicia y el suelo brilla. Es un oasis de limpieza y orden a pocos minutos de Delhi. Me sorprendió que, para entrar tuvieramos que ponernos en fila para pasar por un detector de metales. Es frecuente este absurdo proceso, ya que la máquina pita pero aún así te dejan pasar. Más soprendente es que te miren la bolsa que lleves y te permitan la entrada (yo llevo siempre una navaja suiza en el bolsillo pequeño y hasta la fecha ha pitado en todos los arcos sin mayor trascendencia.
Paseamos por las enPor sus entrañas del "Great India", y aproveché para cotejar precios de tiendas como Levi's o Bata. Si no hice mal los cálculos, unos Levi's que en España valen alrededor de 90 euros aquí costaban unos 35. En la planta baja del centro comercial, siguiendo el patrón globalizado, se encuentra una gran tienda dedicada a la decoración del hogar. Una especie de Ikea. Allí, donde el ratio de dependentes supera con creces el de clientes, me compré una lámpara para la mesita de noche (imprescindible para leer) y un ladrón. Acto seguido fuimos a un supermercado, aún en el centro, donde pude comprobar que el aceite de oliva, inexistente en la India, cuesta la friolera de 10 euros la botella. Así que, las próximas visitas que reciba provinientes de España deberán pagar como arancel una botella de este oro dorado por maleta si quieren hospedarse en el 121 de New Friends Colony.
Tras observar más que comprar nos fuimos del lugar. Llegaba tarde al trabajo y encima tenía que coger un autorickshaw. Shilpi, en cambio, tenía el día libre. Me despedí de ella con un par de besos en la mejilla. Me sorprendió que no supiera darlos. Y es que en Europa damos por hecho que todo el mundo hace y sabe hacer gestos tan fáciles como besar en la mejilla. Le di dándole las gracias por sacarme a pasear una vez más, y me encaminé a Jor Bagh, en el corazón de Delhi. Desde entonces, no hay novedades al frente.
Pd. En la relación de "Mis Links" que aparece a la derecha de esta pantalla he puesto un enlace a "Mis fotos indias". Allí colgaré algunas fotos que vaya haciendo por el camino.
Esta vez Shilpi me llevó a Noida, una población cercana a Nueva Delhi que se llega tras pasar el río -negro- Yamena (que es un afluente del Ganges) y por autopista (primera vez que no veo tránsito). De Noida apenas vi nada, y sólo sé que los barrios no tienen nombre sino número. Nada más llegar fuimos a comer. La invité a un sitio que le gusta y frecuenta a menudo, según me confesó: el Top Bread. La verdad es que no era nada del otro mundo, más un simple un bar de bocadillos y pasteles. No obstante, mi cuerpo agradeció no ingerir picante ni especies por un día. Después de saciarnos, cruzamos una calle y nos metimos en un centro comercial enorme.
"The Great India" es un gigantesco 'mall' que bien podría estar ubicado en Europa o en los EEUU. Está lleno de tiendas franquicia y el suelo brilla. Es un oasis de limpieza y orden a pocos minutos de Delhi. Me sorprendió que, para entrar tuvieramos que ponernos en fila para pasar por un detector de metales. Es frecuente este absurdo proceso, ya que la máquina pita pero aún así te dejan pasar. Más soprendente es que te miren la bolsa que lleves y te permitan la entrada (yo llevo siempre una navaja suiza en el bolsillo pequeño y hasta la fecha ha pitado en todos los arcos sin mayor trascendencia.
Paseamos por las enPor sus entrañas del "Great India", y aproveché para cotejar precios de tiendas como Levi's o Bata. Si no hice mal los cálculos, unos Levi's que en España valen alrededor de 90 euros aquí costaban unos 35. En la planta baja del centro comercial, siguiendo el patrón globalizado, se encuentra una gran tienda dedicada a la decoración del hogar. Una especie de Ikea. Allí, donde el ratio de dependentes supera con creces el de clientes, me compré una lámpara para la mesita de noche (imprescindible para leer) y un ladrón. Acto seguido fuimos a un supermercado, aún en el centro, donde pude comprobar que el aceite de oliva, inexistente en la India, cuesta la friolera de 10 euros la botella. Así que, las próximas visitas que reciba provinientes de España deberán pagar como arancel una botella de este oro dorado por maleta si quieren hospedarse en el 121 de New Friends Colony.
Tras observar más que comprar nos fuimos del lugar. Llegaba tarde al trabajo y encima tenía que coger un autorickshaw. Shilpi, en cambio, tenía el día libre. Me despedí de ella con un par de besos en la mejilla. Me sorprendió que no supiera darlos. Y es que en Europa damos por hecho que todo el mundo hace y sabe hacer gestos tan fáciles como besar en la mejilla. Le di dándole las gracias por sacarme a pasear una vez más, y me encaminé a Jor Bagh, en el corazón de Delhi. Desde entonces, no hay novedades al frente.
Pd. En la relación de "Mis Links" que aparece a la derecha de esta pantalla he puesto un enlace a "Mis fotos indias". Allí colgaré algunas fotos que vaya haciendo por el camino.
21 enero 2008
Skype patrocina este cumpleaños
Hoy cumplí 25 años, un número redondo que en Barcelona me hubiera servido de excusa para montar una gran fiesta o ir, como mínimo, con los amigos al bingo de la calle Guipúzcoa. Pero en esta latitud que me encuentro y a estas alturas de la aventura, he pasado la noche solito en mi casa (y pasando un frío considerable). Sin pastel y sin velas. Por suerte, las cálidas voces de amigos y familiares, y las letras en forma de e-mail de otros tantos, me han hecho pasar un aniversario diferente. ¡Ah! y un paquete sorpresa llegado desde Barcelona me ha reportado unas chuches y un libro de Quim Monzó. Ets un sol, reina!
Muchas gracias a todos aquellos/as que se han acordado de la fecha y también a los/las que no. No os culpo, yo mismo, si no fuera por la agenda del móvil, sólo me acordaría de tres o cuatro cumpleaños.
Bona nit.
Muchas gracias a todos aquellos/as que se han acordado de la fecha y también a los/las que no. No os culpo, yo mismo, si no fuera por la agenda del móvil, sólo me acordaría de tres o cuatro cumpleaños.
Bona nit.
Weekend
El primer fin de semana en la ciudad ha sido muy relajante. Tampoco tenía otra opción, ya que si a la poca pasta que tengo ahora en el banco le sumamos los pocos conocidos con los que cuento y lo aderezamos con una moto que aún no tengo, el resultado no podría ser otro. Pero no me quejo. Creo que los primeros días hice un mal enfoque de la situación. Esperaba tener muchos planes desde el primer día, y muchos amigos con los que congeniar nada más llegar. La ausencia de los verdadoros, de la familia y de alguien más me causaron una sensación de desamparo que desconocía. Esto no es un Erasmus. De hecho, el primer viernes que salí estando yo en Roma vomité en el coche de un amigo volviendo de beber vinos de Frascati.
Pero volvamos a Nueva Delhi. El sábado me fuí al mercado y finiquité el tema de internet, como ya he comentado aquí. Y el domingo me levanté muy tarde, siguiendo mi kharma interior y haciendo gala de la pereza que me ha acompañado toda la vida (25 años, que no son pocos). Si bién me levanté tarde de la cama, me desperté mucho antes. Y es que en el gigantesco patio de escuela al que da la ventana de mi habitación los indios locales tienen por costumbre jugar infinitas partidas al criquet todos los domingos. Por los gritos que dan, bien podría parecer otro deporte. Pero no. Es criquet.
Así que una vez levantado me dispuse a leer la prensa online. La española. Y debo reconocer que es un placer. No sé qué haría sin internet a estas alturas.
Me comí mi ración de Chocos (aquí van a precio europeo pero con la diferencia que están caducados) y me tomé mi vasito de zumo de rigor. ¡Cómo añoro mi Granini Multifrutas, Dios!
Las horas pasaban y yo seguía en pijama. Tampoco tenía intención de hacer gran cosa, pero sí estaba dispuesto a jugar un partidillo de futbol en un parque tal y como me prometió el colectivo español. Pero su llamada no llegó. Sí lleguó, en cambio, otra llamada que me invitaba para ir al cine.
Me vestí con mi nuevo kurta (no veáis lo que abriga la horterada esta) y me planté en la calle para pedir un rickshaw (pero de los de motor).
Llegué al Habitat Centre con unos 15 minutos de antelación. Este lugar es en realidad un edificio de ladrillos descomunal que alberga oficinas, restaurantes, ONG's y hasta un auditorio. Está muy cuidado, tiene párking y numerosas plantas y estanques en su interior. Su nombre le está al pelo, porque es de lo poco "habitable" que ofrece esta ciudad. Fue en el auditorio donde vi una película documental chilena sobre la dictadura de Pinochet. Una joven directora había seguido los últimos pasos de una amiga íntima de su madre antes de que acabaran con ella.
Al pase, totalmente gratuito, se apuntaron Manoj, Agus, Sara y Luca, un tipo bien majo que está trabajando para la ONU.
Después del film fuimos a un restaurante del recinto. Sin quererlo, pero sin tiempo para salir a la calle y buscar otros (Habitat Centre está situado en una zona un poco desangelada), nos metimos en un gran comedor al que daban cuatro retaurantes diferentes, de comida rápida. Uno era de comida china; otro de india; otro de americana y el cuarto no recuerdo qué gastronomía pretendía imtiar. Cada uno de estos locales era como un pequeño McDonald's en el que hacías tu pedido y te daban un número con el que lo podías recoger. Las viandas no eran muy suculentas, pero hice gala de mi glotonería y me terminé hasta la útlima miga. Eso sí, por la noche tuve ardor de estómaco.
Al finalizar la cena nos despedimos y tomé, una vez más, un rickshaw para volver a casa. Era casi medianoche cuando al vehículo, que circulaba a toda leche, se le salió un parachoques trasero al pasar por un bache más profundo que los demás. Mientras yo me congelaba dentro del carro, el conductor, ataviado con el forro polar negro-roñoso que visten todos los chóferes nocturnos, arreglaba el desaguisado atando la ferralla al vehículo con un trozo de tela mugrienta.
A los pocos minutos estaba en casa y leyendo un mensaje en mi móvil indio. Era Shilpi que, adelantándose a todo el mundo, me felicitaba por mi cumpleaños.
Pero volvamos a Nueva Delhi. El sábado me fuí al mercado y finiquité el tema de internet, como ya he comentado aquí. Y el domingo me levanté muy tarde, siguiendo mi kharma interior y haciendo gala de la pereza que me ha acompañado toda la vida (25 años, que no son pocos). Si bién me levanté tarde de la cama, me desperté mucho antes. Y es que en el gigantesco patio de escuela al que da la ventana de mi habitación los indios locales tienen por costumbre jugar infinitas partidas al criquet todos los domingos. Por los gritos que dan, bien podría parecer otro deporte. Pero no. Es criquet.
Así que una vez levantado me dispuse a leer la prensa online. La española. Y debo reconocer que es un placer. No sé qué haría sin internet a estas alturas.
Me comí mi ración de Chocos (aquí van a precio europeo pero con la diferencia que están caducados) y me tomé mi vasito de zumo de rigor. ¡Cómo añoro mi Granini Multifrutas, Dios!
Las horas pasaban y yo seguía en pijama. Tampoco tenía intención de hacer gran cosa, pero sí estaba dispuesto a jugar un partidillo de futbol en un parque tal y como me prometió el colectivo español. Pero su llamada no llegó. Sí lleguó, en cambio, otra llamada que me invitaba para ir al cine.
Me vestí con mi nuevo kurta (no veáis lo que abriga la horterada esta) y me planté en la calle para pedir un rickshaw (pero de los de motor).
Llegué al Habitat Centre con unos 15 minutos de antelación. Este lugar es en realidad un edificio de ladrillos descomunal que alberga oficinas, restaurantes, ONG's y hasta un auditorio. Está muy cuidado, tiene párking y numerosas plantas y estanques en su interior. Su nombre le está al pelo, porque es de lo poco "habitable" que ofrece esta ciudad. Fue en el auditorio donde vi una película documental chilena sobre la dictadura de Pinochet. Una joven directora había seguido los últimos pasos de una amiga íntima de su madre antes de que acabaran con ella.
Al pase, totalmente gratuito, se apuntaron Manoj, Agus, Sara y Luca, un tipo bien majo que está trabajando para la ONU.
Después del film fuimos a un restaurante del recinto. Sin quererlo, pero sin tiempo para salir a la calle y buscar otros (Habitat Centre está situado en una zona un poco desangelada), nos metimos en un gran comedor al que daban cuatro retaurantes diferentes, de comida rápida. Uno era de comida china; otro de india; otro de americana y el cuarto no recuerdo qué gastronomía pretendía imtiar. Cada uno de estos locales era como un pequeño McDonald's en el que hacías tu pedido y te daban un número con el que lo podías recoger. Las viandas no eran muy suculentas, pero hice gala de mi glotonería y me terminé hasta la útlima miga. Eso sí, por la noche tuve ardor de estómaco.
Al finalizar la cena nos despedimos y tomé, una vez más, un rickshaw para volver a casa. Era casi medianoche cuando al vehículo, que circulaba a toda leche, se le salió un parachoques trasero al pasar por un bache más profundo que los demás. Mientras yo me congelaba dentro del carro, el conductor, ataviado con el forro polar negro-roñoso que visten todos los chóferes nocturnos, arreglaba el desaguisado atando la ferralla al vehículo con un trozo de tela mugrienta.
A los pocos minutos estaba en casa y leyendo un mensaje en mi móvil indio. Era Shilpi que, adelantándose a todo el mundo, me felicitaba por mi cumpleaños.
20 enero 2008
Indicios de felicidad
Depués de conectarme por primera vez a internet y ver que el banco de Punjab me ha devuelto los 300 euros que no me sacó hace diez días en uno de sus cajeros -los daba por perdidos-, y de rabiar de felicidad por tener acceso a internet, me he dado un capricho y he llamado a Slice of Italy, el Telepi de aquí. Y no sólo me he pedido una pizza cargadita de ingredientes, sino que he aderezado el pedido con un helado de chocolate. Y pensar que planeaba perder peso durante este año...
Así que, duchado, afeitado, y en el "sofá" del comdedor, bien tapadito, me he puesto la peli Apocalipse Now Redux mientras cenaba. Para acabar con una sonrisa, un capítulo de Padre de Familia. Y luego, al sobre.
Ésto sí que es vida.
Así que, duchado, afeitado, y en el "sofá" del comdedor, bien tapadito, me he puesto la peli Apocalipse Now Redux mientras cenaba. Para acabar con una sonrisa, un capítulo de Padre de Familia. Y luego, al sobre.
Ésto sí que es vida.
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